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Déjalo para mañana

ALGUNOS DÍAS la vida te paraliza y no puedes hacer nada para evitarlo, solo contemplarla desde un estrecho placer. En esos momentos todo avanza menos tú y las cosas que conforman tu mundo íntimo. Seguramente te gustaría hacer algo al respecto, pero te complace más no intervenir en absoluto. "Ya lo haré mañana, o después de mañana", te animas. Dos fuerzas opuestas pugnan dentro de uno, y al final la más indolente se impone, mientras la vida corriente continúa. Hace siete meses se nos fundió una de las lámparas del baño, situada encima justo del espejo; esa que ilumina los detalles del rostro cuando te acercas, muy útil para afeitarse, maquillarse o simplemente mirarse extrañado, como si cada día dejases de ser un poco el que fuiste una vez. "Habrá que cambiarla", dijo mi pareja, y me observó de reojo. "Habrá", añadí. Pero ese día me resultaba del todo imposible desenroscar nada. Debía entregar un artículo y no disponía de margen para centrarme en otra cosa que no fuese escribirlo. Mañana, pronostiqué, sería mejor momento, quizá el momento perfecto.

Pero la perfección no dura. A menudo solo ocurre de pensamiento. Cuando quise reaccionar de un modo decidido, y no simplemente chasqueando la lengua cada vez que echaba de menos más luz en el baño, habían transcurrido seis meses. La gente, si pensase en ello de una manea seria, se sorprendería de lo poco que pervive medio año. ¡Qué rapidez! Muestra de que los meses se deshacen solos es que un día, en mitad de la calle, recordé que necesitaba comprar una lámpara para sustituir la vieja, y ya eran las nueve de la noche. Todo salvo los bares estaba cerrado. Mi mejor empeño chocó contra una realidad durísima: el horario comercial. Sin embargo, no me vine abajo, y dejé que pasasen más meses. A esas alturas nos habíamos acostumbrado a usar el otro baño cuando necesitábamos buena luz. No sin fastidio, de vez en cuando miraba a la lámpara fundida, y como si alimentase una vieja necesidad de venganza, me juraba que antes o después me desharía de ella. No solo me obligaba a retrasar mis intenciones la falta de una lámpara de recambio, sino los trámites previos, como cortar la corriente eléctrica, acercar una silla, subirme, el miedo a romper algo...

La vida arrecia todo el tiempo, y lo único que puedes hacer es taparte los ojos

No todos podemos ser individuos de acción, y disponer de fuerza y voluntad suficientes para ejecutar al instante un plan, una actividad, un proyecto. Pasamos por alto que la vida es insaciable. Siempre hay algo más que hacer, y que ya tendrías que haber hecho. Me pasó también con un reportaje que me encargaron desde una revista sudamericana. Acepté, pero ni siquiera pude empezar a hablar con las fuentes. Un desfallecimiento me refutaba siempre en el instante decisivo: el de empezar. Resuelve primero lo de la lámpara, me decía algunos días, cuando estaba a punto de llamar a alguien para reunir testimonios y al fin escribir el maldito reportaje. Pero cuando pasaba ante la puerta del baño, y adivinaba la parte de oscuridad a la que lo había condenado, recordaba tareas todavía más pendientes, viejísimas, que casi flotaban desesperanzadas.

No está de más contar que hace año, necesitado de obtener espacio para libros, añadí una estantería al salón. No había sitio, así que descolgué un collage que en su día había compuesto yo mismo, y gané el hueco necesario para colocar el mueble, y en él los libros. Fue casi un acto de inspiración, y al final una pequeña victoria. Pero al mirar atrás descubrí que tenía un collage de un metro y medio de largo, por uno de alto, abandonado en el suelo, sin futuro. ¿Dónde iba a colgarlo? Dediqué los siguientes meses a pensar en ello. Entretanto, permaneció en el salón, apoyado contra un sofá. Pasar de largo de los problemas puede ser un vicio. Los miras, se te escapa un "uff", porque aunque querrías solucionarlos la voluntad te encomienda otras misiones, y continúas tu camino mientras haces como si no hubieses visto nada. A veces es un cuadro lo que se interpone, a veces un papel sin recoger bajo una mesa, o un montón de ropa sin doblar, o ese collage, o aquel reportaje, o la lámpara fundida. La vida arrecia todo el tiempo, y lo único que puedes hacer es escapar y taparte los ojos.

Déjalo para mañana
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