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Demasiadas diatribas

QUEDÉ A cenar con una amiga que quería que nos pusiésemos al día de nuestros últimos problemas personales. No nos vemos mucho, así que casi siempre necesitamos tener problemas personales para encontrarnos y celebrar ese momento. Algo es algo. A partir de cierta edad, te vas convirtiendo en una persona que no tiene tiempo, aunque al final de la tarde te preguntas qué hiciste, y te encoges de hombros porque no estás seguro de si alguno de los asuntos en los que se te va el día cuenta como "hacer cosas". En vista de ello, resulta imposible ponerse triste, o sentir angustia, ante una cita para comentar los líos en los que mi amiga o yo estamos metidos.

Tallón interiorElegimos un restaurante nuevo. Llevaba un mes abierto y a los dos nos habían llegado comentarios enigmáticos. En unas de esas observaciones, un conocido me lo recomendaba encarecidamente, "aunque yo todavía no sé si me gustó muchísimo o lo contrario, y no me vuelven a ver el pelo por allí. Comí muy bien, pero". Siempre es de agradecer cuando uno pregunta a alguien por algo y le reconoce que no sabe qué pensar.

Mi amiga se encargó de reservar en un día de mitad de semana. "Me dijeron que hay que ser muy puntuales", me advirtió. Me gustó mucho oír eso, y me hizo albergar esperanzas en que tal vez el chef hubiese leído a Cioran y fuese también partidario de aplicar la pena de muerte a la gente que se toma la hora a la ligera y no se presenta a las citas puntualmente. A las nueve y media empujamos la puerta del local. Ojalá tengan un reloj de pared con péndulo, o al menos uno de cuco, pensé en el umbral; no digo ya una silla eléctrica para sacrificar a los que van llegando tarde.

Nos recibieron como a seres queridos, mientras íbamos advirtiendo pequeños toques de distinción en las mesas, en el techo, en la iluminación, en el silencio reinante. Nos sentamos deseosos de abrir lo antes posible el melón de nuestros problemas personales. En el instante que dejaron un vermut y una caña sobre nuestra mesa, que pedimos simplemente para aclimatarnos, hice un gesto hacia mi amiga con los brazos, como diciendo "A ver, déjame adivinar. ¿Te han despedido? ¿Estás gravemente enferma? ¿O es solo que te vas a divorciar?".

Pero el gesto se quedó flotando en el aire, a la deriva, porque la jefa de sala se situó ante nosotros y reclamó que le prestásemos atención un segundo. "Vamos a emprender un hermoso viaje", empezó a contarnos, en relación al menú, del que nada sabíamos, y de la filosofía del restaurante, en la que, para ser francos, no estábamos excesivamente interesados.

Pero la vida pasa volando. Nos lo contó todo en menos de tres minutos, y después se alejó, por fin. Nos dejó solos treinta segundos; enseguida apareció con un pequeño aperitivo, que no por ser pequeño, lógicamente, dejaba de tener una historia. Nos la glosó. Y entonces, cuando me lo metí en la boca de un solo bocado, pregunté a mi amiga en qué problemas andaba metida. "¿No prefieres que empecemos hablando de algo bonito o divertido?", bromeó. Iba a decir que sí, pero llegó el segundo aperitivo, con su pequeña historia, y otra vez tuvimos que posponer nuestra conversación para prestar atención a la jefa de sala. Y así toda la velada. Ya todo es para contar: la comida también.

Nos fuimos del restaurante sin conocer demasiado bien los porqués de nuestros problemas personales. Pudimos anunciarlos, a lo sumo. Parte de nuestro tiempo debimos dedicarlo a ignorarnos para prestar atención a los discursos sobre la historia y el sentido de cada plato, ocho en total. Demasiadas diatribas. Pagar y salir del restaurante fue reparador. Experimentamos ambos una extraña sensación de descanso. No nos quedó claro si habíamos cenado y disfrutado de la compañía el uno del otro, o si en realidad no habíamos quedado entre nosotros, sino con el cocinero y su equipo, que no nos dejaron en paz, empeñados en contarnos su comida, tras dar por hecho que si quieres estar tranquilo te quedas en tu casa y cenas lo que haya.

Demasiadas diatribas
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