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Diario de un recepcionista

Filippo, de unos 45 años, había escrito más de 100 cuadernos. Llevaba más de 12 años haciéndolo, sin fallar ni un día.

EN UN MODESTO hotel de Siracusa, donde hace ya algún tiempo dormí un par de noches, conocí a un recepcionista llamado Filippo, que en sus ratos vacíos escribía un diario del hotel. Tenía unos 45 años y no paraba de decir "qué calor" a todas horas. No es por darle la razón, pero hacía un calor horrible. Por eso, en la mesa de la recepción, había siempre un ventilador encendido, apuntando fijamente a su rostro. El chorro del aire le había dejado un tupé perpetuo, y las facciones ligeramente achatadas.

La tarde que llegué, después de depositar las cosas en la habitación, mantuvimos una conversación cordial sobre generalidades, relacionadas con Siracusa y España y el calor. Me dio algunos consejos sobre qué hacer en aquella ciudad, y al salir por la puerta me olvidé de ellos sin querer. Esa noche, al regresar después de la cena, me lo volví a encontrar ante el ventilador. Era la una de la madrugada, y leía Todo un hombre, de Tom Wolfe, aprovechando la tranquilidad que reinaba en la recepción. De vez en cuando, el aire asustaba las páginas del libro. Nos pusimos a hablar de Tom Wolfe. Era su escritor preferido. De hecho, me aseguró que era casi el único autor al que leía. Todo un hombre, que había cerrado mientras hablábamos, pero dejando el dedo índice dentro, a modo de marcapáginas, era la cuarta vez que lo leía. No era el libro de Wolfe que más había leído, precisó con cierto orgullo. "¿Cuál es entonces?", pregunté. "La hoguera de las vanidades, 11 veces". Sonreí brevemente, para que no interpretase que aquella reiteración me parecía una heroicidad absurda. "Seguro que a Wolfe le gustaría saber eso", dije. Esta vez fue él quien sonrió, medio segundo antes de segundo de afirmar: "Ya lo sabe. Le escribí una carta el año pasado". Quise saber si le había contestado, presumiendo que sí. "Aún no", respondió.

La conversación generó cierto ambiente de confianza. Entonces, como si estuviese cansado de hablar de sí mismo, me preguntó a qué me dedicaba. Me encogí de hombros, y farfullé que a veces escribía, por decir algo. "Yo también", reaccionó sin afectación. Eso me interesó, pues imaginaba que tal vez escribiese como Tom Wolfe. "¿Novela?", pregunté. Chasqueó la lengua, como si la ficción le provocase hastío. Después de ese sonido, tan escéptico, casi podía adivinar cómo añadía: "La novela está muerta". Pero se limitó a explicar que llevaba un modesto diario del hotel. Empezó a escribirlo hacía 12 años, por aburrimiento. No fallaba ni un día. A estas alturas, me confesó, el diario ya ocupaba más de 100 libretas.

A esa hora en el hotel no se oía un ruido, salvo el ventilador, que como siempre estaba funcionando era como si no se oyese. Pregunté, aprovechando el silencio latente, si me podría mostrar alguna de esas libretas. Asintió con levedad, como si por fin el calor le diese frío. "No lo tengo por costumbre, pero…". Después impulsó hacia atrás la silla giratoria en la que estaba sentado, se levantó y abrió un armario con sigilo. Era la primera vez que lo veía lejos del ventilador. "Esta la acabé ayer", me explicó, y puso la libreta sobre la mesa. La abrió al azar y la orientó hacia mí, para que pudiese leer. Durante diez minutos no levanté la cabeza.  

No puedo evocar las frases textualmente, pero entre lo que leí, recuerdo anotaciones muy parecidas a estas: "Los Johnson entran en el hotel discutiendo. Ella lleva un vestido blanco que lo deja ver todo, y él suda a chorros. Esa noche se les oye hacer el amor varias veces. A la mañana los huéspedes de la habitación de al lado se quejan". "Al limpiar la 205 aparece un cuchillo con restos de sangre en la papelera. Media hora antes, sus ocupantes se fueron aparentemente ilesos". "El señor Martínez roba una toalla y rellena una de las botellitas de whisky del minibar con un líquido que parece orina". "El huésped de la 109 pregunta en qué parte de Siracusa puede encontrar prostitutas. Previamente, me explica que su mujer murió hace un año, y este es su primer viaje sin ella". "En la 202 han olvidado un ejemplar Sábado, de Ian McEwan". Y así, más de 100 libretas. Un horror y a la vez una maravilla.

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