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El arte de titular

EMPEZAR POR el principio algunos días equivale a una superstición; pura manía. Sólo es un método para imponer orden en nuestra cabeza. Pero bien se puede vivir sin orden, o al menos sin el orden habitual. En un evento literario celebrado en Girona hace dos años coincidí con una escritora catalana, y creo que nunca conocí a nadie que empezase por el principio sus obras con tanta obstinación. En eso, me pareció primorosa. Después de presentarnos, y ponernos de acuerdo en ir a tomar algo, nos interesamos por nuestros respectivos proyectos. A mí me dio vergüenza comentarle los míos, bastante peregrinos. Además, solo tenía uno y, como digo, veleidoso, sin interés. Preferí escuchar lo que tenía que decir ella, que acababa de empezar una nueva novela hacía dos meses, tras una larga temporada en blanco. Creía en los desiertos, y en el sueño de cruzarlos a pie, sin prisas. Su vida se dividía, me explicó, "en los años que escribía y en los años que buscaba qué escribir".

Sentí curiosidad e intenté averiguar algo más de su libro. "Por ahora estoy trabajando en el título. Ya voy por la mitad", precisó con la satisfacción de quien hace progresos a cada minuto. Me desconcertó aquella minuciosidad, sin embargo. ¿Dos meses escribiendo un título? Automáticamente pasé a sentir admiración. Yo siempre había titulado mis novelas sin querer, por suerte o por accidente, en una maniobra desesperada; desde luego nunca al principio. Tenía la teoría de que el titular venía a ti, y lo hacía cuando quería, a veces al final. Recuerdo que Onetti quiso que su tercera novela se titulase El perro tendrá su día, pero por aquellos días Perón acababa de llegar al poder y el editor temió que el nuevo dirigente pudiese tomarlo como un ataque contra él. Copiando la cabecera de la página de espectáculos del diario Crítica que tenía delante, Onetti le puso a la novela Para esta noche, y zanjó el asunto. Para qué complicarse, debió pensar.

Comenzar a escribir un libro por el título es lo que se entiende por empezar desde el punto cero, el principio supremo, original

Tal vez la escritora daba vueltas a uno de esos títulos larguísimos, laboriosos, que son más objeto de comentario que la propia obra, y que requieren no tanto de genio como de disciplina. Hay que sentarse y escribirlos durante días, semanas, quizá meses, en efecto. Son títulos que no se escriben de una sentada, en unos pocos segundos, fruto de un instante de lucidez, al estilo de los genios de la literatura que bautizaron sus obras con una simple y afortunada palabra, como Rayuela, Ulises, Soledades, Santuario, Ficciones, Orlando, Blonde o Arraianos. Existe algo que se denomina el arte de titular, y que no tiene por qué coincidir con el de escribir. Para estos casos me gusta citar Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad humana y los objetos con ella relacionados, de Schelling, y Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y de lo sublime, de Kant.

Comenzar a escribir un libro por el título es lo que se entiende por empezar desde el punto cero, el principio supremo, original, puro. No son pocos los autores que acatan ese orden escrupuloso. Rodolfo Fogwill contaba que una mañana se encontró por la calle con Sergio Bizzio, quien le confesó que estaba escribiendo su segunda o tercera novela, titulada Más allá del bien y lentamente. Cuando Fogwill le preguntó de qué trataba, su colega le respondió que no tenía ni la menor idea. Ya se vería. El propio Fogwill empezó a escribir una obra por el título en cierta ocasión. Se sentó, cargó papel en la máquina de escribir y tecleó la palabra MÚSICA. Era el título. "Me llevó tres años imaginar el relato que vendría después y otros dos escribirlo".

No diré que un buen título es todo lo que una obra precisa, pero a veces lo pienso. Tiempo atrás fui testigo de cómo un amigo se vaciaba los bolsillos para pasar un control de seguridad en un aeropuerto. Vi que sacaba un llavero con el logo de una funeraria, seis euros con cincuenta céntimos, un mechero, un clip, un resguardo de la tintorería y una tarjeta de visita de una agencia matrimonial. Me dije que si hallaba un buen título se podía acabar escribiendo una novela con el contenido de aquellos bolsillos. Pero nunca lo encontré.

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