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El poema eléctrico

LA FACTURA de la luz es un buen título para un poemario. Incluso la factura misma sugiere un poema en su contenido, complejo y oscuro, que nunca se penetra del todo. A veces hay que dejar las cosas que ignoramos en su sitio, o en la nevera. Esa oscuridad es el clavo ardiendo al que te agarras, para pensar que quiere decir algo, y que el mundo tiene sentido, aunque no lo conozcamos. Te gusta pensar que si comprendieses cómo funciona el sector eléctrico tu vida sería más dramática, y ya no te caben más dramas en casa. Ni siquiera en la nevera, llena de manuscritos inservibles. Aún recuerdo cuando se decía -quizá aún se diga- que la buena publicidad era la que no se entendía en absoluto y te dejaba semanas masticando el anuncio, como si fuese hoja de coca. Te hablaban tus padres, o tus profesores, y tú no respondías porque aún le dabas vueltas al spot. Los publicistas se pusieron las botas con anuncios de artículos que no anunciaban esos artículos, o que para hacerlo se remitían a unas metáforas lejanas, y que por ser lejanas llegaban a parecer próximas. ''Nunca tan cerca arremetió lo lejos'', escribió César Vallejo.

Algo parecido a la publicidad pasa, en el fondo, con la facturación eléctrica, y sus resonancias poéticas. Si una factura no se deja agarrar, es porque su autor quiere que estés cincuenta años dándole vueltas -una vida-, y cuando un día mueres, el siguiente lector viva con las mismas tribulaciones. Y así hasta que tal vez un día un poeta, avispado y dicharachero, dice que aquella factura que se masticaba continuamente era una verdadera mierda, y que no escondía poesía alguna, sino simplemente un atraco.

Algo parecido a la publicidad pasa, en el fondo, con la facturación eléctrica, y sus resonancias poéticas. Si una factura no se deja agarrar, es porque su autor quiere que estés cincuenta años dándole vueltas -una vida

Hay minutos en los que la ignorancia enriquece, supongo. Conviene abrazarse a ella con fuerza, como si fuese tu madre. Años atrás me pasé una tarde entera escribiendo sobre las ganancias de una de las cajas de ahorro gallegas. Yo estaba acostumbrado a la información de sucesos y echaba de menos el cadáver. Cuando le entregué la página a la jefa de sección, la miró por encima, como si ojease mi ficha policial, y torció la boca. ''No se entiende. Acláralo''. Minutos después otro compañero le dio a corregir un texto sobre el último chanchullo del presidente de la Diputación. La jefa no esperó a acabar de leerlo. Le devolvió la página como si fuese un cheque falso. ''Esto está demasiado claro. Retuércelo'', le dijo. Ni que decir tiene que la caja de ahorros se fue a pique, y el presidente de la Diputación siguió en el puesto hasta que se cansó y le regaló el juguete a su hijo.

La factura de la luz, con sus subidas pronunciadas, algunas veces disfrazadas de bajada, que sabes que no lo son porque te salen más caras, a menudo me recuerda a ese rayo, en mitad de la tormenta, que te alcanza en plena calle, te zarandea por las solapas, como en una película de gánsteres, y al final te perdona la vida, arrojándote contra los cubos de basura, de los que salen unos gatos corriendo. Hay rayos así, vagamente violentos y simpáticos, en la línea de la factura eléctrica. Recuerdo que a un vecino de Tres Cantos, hace dos o tres años, uno de esos rayos afables le entró por el escroto y le salió por un pie. Quedó para el arrastre, pero no murió. A eso me refiero: es un milagro estar vivos. No sé cuánto se puede aguantar de milagro en milagro. Tal vez un día dejen de ocurrir. Todo tiene un límite. Hasta el escroto.

Me gusta pensar, como sugería Boris Vian, que dentro de cada hombre hay una máquina delgada que gesticula violentamente para que la dejen salir, y que al fin un día sale, y dice: ''Basta. Estoy harta de gilipolleces''. Entretanto, los meses se han vuelto una extraña inclemencia. A todos nos dan una paliza todos los días, de un modo u otro. Te abofetea el que emite la factura de la luz, el que te envía la del gas, el que te sube la contribución, incluso el vecino, cuando sube la música... te pegas unas hostias inolvidables. Te gustaría, para variar, que algún día algo se desplomase. Aunque fuese el ascensor.

Artículo publicado en la edición impresa el sábado, 23 de mayo de 2015.

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