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¿Eres un bocazas?

¿SABES GUARDAR un secreto? ¿Eres un bocazas? Mantener a salvo un secreto ajeno es dificilísimo. Hacerlo casi compensa cualquiera de tus posibles defectos. Al fin y al cabo, al preservarlo demuestras que puedes resistir una gran tentación. Contar algo que nadie salvo tú sabe siempre lo es. Las tentaciones son uno de los mayores retos que te lanza la vida; cuando las superas, te lanza otras nuevas. Con el tiempo, el día que ya los meses adquirieron la lenta forma de los años, el peligro de la revelación acecha todavía, ahora en frío.

Ilustración para el blog de Juan Tallón. MARUXASe necesita una extraordinaria voluntad para renunciar a la magia de ese instante, cuando tras revelar algo que casi todos ignoran, se abren a tu alrededor las bocas y se oye un embelesado "Ohhhhhh". Guardar un secreto donde nadie lo encuentre exige antes recorrer un largo camino. Mi hija tiene seis años, y se emociona cuando después de contarle algo, añado "Es un secreto, no se lo cuentes a nadie. Ni a mamá". Se trata de una emoción efímera. A los pocos segundos se apaga. A veces son tres segundos, dos segundos, incluso un segundo. Después, Helena se echa a correr, emocionada de nuevo, ya por otras razones. Va en busca de su madre. Cuando la encuentra, le suelta "¿Sabes qué?", y se lo suelta todo, excitadísima. Adiós secreto.

Nadie sabe guardar uno las primeras cincuenta, quizá cien veces. El día que aprende a sortear el anzuelo, no contarlo se vuelve una fuente de placer tan poderosa como divulgarlo. Cuesta imaginar cómo debe de ser la hora en que uno está próximo a morir, y, en posesión de cierta lucidez, se acuerda de los secretos que se lleva a la tumba, intactos. Quizá sea lo único de lo que pueda alegrarse en semejante momento.

No mantener un secreto es feísimo. Implica que no se puede confiar en ti, y que en cierto sentido eres despreciable. Entre todas las formas que una persona tiene de decepcionar a otra, seguramente esa es la peor. Ya sabemos que un secreto quema. "Me pongo nerviosísimo cuando alguien me cuenta algo, y me especifica que es un secreto", le oí decir a un amigo hace unos meses. "Siempre pienso que antes o después se va a descubrir el pastel, no por mí, claro, pero igualmente van a pensar que fui yo el que abrió la boca. Prefiero no saber nada".

Para encontrar un caso en que la traición desprenda belleza casi hay que inventarlo. En Despedida a la francesa, de Patrick de Witt, la protagonista de la novela, Frances Price, una mujer de sesenta y tantos años, sofisticada, inteligente, mordaz, que dedica su vida a dilapidar la fabulosa herencia que le dejó su difunto marido, cuenta que en un día se le acercó un hombre casado en un velatorio, con un deslumbrante Rólex en la muñeca, y le preguntó: "¿Qué haces en junio?"

Charles, que así se llamaba, la telefoneó al día siguiente y le dio instrucciones para encontrarse con él en un aeropuerto a las afueras de New Jersey el primer día de junio. "Tráete el pasaporte, traje de baño y un libro interesante y grueso", le dijo. La mujer decidió seguirle el juego, y se presentó en el aeropuerto el día y a la hora indicada. Charles le tomó la maleta, para subirla al avión, y le preguntó "¿Qué tal se te da lo de guardar un secreto?". Ella fue sincera: "Pasable". Él pensó que solo se estaba haciendo la graciosa.

Cuando catorce días después regresaron del viaje, Charles le entregó su reloj y le hizo una caricia cariñosa, convencido de que ella se echaría a llorar. Pero "mi corazón distaba mucho de estar roto", confiesa Frances. De hecho, cuando el taxista que la llevaba a casa le preguntó dónde había estado, ella le respondió que "en ningún sitio especial" y le dio el Rólex de propia. "Él creyó que era falso y yo no me tomé la molestia de desmentírselo. Todo el mundo en Manhattan se enteró de la aventurilla porque yo la conté. El matrimonio de Charles se fue a pique y él vino a abroncarme, pero también a preguntarme si estaría dispuesto a fugarme con él. Le dije que no y él desapareció de la faz de la tierra".

¿Eres un bocazas?
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