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No hacer absolutamente nada

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NO HACER absolutamente nada, y más durante unas vacaciones, entraña un buen puñado de acciones. De hecho, para conseguirlo, para no hacer nada de nada, hay que acometer muchísimas cosas, casi nunca reconocidas, ciertamente. Es el precio de la inutilidad. Para empezar, te levantas tarde, porque te parece desde siempre que eso es vida. Pero no es sencillo. No estás acostumbrado, y romper una rutina, en este caso la de madrugar, exige un esfuerzo titánico. Seguir en la cama es un talento. Cuando abres un ojo y ves en el reloj que al fin es tarde, te incorporas suavemente, sin alegrías. Es curioso, porque te parece estar más reventado que si hubieses trabajado duro hasta tarde y madrugado para salir pitando. Nadie pondera este extraño sufrimiento que se suscita en vacaciones mientras tratas te aclimatarte a no hacer absolutamente nada.

Una vez levantado, quizás buscas las chanclas para no andar descalzo por la casa. Es una casa de alquiler en Sinies, con dos plantas, perfectamente equipada, con vistas a una tranquila bahía, al este de la isla de Corfú, frente a las costas de Albania, que divisas desde la terraza. Te mueves despacio, porque qué prisa hay. No tener prisa, sin embargo, es un estado de ánimo que se alcanza solo con mucha costumbre. Dejas de buscar el calzado porque no aparece enseguida, y después de todo, careces de paciencia. La impaciencia es otro gran esfuerzo.

Haces el desayuno lentamente. Hay que preparar dos veces las tostadas porque la primera vez se queman. Te despistaste con el periódico. Te gusta leer el periódico, y hacerlo, aun tranquilamente, disfrutando de tus secciones preferidas, es trabajo. El placer en sí es una dedicación laboriosa. Desayunas en la terraza, distrayéndote de vez en cuando con los veleros, la familia de azules y verdes del mar y los olivos, la armonía griega, y las cigarras, sobre todo las cigarras, ay. Pero no será que no te hubiese advertido contra su canto Gerald Durrell en Mi familia y otros animales.

Entonces, cuando has desayunado, te has duchado, te has peinado –siempre será una misión colosal manejar el pelo hasta dejarlo casi como te gusta–, es el momento de decidir a qué playa vas. Siempre sobrevuela el dile ma: ¿vuelvas a alguna en la que ya estuviste, ante la que caíste enamorado, o exploras nuevos lugares, en busca de otro enamoramiento? Hagas lo que hagas, metes la mochila en el coche y te lanzas a conducir por carreteras mal asfaltadas, estrechas, y trazas cientos de curvas hasta llegar a tu destino: playa de Kalaki. Maravilla de sitio. Estás casi solo. No se puede pedir más. Quizá te dé por pensar que, en caso de ataque de corazón, nadie te asistiría. Es una angustia razonable, pero, no sin esfuerzos, divisas la taberna al final de la playa; respiras. También localizas al señor que alquila las hamacas. «Dios aprieta, pero no ahoga», te dices.

Cuando te tiendes al sol adviertes que, a lo tonto, es el primer momento del día, desde que te levantaste tardísimo, que paras y haces un descanso en el sentido de estarte quieto del todo. Encuentras todavía ánimos, sin embargo, para ponerte crema. Es una operación arcaica, odiosa. Al fin está todo está dispuesto para empezar a leer. Seleccionar ese libro, y el resto que incluiste en la maleta, no fue moco de pavo. Cuántas horas diciendo este sí, este sí, y después este no, este tampoco, y vuelta a empezar. Pero no quieres recrear ese sufrimiento, y abres ‘Todos los hombres del rey’, de Robert Penn Warren. Tentado estás de gritar esto es vida, pero hace calor, tienes que espantar de cuando en vez una avispa, distraerte con la belleza, responder a la inteligencia que despliega la novela.

Seguir sin hacer absolutamente nada te obliga cada poco tiempo a levantarte de la tumbona para darte un baño refrescante, dirigirte a la taberna para el primer aperitivo alcohólico, y vuelta a leer, y a mover la hamaca para perseguir la sombra, y venga otro baño, y hacer una foto, y comer algo típico, y beber, y la siesta, y la novela de Penn Warren, y la vuelta a la casa, y esa carretera y esas curvas, y la música, y las ventanillas abiertas. Esto es vida.

No hacer absolutamente nada
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