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Hermoso error humano

EL ERROR HUMANO ES una de nuestras grandes obras; casi diría que aciertos, pero mejor no abusar de este tipo de contradicciones. Podemos afirmar, sin embargo, que sin equivocarse es muy difícil acertar. Hace unos días, en la sección de cartas al director del diario El País, aparecía una breve fe de errores en la que se destacaba que "Isabel Pantoja no aconsejó sonreír en respuesta a un acoso social cuando 'paseaba junto a un amante en las carrozas de El Rocío', como se decía el martes en la columna Dientes, dientes sino en Marbella". La columna en la que se deslizaba la confusión era de David Trueba. Apenas leí la corrección del periódico me apresuré a trasladarle mis ánimos en un mensaje. "Supongo que vas a tardar en levantar cabeza", le dije, con mi proverbial tacto para insuflar optimismo. Para mi sorpresa, me respondió que el error de la columna "es una de las mejores cosas que me han pasado en mi carrera. Una vez más se confirma que uno solo acierta cuando se equivoca".

Prefiero no pensar dónde estaría hoy la humanidad si casi todo le hubiese salido bien. Tampoco es que supiese decirlo. Estoy por creer que hacer las cosas bien ni siquiera es un objetivo. Muchísimos días solo deseas sacarte las cosas que tienes que hacer de encima. Te da bastante igual si quedan bien o mal hechas. Por ejemplo, yo nunca pretendo que la comida que me hago cada mediodía esté rica. Casi en el mismo sentido, tengo un amigo tan fan de la ensaladilla rusa que le gusta incluso cuando está mala.

Juan TallónSeguramente no se puede vivir sin fiascos. Estamos indefectiblemente unidos a ellos. A veces que algo esté mal es una alternativa más halagüeña que la sola idea de que esté bien, incluso de maravilla.

El escritor ruso Serguei Dovlátov cuenta en La maleta que, cuando era un chaval, tenía una niñera que lo hacía todo sin poner demasiada atención. La niñera se llamaba, por si alguien tiene curiosidad, Luíza Guénrijovna. En una ocasión le puso al joven Serguei unos pantalones cortos y le hizo meter las dos piernas por la misma pernera. El niño se pasó el día entero así, mal vestido. "Tenía cuatro años y me acuerdo muy bien de aquello", dice Dolvlátov. "Sabía que me habían vestido incorrectamente. Pero callaba. No quería tener que volver a vestirme". Corregir el error y vestirse una segunda vez, y así acertar y estar cómodo, era cualquier cosa menos deseable.

A fuerza de reiterarse, el error humano pierde lo que tiene de error. Es demasiado normal como para pensar de él que está mal. Las cosas no están mal porque estén equivocadas. Por eso muchos días, cuando te preguntan qué tal te fue tal cosa, dices que bien. No es que mientas. Simplemente fueron como suelen ir, regular, casi mal. Eso es ir bien. Con estas ideas en la cabeza, me pareció menos dramática de lo que parecía a simple vista la pérdida, hace cuatro semanas, del satélite español Ingenio cuando el cohete que lo propulsaba se desvió de su trayectoria. El fracaso de la misión espacial apunta a que la causa estuvo en unos cables mal conectados. ¿No es increíble? Un cable mal conectado es el error humano por antonomasia, el más tonto y también el más bello. Hay muchas formas de equivocarse, y esta es una forma de maravillosa de hacerlo, pese a las nefastas consecuencias. Nada como un error tonto.

Qué sería de nosotros si siempre acertásemos con los cables, y qué sería, en general, de la ciencia sin un error después de un ensayo. Condenados a la exaltación constante del éxito, fracasar nos devuelve al principio de esa deriva. España había invertido trece años de trabajo y 200 millones de euros en su primer satélite, cuya misión iba a durar siete años, que al cabo se quedaron en ocho minutos escasos. A veces las cosas mal hechas por muy poco, por un cable mal conectado, nos hablan también de un gran trabajo, al final del cual hay que conformarse con decir "Fue bonito". Y eso es mucho.

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