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Jugarse la vida

Hay quien pone en riesgo su existencia solo porque le parece fácil o divertido

Ilustración para el blog de Juan Tallón. MARUXA
Ilustración para el blog de Juan Tallón. MARUXA

LA VIDA NO tiene un precio fijo, y a veces nos la jugamos porque es necesario, y compensa, y a veces porque no lo es en absoluto, pero nos apetece, ya que somos idiotas. Personalmente, nunca vi a nadie jugarse la vida, en persona, si no fue por una estupidez. Es una de las contradicciones de la existencia apacible que llevamos en ciertos países, donde, necesitados de estímulos para sentirnos activos, buscamos peligros ridículos. En una ocasión, vi lanzarse a una piscina a un señor que no sabía nadar, solo por pura vanidad. Fue en mi pueblo, durante la inauguración de la piscina pública. "Alcalde, ¿puedo estrenarla?", preguntó uno de los vecinos. "Por supuesto", dijo el regidor. Ángel, que iba vestido de calle, se descalzó y se quitó la camisa y los pantalones, quedándose en calzoncillos. La gente aplaudía con envidia. Apenas se lanzó, sin embargo, vimos que hacía unos gestos preocupantes, de desesperación, mientras se hundía. 

Pasó casi un minuto hasta que un concejal se acercó al bordillo y anunció: "¡No sabe nadar!". Todos nos volvimos buscando al socorrista. "¡Sácalo!", le pidió el alcalde a otro vecino, afín al partido, que iba a encargarse del cobro de entradas y de hacer funcionar la depuradora, tareas que lo convertían, por pura lógica, en el socorrista oficial. Acató la orden del alcalde entre unos resoplidos que sugerían disconformidad. Tampoco sabía nadar. Solo lo admitió en el momento que estaba en el agua, también a punto de ahogarse. Cuando los sacaron del agua, la escena pareció casi preparada, incluidos los ahogamientos. 

Después de ese día, seguí viendo de vez en cuando a gente imbécil que ponía su vida en riesgo solo porque le parecía fácil o divertido. Podía ser conduciendo después de beber, o cruzando un semáforo en rojo, o atravesando las vías del metro para coger un tren que volvería a pasar en cinco minutos. Ver a alguien exponiéndose a la muerte con un motivo razonable, por desesperación, también es habitual, pero a menudo sucede lejos. A mediados de agosto recibí Yo tuve un sueño, de Juan Pablo Villalobos, un libro que recoge las historias de diez niños de Honduras, El Salvador y Guatemala que consiguieron sobrevivir a una huida desesperada de sus países, en busca de una oportunidad. Villalobos, que estuvo en Los Ángeles y Nueva York recopilando los testimonios de los muchachos, todos con una edad comprendida entre los diez y los 17 años, convierte lo que a menudo nos llega como noticia, y mera estadística, en relatos. 

El efecto de aplicar a la crónica técnicas narrativas más propias de la ficción se vuelve conmovedor, por la cercanía y el realismo que lograr genera el escritor, a partir del ritmo, la atmósfera, las elipsis o los diálogos. Cuando digo conmovedor quiero decir también inquietante, violento, angustioso, temible y no sé qué más. Villalobos es eficaz al exponer hasta qué punto resulta sensato, pese a ser una locura, el viaje que emprenden los protagonistas, que solo son unos niños, a través de un camino en el que afrontarán toda clase de peligros y todo se volverá incierto, incluida la supervivencia, para recalar en Estados Unidos, un lugar donde es posible que los sueños de una vida mejor se rompan nada más llegar. 

Todos los protagonistas, a los que Villalobos conoció y simplemente cambió el nombre, son menores no acompañados, con familia en Estados Unidos, que un día deciden huir de su país por miedo a morir por nada. Tomaron la determinación de exponerse a la muerte por una buena razón, como es buscar la oportunidad de tener futuro en otro lugar. El epílogo del libro, a cargo de Alberto Arce, explica muy bien de qué se huye en América Central, donde las bandas juveniles ejercen un poder "casi totalitario" en las calles. "Se pelan, mutan, se alían, se fraccionan. Negocian, matan, extorsionan, secuestran y trafican, compran votos e intervienen en política […]. Y al menos 190.000 menores de edad han decidido huir de ellas en los últimos cinco años rumbo a Estados Unidos", destaca Arce. Esa huida, y lo expuesta que queda la vida en el viaje, es lo que capta con crudeza Villalobos.

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