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La librería muerta

LOS NEGOCIOS cierran, hacen la maleta, y se van a algún lugar desconocido, tal vez en viaje de placer, o en busca de clientes más fieles, con los que empezar de cero. En su lugar vienen otros negocios nuevos, procurando también un cero tranquilo. Y así siempre. La existencia es una sucesión de negocios fracasados, salpicada por algún que otro éxito, aunque solo sea por cambiar de postura y que no se le duerman las piernas. Mucho me temo, de hecho, que el movimiento natural de todo establecimiento tiende hacia su cierre, antes o después.

En paralelo a la vida comercial que se establece a tu alrededor, tú creces, trabajas, tienes un par de hijos, incluso dejas de tener dos o tres hijos más, entierras a tus familiares, tus otros familiares te entierran a ti, escribes una buena novela, aunque no sea en este orden. Cada etapa de tu vida puede relacionarse con un negocio, una canción, un mundial de fútbol, o un automóvil. Cuánta gente podría escribir su biografía, que no recuerda, a partir de las evocaciones que le explotan por dentro al mencionar su Renault 11 Turbo. De mi etapa universitaria yo tengo una imagen indeleble del hipermercado Simago, en Santiago, al que acudía a robar novelas de Ray Loriga y pilas para el walkman.

De mi etapa universitaria yo tengo una imagen indeleble del hipermercado Simago, en Santiago, al que acudía a robar novelas de Ray Loriga y pilas para el walkman

De mis actuales días en Ourense, recordaré siempre un negocio al que nunca he entrado, ante el que me quedo mirando cada vez que paso por delante. Es una tienda de filatelia, minerales y numismática, en la que nunca entran clientes. Lleva ahí toda la vida. Es decir, toda mi vida, y probablemente vidas anteriores a la mía. Tal vez el secreto de esa longevidad sea la ausencia de compradores capaces de labrarle a un negocio una malísima reputación. Si hay un local al que no puedo entrar es a un local abarrotado de gente. Lo considero una malísima señal. En cambio, este, me fascina. Hago verdaderos esfuerzos para no entrar. Me conformo con mirar desde el escaparate. ¿Y si un día entro a comprar una calcopirita, pongamos, y lo echo a la ruina?

Hace tres años vi morir una librería en directo, a episodios breves y lentos, como una de esas telenovelas que nunca se acaban, o que más bien están toda la vida acabándose, y al final no se acaban. Fue una agonía lenta y marcó mi estancia en Madrid. Al principio parecía tener solo un catarro, por así decir. Qué negocio, o persona, no atraviesa un bache. Buscabas un libro en concreto, de un autor no demasiado conocido, y no lo tenían. No supe ver en aquello un síntoma de cáncer. Si volvías una semana después, y preguntabas por el mismo título, te decían que aún no había llegado. Al final buscabas el volumen dichoso en otra librería.

Pasaba el tiempo y empecé a descubrir calvas en las estanterías. ¿Era posible que se le estuviesen cayendo los libros, igual que si fuesen pelos? No quería ver la realidad, y me decía que, en efecto, debía tratarse de eso. Sin embargo, enseguida comenzó a atender el local una sola persona, cuando antes lo hacían tres. Había que esperar unos minutos para que te cobrase, porque en ese momento podía estar asesorando a alguien, o atendiendo a un proveedor por teléfono, o simplemente cagando. Los clientes éramos casi de la familia, aunque yo nunca supe su nombre, y no se nos hubiese pasado por la cabeza irnos sin pagar.

La siguiente constatación brutal fue la aparición de moscas muertas en el escaparate. Nadie las retiraba. Ni siquiera otros insectos. Al poco, dejó de haber cambio para los billetes de cincuenta euros. ''¿No tienes nada más pequeño?'', te preguntaba el librero. Tú negabas con la cabeza, y él te decía ''pues ya me pagarás mañana''. Y uno de esos ‘mañana’ simplemente no abrió. Los cadáveres de las moscas fueron en aumento, y sobre los libros que aún quedaban se fue depositando el polvo. Al poco, yo me cambié de ciudad. Me despidieron del trabajo, en realidad, pero me gusta pensar que me fui porque no podía resistir la visión de la librería muerta.






*Artículo publicado el sábado, 20 de junio, en la edición impresa.

La librería muerta
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