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Las comas mal puestas

¿Como sobrevivir a la vida diaria sin esas alergias secretas, como cuando se te atraganta un familiar o las camisas de manga corta?

ME GUSTA colocar mal una coma de vez en cuando. Lo hago sin querer. Creo que es bueno para el texto. Esa coma fuera de sitio, suicida, que se pone en medio para que la atropellen, le recuerda a la frase que es mortal, y que se puede escribir mejor. Cuando esa coma errática corta la corriente hacia el predicado, como si le dijese al sujeto «dispara si tienes huevos, maricón», te hace reflexionar. El mundo viaja tan rápido, y tú te pierdes tantas cosas maravillosas que solo se aprecian desde la lentitud, que esa coma significa una llamada a la tranquilidad, aunque en su ejecución parezca tosca. Es un grito en la claridad, aterrador, parecido al de Jacques Vaché, cuando irrumpió en 1918 en el estreno de ‘Las tetas de Tiresias’, de Apollinaire, vestido como un militar británico, y amenazó a los asistentes con un revólver y gritando: «¡Esta mierda desborda arte!».

La coma atroz, que acarrea la censura de algunos lectores, acostumbrados a que todo esté en su sitio, aburridamente, te susurra al oído. Es tu mala conciencia; te abre los ojos. «¿Adonde vas, animal?», te dice. A continuación, desde la calma, la borras, porque constituye un crimen dejarla ahí. Algunos días parece imposible detectar una coma errónea, pues está tan mal puesta, que es fácil pensar que está bien. Lees la frase una vez y otra, arriba y abajo, para decidir si está bien escrita, y cuando llega la tarde, o pasa el día entero, y ya es hora de levantarse y madrugar, aún no sabes si está bien. Lo natural es dejarla en su sitio. En realidad, se trata de esa clase de comas enigmáticas, herederas de la metafísica, que están bien y mal puestas a la vez.

Las comas equivocadas son aborrecibles, pero, ¿cómo se vive sin aborrecimientos?

Las comas equivocadas son aborrecibles. Pero, querría explicarme alguien, ¿cómo demonios se vive sin aborrecimientos, sin chirridos, en absoluta paz? No tendría ni que decirlo, pero las malas comas nos ayudan a respirar. Las buenas son buenas, pero las malas, a veces, son mejores. Hacen tanto ruido, en el sentido que al cruzar por el medio de la música natural de las frases provocan graves accidentes, que te mantienen despierto. Cómo podríamos sobrevivir a la vida diaria sin nuestras alergias secretas, como cuando se te atraganta un familiar o las camisas de manga corta. Veinticuatro horas al día son muchas, y densas, para vivir a salvo de la contaminación y los errores personales. Siempre hay que odiar algo, estar dispuesto a llorar por las noches, cuando apagas la luz, pensando cuánto te amargan los camisas sin planchar, las camisas incluso demasiado planchadas, o las comas mal puestas. La felicidad también es ese dolor.

La corrección de esa coma que se quita la vida antes de un verbo, y hiela el corazón del lector, adquiere aspecto de placer inesperado. Quién te lo iba a decir. A menudo, es el último toque que precisa una columna o un libro. Pocas cosas se igualan a la efervescencia de descubrir esa coma, en forma de caca de mosca, y cambiarla de sitio.

La coma representa un arte difícil de dominar. ¿Y si la literatura consistiese en rellenar con palabras los espacios que se despliegan precisamente entre comas? Hay minutos que te tienta pensar que primero se escriben las comas, y después las palabras, porque a la postre el lenguaje es solo un cierto ritmo. En esa concepción de la escritura resulta admisible defender las comas mal puestas. De vez en cuando, una amiga me escribe y me advierte que coloqué una coma de más en tal frase. «Me temo que es cierto -le respondo-, esa coma está fuera de lugar. Gracias por avisar; seguiré poniéndola». En el fondo, esa coma errática es una coma crónica, como es crónica una tos. Te sale y mancha la página, igual que la tos se te escapa y ensucia una conversación o un silencio sepulcral. Amemos las comas. Todas las comas. Yo me, hice, escritor porque, me, gustaba poner comas.

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