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Las formas de la decadencia

La clase de la mujer de la calle Progreso desafiaba la idea de que la vida, con los años, casi siempre cambia a peor

VIVÍ TRES años en la calle Progreso de Ourense y no fueron tiempos ni peores ni mejores, salvo porque un par de veces a la semana me cruzaba con una mujer mayor que había hecho trizas el tiempo, con esa sutileza y soberbia con la que se rompe una hoja de papel en dos, y luego en cuatro, en ocho, en dieciséis, etcétera, hasta que no se pueden lograr ya trozos más pequeños, y se lanzan por encima de la cabeza, mientras se susurra: "Nieve". Esa circunstancia volvía esplendorosa una parte de la semana. No podía verla y no quedarme embobado. Ella tendría 70 años, o alguno más, pero también dieciocho, treinta y dos, cuarenta y siete, veinticinco. Reunía delicadeza, genio, atractivo, misterio y desafiaba a la vida. Era alta, aunque no tanto, delgada, pero sin parecerlo. Tenía ese gesto amable que desplegamos las personas predecibles justo un segundo antes de decir que algo nos gustó. Poseía eso que se llama clase, y que a veces sabemos que se trata de clase porque se impone como algo muy superior a nosotros y nos hace ser terriblemente vulgares a su lado, pero en absoluto sentirnos tristes o abatidos por ello. La veía de lejos y me gustaba, pero no tanto como al tenerla cerca; todavía me gustaba más cuando volvíamos a alejarnos.

Ilustración para el blog de Juan Tallón. MARUXA

Cuando me mudé a otra calle dejamos de coincidir. Algunos días, si tengo que ir a algún sitio, y no tengo prisa, me gusta tomar la ruta de Progreso, aunque sea más larga, por si me la encuentro. Todavía no ha pasado. Pero hace una semana fue como si la viese mientras leía la entrevista a Carla Bruni en La Vanguardia. Lluís Amiguet le preguntaba a la cantautora francesa si había algo que el paso de los años mejorase, y Bruni respondía que "la capacidad de aceptar que no hay nada que el tiempo mejore". Me pareció una buena respuesta, al menos hasta que me acordé de la mujer de Progreso, cuya clase desafiaba la idea de que la vida, con los años, casi siempre suele cambiar a peor.

Recuerdo que un día, viviendo todavía en mi antigua calle, comenté con mi pareja cuánto me gustaba aquella señora mayor. Íbamos por la acera, en silencio, cuando unos metros más adelante ella salió de las oficinas de una aseguradora. Sostenía una carpeta debajo del brazo, mientras en la mano agarraba su bolso, que llegaba casi al suelo. "Me encanta esa mujer", señalé. "Y a mí", respondió Marta. "¿Cuántos años crees que tiene? ¿Sesenta y ocho, a lo mejor setenta?", me preguntó. "Treinta", respondí en serio. Y añadí: "¿No te parece que no es mayor y que nunca lo será?". Marta aceptó mi hipérbole y asintió levemente, con la cabeza hacia un lado. Nunca como ante aquella aparición me pareció más falsa la idea del tiempo y su decadencia. Lamentablemente, su presencia siempre era efímera, y en cuanto desaparecía a la vuelta de un portal, o dentro de una tienda, o en el interior de un taxi, mis convicciones retrocedían y de nuevo creía que antes que tarde solo nos espera la muerte.

Hablamos una sola vez. Fue en un pasillo de Zara, por casualidad. Ella se había dejado las gafas en casa, me dijo, y no podía leer la talla de una blusa o una chaqueta. Yo llevaba casi dos años observándola en secreto, asumiendo por los dos el paso del tiempo, así que aquel diálogo inesperado me pareció casi una cita. Me hice el gracioso, que es otra clase de decadencia, contraída a temprana edad, y le dije si quería que le leyese el resto de la etiqueta, llena de información interesante sobre el tejido. Quizá sonrió por compromiso, pero yo no lo noté. Me hizo sentir bien descabalgándome de mi sugerencia. La siguiente vez que nos cruzamos le sonreí, ya a punto de decirle hola. Ella caminaba tan abstraída que ni siquiera reparó en mí. No me hizo sentir ridículo. Incluso aquella distracción desprendía clase. Casi me venció la tentación de pararla y darle las gracias por ignorarme. Seguí admirándola. Ahora, después de tres años sin verla, su imagen empieza a desgastarse, pero ella sigue siendo mi única defensa contra ese momento en el que te preguntas adónde vas, y solo te contestas que envejeces y dentro de poco morirás.

Las formas de la decadencia
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