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Libros cerrados

Ante un libro, del género que sea, celebramos siempre la grandeza del escritor y casi nunca la de su editor. Como si no existiese el arte de publicar libros

Ilustración para el blog de Juan Tallón. MARUXA
Ilustración para el blog de Juan Tallón. MARUXA

EN ESPAÑA no hacemos listas con las mejores portadas de libros del año. Nos parecerá irrelevante. En cambio, abundan las listas de las obras más destacadas, que a estas alturas ya parecen menos una costumbre que una adicción. Para algunas cosas sí nos gusta contar. ¿Por qué será? Tal vez porque ante un libro, del género que sea, celebramos siempre la grandeza del escritor y casi nunca la de su editor. Como si no existiese el arte de publicar libros, solo el de escribirlos. Produce envidia que en otras culturas la forma que adopta una obra sea un asunto importante, y se reconozca. Esa cultura literaria incluye el aspecto de los libros, que aun cerrados hablan ya de su mundo.

En Estados Unidos e Inglaterra, por ejemplo, es habitual que los medios de referencia destaquen también las mejores cubiertas del año. Esos reportajes gráficos conmueven la sensibilidad, incluso la inteligencia. Los libros cerrados también alumbran. Se trata de portadas magníficas, que dificultan abrir el volumen rápidamente. Primero mirar, después leer. Pero hablamos de países en los que existe el espíritu necesario para aceptar que un libro representa un logro literario del que también es parte el diseño, la portada, los textos de solapas y contra, la tipografía, etcétera.

La edición es portadora de palabras, ideas, personajes, cremalleras invisibles, pero a la vez de aspecto, de manera que una editorial sea imaginada en términos de forma. Un libro también se reivindica como un objeto portador de un secreto que ha de ser presentado. No hay nada de horrible en reconocer esa aportación. Los libros deben alumbrar de dentro hacia fuera, pero es una buena idea que el exterior ilumine al mismo tiempo el interior. Ese proceso doble, cuando coincide, revela la grandeza del editor, alguien capaz de generar complicidad con lectores a los que no conoce de nada. En el prólogo a Cien cartas a un desconocido, el editor Roberto Calasso recrea el comportamiento del lector en una librería, cuando toma un libro en sus manos, lo hojea y, al cerrarlo, en espera de ayuda, estudia la portada y las solapas o la contra. Es entonces, durante algunos instantes, que "escucha que alguien le habla y que solo él lo oye"; es el editor.

Los libros cerrados tienen que actuar como si estuviesen abiertos. Esa portada y los textos externos son "una carta a un desconocido", sostenía Calasso, y equivalen a "una forma literaria humilde y difícil". Cuando brillan resulta imposible no reparar en la grandeza del editor. No se me olvida el Aviso de lectura que Caballo de Troya incluyó durante una época en la contra de sus novelas, redactado en primera persona. No hacía falta aclararlo: hablaba el editor. Tampoco había que precisar que el editor era Constantino Bértolo. Sus libros cerrados, entre tus manos, eran ya una fiesta. A veces tenían algo de suicida. Recuerdo el final de la nota a Una belleza vulgar, de Damián Tabarovsky, que después de ponderar que era una novela sin argumento, añadía que "los lectores que amen la narrativa de crimen, detective, suspense, investigación y desvelamiento final pueden comprar esta novela (hay que hacer caja), pero por favor: no nos vengan después con reclamaciones o improperios".

En Carrera y Fracassi, de Daniel Guebel, indicaba que era "la primera edición en España de un autor casi imprescindible. Casi, porque imprescindible, imprescindible…". Mi aviso preferido aparecía en Era el cielo, de Sergio Bizzio: "Cuando llegué, dos hombres violaban a mi mujer". Supongo que todos estaremos de acuerdo en que una novela que empieza con esta frase está condenada a ser una birria comercial o a ser una obra maestra. Todo editor es en el fondo "la mayoría incluso en la superficie" un vendedor y como tal su palabra vale menos que un pepino (a 2,30 euros el kilo están ahora). Pues aun así les digo: "esta novela no es una chapuza al uso que con la disculpa de contar lo dura que es la vida nos vende morbo". Hay libros que cerrados ya son buenísimos, y nuestros editores se merecen listas con las mejores cubiertas y contras del año.

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