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Lluéveme

HACE MÁS DE dos meses le regalamos un paraguas a mi padre. Nos pidió el mejor paraguas del mundo. Hay que saber cuándo ser ambicioso, supongo, y soñar y apuntar a lo más alto. Buscamos y al final lo encontramos, o lo encontró mi hermana, que además lo pagó, aunque yo lo hice pasar por un regalo de los dos. Era tan elegante y majestuoso que al dirigir a él la vista sentías la necesidad de decirle Señor Paraguas, o incluso ponerle James de nombre.

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Llamarte James y ser paraguas: ¿a qué mas se puede aspirar? ¡Cómo no envidiar una existencia así! Si no fuese una persona, ni un reloj del campanario, creo que me gustaría ser el mejor paraguas del mundo, y lucir al lado, por ejemplo, del pirandargallo. Pirandargallo fue el nombre que el inventor Juan de la Coba, nacido en 1829, dio al que iba a ser una de sus más magníficas creaciones, y que consistiría en un paraguas gigante que se instalaría en el Polo Norte para evitar que lloviese sobre el planeta cuando no se precisase. No sé por qué razón, esta magnífica idea acabó diluyéndose.

Calibrar la importancia de un paraguas en tu vida exige tiempo. Años, quiero decir. Hasta que llega ese momento en el que te rindes a él, es fácil despreciarlo. Existe un periodo en la juventud en el que lo odias todo: las camisas, las espinacas, los botones, incluso a tu padre. Cioran calculaba que cualquier persona inteligente o decente odia a la mitad de sus contemporáneos. Pero por encima de todo detestas el paraguas. En cierto sentido, las batallas más ensangrentadas son las que libras no contra otras personas, sino contra los objetos aborrecibles, casi humanos.

Pero la vida cambia. Nosotros cambiamos. Aunque no lo sepamos, aunque no queramos. Y entonces, otro día, de pronto te das cuenta, con tristeza, de que te falta el paraguas. Cuando odias algo con mucha fuerza, a menos que sepas que nunca lloverá sobre tu cabeza, has de estar preparado para empezar a amarlo.

Reclamar el mejor paraguas del mundo, y conseguirlo, fue un hermoso éxito para mi padre. Eso no se puede negar. Pero solo fue eso. Ya apenas se sabe en qué consiste el éxito. La belleza verdadera, real, solo llegará el día que el hombre pueda al fin estrenarlo. No llovió una modesta gota desde el regalo. Su abatimiento es notabilísimo. El paraguas está siempre en el paragüero. Es el gran inútil de la familia, una vez me fui yo de casa. Le propuse que, por lo pronto, mientras no lleguen las lluvias, lo use de bastón. Algo temporal. "Invéntate una cojera", le dije. No está convencido. Nunca ha cojeado. Piensa que se notaría, y que al final las miradas no se dirigirán tanto al paraguas como a su forma de caminar. Alguien acabaría afeándole que no sabe torcerse. Hay mucha envidia.

Pero ¿y si nunca más llueve? Hace unos años argumenté que en Galicia nunca llueve. Cualquier paisano nuestro lo sabe, y por eso las cosas importantes las hacemos siempre al aire libre: el churrasco, el entroido, las procesiones, el magosto, las ferias, los pregones, los fuegos del Apóstol, la Santa Compaña, el pastoreo, la tertulia, el consumo de drogas. Naturalmente, también las verbenas. Un gallego medio, entre los ocho y los noventa años, puede citar veinte nombres de orquestas sin despeinarse. Y qué nombres: Panorama, París de Noia, Capitol, Cinema, Charleston Big Band, Filadelfia, Olympus, Sintonía de Vigo, Gran Parada, Los Satélites, Marimba, Gran Atlanta, Palladium… Hay más de trescientas para amenizar nuestras tres mil celebraciones populares al año. Estas son el tipo de cosas que avalan que en Galicia no llueve, y no las estadísticas. Si ahora resulta que la estadística es la solución, la Serranía de Grazalema, en Cádiz, entre la Sierra del Pinar y la depresión del Boyar, es el área de mayor índice pluviométrico de España.

Pese a todo, la teoría de que en Galicia llovía caló. En los peores momentos del dogma, existieron hasta siete fábricas de paraguas en la comunidad. Hoy ya solo queda una, Paraguas Carballo, que trabaja con una idea de paraguas elegante, resistente, noble. Es el que le compramos a mi padre, y que por ahora no sirve ni para cojear.

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