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Me llamo Fulano, y soy abstemio

SIEMPRE ME HA llamado la atención la gente que nunca bebe una copa de alcohol, o que la bebió una vez y la repudió para siempre. Ese no alcoholismo, en cierta manera, también resulta enfermizo. No beber en absoluto representa un exceso. Mi padre, por ejemplo. Es abstemio. Conozco a abstemios que un par de veces al mes miran hacia otro lado, y beben de rodillas. No es el caso de mi padre. Cuando sirves el vino en una comida familiar, y llegas a su copa, la cubre con una mano, como si con un gesto pudiese detener a la humanidad, y dice: ''¡Noooooo!''. Nunca he oído a nadie expresar con su convicción ''yo no bebo''. A veces suena como un ''yo lo maté, señoría''. Es habitual, cuando la pronuncia en público, que la gente se vuelva para comprobar con sus propios ojos la negación del verbo beber.

En el bando opuesto tuve un suegro al que nunca vi probar una gota de agua. Creo que todavía vive. Salí con su hija cuatro años. Nuestra relación se había ido a pique después del quinto mes, pero me empeñé en seguir para averiguar hasta dónde llegaba de lejos el padre. Mi idea era sorprenderlo un día mientras bebía a morro del grifo del váter. Intuí que no habría un milagro, y al final su hija me dejó por otro. No me malinterpreten. No estoy a favor del alcohol. Me gusta, lo bebo a menudo, pero me parece despreciable. Mi consejo es que no beban. En cambio, sí estoy en contra de no hacer algunas cosas todo el tiempo, y llevar una vida coherente, como si no cambiar de criterio fuese uno de los grandes lujos de esta vida. Yo estoy en contra de la bebida y muy a favor.

Nunca he oído a nadie expresar con su convicción ''yo no bebo''

Empeñarse en no hacer algo durante toda tu existencia, aunque sea no beber, o no fumar un mísero y criminal cigarro, es la clase de constancia que me resulta admirable y ridícula. Me río -qué desalmado e hijo de puta soy- cada vez que recuerdo que Kurk Vannegut amenazaba con demandar a la Philip Morris por no haber conseguido su correspondiente cáncer de pulmón. No beber nunca, incluso no beber ni fumar jamás, y llevar una vida saludable, ¿para qué? Tal vez para acabar como el padre del protagonista de ‘Dejen todo en mis manos’, de Mario Levrero. ''Él nunca había fumado; tampoco bebía, ni cultivó ningún vicio. Era un hombre perfecto. Debió vivir muchos años. Sin embargo, desgraciadamente, cuando yo todavía era un niño, un día salió a la calle y lo aplastó un elefante escapado de un circo''. Este párrafo, cada vez que lo evoco, me mueve a replantearme todas las cosas que hago porque creo que son buenas a la larga. Y es que a veces no hay ''a la larga'' ni hostias.

Empeñarse en no hacer algo durante toda tu existencia, aunque sea no beber, o no fumar un mísero y criminal cigarro, es la clase de constancia que me resulta admirable y ridícula

Sergi Pàmies es autor de un relato con gotas surrealistas que me persigue desde la adolescencia. El protagonista es abstemio y se llama Ramón. Probó el agua mineral a los siete años. Y durante los 15 siguientes, cayó en un pozo. La primera vez no le hizo ningún efecto. Se enganchó porque los amigos también tomaban. ''Ten cuidado'', le decían los que le querían. Pero él no los escuchó. El agua era de fácil acceso. Circulaba con legalidad, la publicidad era muy agresiva, siempre relacionada con un montón de efectos saludables. Después de beber un litro y medio a morro, o de gollete, se sentía sorprendentemente sereno. Al principio fue duro. Iba con agua a todas partes. En esos 15 años, naturalmente, tuvo épocas en las que conseguía dejarla. Y volvía a los hábitos de la infancia: ''Anís al desayuno, vino de mesa a la comida, coñac al café, moscatel a la merienda, vodka nocturno y el entrañable whisky antes de irse a la cama''. Pero recaía de nuevo. Por suerte, un día conoció a una persona en la misma situación que él, y que le habló de una organización. Al principio se mostró remiso, pero acabó presentándose a una reunión. Había 30 personas. Cuando le tocó presentarse, se le pudo oír decir con la voz apagada: ''Me llamo Ramón. Soy abstemio''. ''Hola, Ramón'', respondieron a coro. En fin, ya saben cómo acaban estas historias. Todos los excesos se pagan, en especial cuando son carencias.




Artículo publicado el sábado, 16 de mayo de 2015, en la edición impresa.

Me llamo Fulano, y soy abstemio
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