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Morir de empatada

Yo empecé a estar en edad de ir a dar pésames casi a la misma a la que comencé a salir por las noches y a mamarme


MESES ATRÁS, en una de esas semanas horribles en las que uno va de tanatorio en tanatorio, me encontré con Ernesto, un conocido que me llevaba 15 años, al salir del cementerio. Habíamos trabajado juntos para el Instituto Nacional de Estadística, elaborando el censo agrario. Llovía y estábamos tan tristes que nos metimos en un bar, para reponernos y celebrar que en algún momento dejaría de llover. Pedimos dos cervezas y cuando echamos cuentas, resultó que él había ido a tres funerales esa semana, y yo a dos, solamente. El dueño del bar, que pasaba un trapo húmedo a la barra, nos oyó hablar de matemáticas y se inmiscuyó para decir que la construcción del tanatorio del pueblo era el mayor avance en décadas, después de la carretera. Asentimos en silencio. "Es nuestro Guggenheim", añadió. No le faltaba razón. En aquel pueblo no había semana sin sus dos entierros y medio.

La tradición de velar al muerto en su vivienda había quedado atrás, aunque no muy atrás. Si nos damos la vuelta, aún podemos recordar la última vez que entramos en uno de esos salones inhóspitos, con muebles antiquísimos, pero nuevos, y fotos amarillentas, muy viejas, a dar un pésame. Yo empecé a estar en edad de ir a dar pésames casi a la misma a la que comencé a salir por las noches y mamarme. Al menos en un par de ocasiones, mis amigos y yo nos presentamos en un tanatorio de empatada, con la música del coche a tope. Ernesto me miró sin condescendencia, achacándolo a la edad.

En cualquier velatorio, los rostros húmedos conviven con un diálogo chispeante o una sonrisa

En los velatorios que se celebraban en casas, dijo, siempre se ponía de beber. Tal vez por eso, en ocasiones se producían milagros. Entonces me relató la historia de su vecino Luis, que acudió a dar un pésame a un pueblo cerca de Vilardevós. Ya era noche cerrada y gélida cuando Luis se presentó en la casa de la difunta. Había docena y media de personas sentadas, formando un corrillo alrededor del féretro, que estaba abierto. Se respiraba una tristeza un poco alegre, como es habitual. En cualquier velatorio los rostros húmedos conviven, justo al lado, con un diálogo chispeante o una sonrisa de oreja a oreja.

La mitad de los presentes le tenían cara conocida. Los que no, dedujo que serían familiares lejanos, que habían acudido a despedirse y a ver cómo quedaban las cosas por aquí después de la muerte. Les dio el pésame a voleo. Es mejor excederse, y consolar a todo el mundo, aunque no tenga parentesco con la familia, que quedarse corto y ofender a un sobrino o un primo hermano porque no se les dirigió ni un "¿cómo anda?". De vez en cuando alguien se levantaba e iba al baño. O rezaba a media voz. O hacía la 'por la señal'. O tosía. O hablaba solo. O bostezaba. O se levantaba y se iba a su casa, despidiéndose en silencio, con un asentimiento satisfecho, como si lo hubiese encontrado todo muy agradable, en especial el bizcocho y el licor café, que estaban riquísimos. En efecto, en la cocina había una botella de licor y unos vasos y, cuando Luis se acercó hasta allí, ya solo unas migas de bizcocho. Casi al mismo tiempo que alguien se iba, entraba el relevo, que daba el pésame de rigor y se sentaba a charlar con quien tuviese al lado.

Luis se distrajo conversando con un señor al que hacía al menos dos años que no veía. Empezaron hablando de la señora Rosa —la muerta— y de ahí derivaron a temas más alegres. Cuando reparó en el reloj, había transcurrido una hora. Iba a anunciar que se iba cuando empezó a escuchar un crujido que venía de la habitación de al lado. Primero resultaba un ruido ocasional, y a continuación una pauta. Fue a más. Luis afinó su oído y advirtió cómo además del chirrido se escuchaban unos jadeos. No quiso pensar nada raro, pero a continuación ya se advertía claramente el ruido de un cabezal de cama golpeando contra la pared, y al poco, unos gritos ahogados y el sofoco que precede al silencio de después de follar. Tres o cuatro minutos después se incorporaron al salón, por uno de los pasillos de la casa, el hijo de la señora Rosa, de unos 50 años, y su prima segunda, de 60, intentando recuperar la tristeza lo más rápido posible.

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