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Nuestro Guggenheim

HACE UNAS SEMANAS un amigo me envió un audio para contarme que acababa de estamparse con el coche contra un tanatorio. Se le notaba alegre y no paraba de reírse, así que me sumé al buen clima y le respondí: "¡Pero eso es maravilloso!" Al final resultó poca cosa: defensa rota y aleta abollada. Ambos compartimos la idea de que los tanatorios trajeron el progreso real de Galicia. Llegaron tarde, pero con mucha fuerza a nuestro paisaje. Cada vez que visitamos uno, allá donde estemos, Ángel y yo nos escribimos. Siempre pasan cosas en los tanatorios. En un país donde se muere mucho más que se nace, y en el que nos apasiona contar, nos ofrecen unas magníficas prestaciones. "Es nuestro Guggenheim", proclamó hace años una vecina durante la inauguración del tanatorio de mi pueblo.

No tuvo unos inicios sencillos el tanatorio en Galicia, sin embargo. Quizá nos pareció al principio demasiado frío, impersonal. No se estaba tan mal velando a nuestros muertos en la calidez del salón. Hasta que vimos las ventajas de no tener a gente incordiando y encontrándose demasiado cómoda en nuestro sofá.

Juan Tallón - Permanezcan Borrachos

La transición al tanatorio no estuvo exenta de obstáculos, incluso pleitos. Quizá ninguno tan célebre como el de Castro Caldelas. Aquello fue una guerra. Estalló en el año 2000, cuando dos amigos, Jesús y Víctor, crearon una comunidad de bienes para explotar un negocio de pompas fúnebres y velatorio mortuorio. Se hicieron con un bajo en la Avenida Padre Feijoo. Es la calle más animada del pueblo. Hay de todo: bares, panaderías, hoteles, iglesia. El tanatorio sería la guinda. Todo bien.

La iniciativa corrió como la pólvora y enseguida tuvo partidarios y detractores. En marzo de ese año, el pleno del Concello otorgó licencia de instalación. El alcalde explicaría que al acceder al cargo se encontró con la solicitud del velatorio encima de la mesa. El informe de Sanidad era favorable, también el de Medio Ambiente, así como el urbanístico y el jurídico. "No tengo más remedio que dar la licencia o prevaricar", dijo con tono fatalista el regidor. Eligió lo primero, y cinco años después el TSXG anuló su decisión.

Pero no nos adelantemos. Cerca del futuro tanatorio, justo encima, de hecho, se fraguaba un pequeño golpe. En la segunda planta residían los hermanos Luis y Presentación, ambos jubilados. Iban a combatir el negocio de abajo con todas sus fuerzas. Su presencia los perturbaba. A través de la prensa difundieron una advertencia: "Ante el mínimo uso de esas instalaciones utilizaremos como elemento disuasorio música de forma ininterrumpida antes y durante la permanencia de un féretro en el local". Sus palabras querían ser un aviso a las familias de los posibles difuntos "para evitar futuras sorpresas y malentendidos, y que sepan de antemano con lo que se van a encontrar".

Acababa de declararse la guerra. El 14 de marzo de 2001, cuando se estrenó el tanatorio, Luis y Presentación cumplieron su palabra. En cuanto los familiares sacaron al primer difunto del coche fúnebre, y lo introdujeron en el local, empezó a sonar la música en la segunda planta. El siguiente sepelio, el 28 de agosto, siguió los mismos derroteros: música alta, muy alta. ¿Qué música? "Era siempre la misma cinta, una y otra vez –diría Jesús–. Siempre era la Raspita", una pieza muy pegadiza, vibrante, habitual en los repertorios de nuestras bandas de gaitas. Otros testimonios sostuvieron que también se pincharon grandes éxitos de Ricky Martin, que para entonces ya había grabado sus temas más vendidos, como María o Livin’La Vida Loca.

La música condenó el tanatorio al cierre. Se quedó sin clientes. Solo se celebraron aquellos dos velorios. Por supuesto, los dueños demandaron a Luis y Presentación por amenazas y coacciones. Estos fueron absueltos en primera instancia, y condenados en la siguiente. Jesús y Víctor solicitaron una nueva licencia municipal y abrieron otro tanatorio a veinte metros del anterior. Hace dos años fui a visitarlo solo por curiosidad, sin más aspiraciones. A poco que seas el vivo, un tanatorio nunca defrauda.

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