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No te pases de la raya

LA RAYA es muy tentadora. Caldea el delirio. Difícil no sentirse atraído por lo que espera siempre al otro lado, un mundo lejano, casi arqueológico, pero a la vez vivísimo, cuya distancia se franquea en un solo paso, sin mirar. La fatídica línea se puede cruzar con una frase, una risa, un gesto, un semáforo, una camiseta, un silencio, un chiste, una hostia… Cualquier cosa puede adquirir, en un momento dado, forma de raya o límite imperdonable, y entonces se desencadenan –a veces, no siempre, no se sabe a priori qué veces– unas muy feas consecuencias.

MARUXA

La raya es salvaje, roja, la raya es vértigo, éxtasis, riesgo, peligro, la raya es vaga, informe, mental. Cuando está claramente dibujada, sobre el suelo, en forma de frontera, es principio y a la vez fin de algo. Marca lo que es de aquí y lo que es de allá. A saltársela, según en qué circunstancias, se le llama guerra. 

Hay muchas rayas, en realidad. Cada uno imagina y traza las suyas; otras están ahí desde siempre, para todos, y el sueño de poner un pie sobre ellas es casi cultural. Hay una época, que no se sabe a ciencia cierta cuánto dura, en la que das tumbos y pareces estar haciendo siempre justo no lo que no deseas hacer, y eso acaba algunas veces más allá de la línea roja. 

La raya tiene muchísima paciencia, va a estar siempre ahí, observándote, a la espera del instante en que al fin tú la mires a ella y un día te digas "Venga, la cruzo, a ver qué pasa", o no te digas nada, ni pienses en ello, y cuando eres consciente, después de sentirte ofuscado, ya la cruzaste, y quizás tu pequeño mundo personal haga boom. En ocasiones, tu propia paciencia, el punto en que se quiebra, se erige en la raya misma. Aguantas, aguantas, y cuando te tocan las narices por encima de lo que consigues soportar, revientas y todo salta por los aires. Es un espectáculo bonito de ver, pero a cierta distancia, preferiblemente. 

Al otro lado se sitúan a veces los peores errores de tu vida, disimulados bajo algo supuestamente divertido, intrigante, arrebatador, efusivo. Imposible no escuchar algunos días su llamada, en forma de cantos, como en la Odisea. Pero ¿quién es tan sabio y maduro que hace caso de los buenos consejos y se ata al mástil, como Ulises, para evitar las sirenas? El futuro error vive disfrazado. Lo ves, y te parece una buena decisión, o al menos.

A casi todos nos educan con la esperanza de que sepamos llegar a la raya y detenernos. Estamos predispuestos a decirnos "No lo hagas" cuando te aproximas demasiado, pero al fin y al cabo "No lo hagas" solo es una frase. Todo lo contrario que "Pero qué cojones hiciste", que te dices horrorizado el día que cruzas la raya y ves venir hacia ti las consecuencias. Conocer los límites, saber en qué momento dejas de hacer lo sensato y seguro para adentrarte en lo incierto, es una lucha constante, un acto de paciencia permanente. No los conoces de una vez y para siempre. Los conoces y después los olvidas, y hay que empezar su estudio de nuevo. La posibilidad del fatídico error te acompaña toda la vida. Esta te obliga a una vigilancia perpetua sobre quién eres, qué puedes llegar a hacer. ¿Quién puede decir que está al fin preparado para una vida tranquila, lejos de las rayas?

La raya sabe volverse invisible para que uno no sea consciente de que la ha atravesado. Se dibuja y se borra, se dibuja y se borra. Esto creo que pasa más en la juventud –algunas juventudes duran toda la vida–, cuando tiendes a creer que lo sabes casi todo, y que los límites están un poco donde tú dices que están. En cierto modo, tienes una fe absoluta en tu ignorancia. Fue así como a los doce años, por ejemplo, a mí me cayó mi primer gran castigo para decirle a mi abuela "Vete a la mierda". No sabía bien lo que decía, y lo dije. Hacerlo a los doce lo convirtió en uno de mis mejores errores: no acabé mal. En cambio, pasarse de la raya cuando ya maduraste, bien puede conducirte a la perdición. Tú veras.

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