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Pero tú quién eres

Finalmente, Juan Cruz no consiguió que Orhan Pamuk fuese entrevistado por ningún medio. No se sabe si fue bueno o malo, en realidad

CUANDO ALGUIEN se vuelve muy famoso tendemos a olvidar que antes de serlo casi nadie lo conocía, e incluso convocaba cierta indiferencia. En Primeras personas, recién publicado, Juan Cruz cuenta que en 1998, al frente por entonces de la editorial Alfaguara, se trajo a Madrid a Orhan Pamuk (1952, Estambul), para presentar a la prensa su ultimo libro, titulado Me llamo Rojo. Casi nadie, por aquellos días, conocía a Pamuk en nuestro país. "¿Un turco?", preguntaron algunos periodistas culturales, repentinamente desganados ante la posibilidad de un encuentro con alguien del que ni siquiera habían oído hablar mal. Cruz buscó entre sus amigos y algunos letraheridos del periodismo y la cultura a alguien dispuesto a citarse con Pamuk. "Es una promesa mundial, ya lo verán", les decía, para persuadirlos.

Finalmente, Juan Cruz no consiguió que su autor fuese entrevistado por ningún medio. No se sabe si fue bueno o malo, en realidad. En 2005, cuando Pamuk habló durante tres horas para The Paris Review en el sótano de un hotel ruidosamente iluminado por una luz fluorescente, en Londres, admitió que las entrevistas lo ponían nervioso. Se había vuelto un experto en dar "respuestas estúpidas a preguntas sin sentido". En su país, de hecho, era más criticado por sus entrevistas que por sus libros, los cuales habían dejado de leerse con pasión a partir de la segunda mitad de los años noventa.

Estoy enamorado de lo que hago. Me gusta sentarme en mi escritorio como un niño jugando con sus juguetes


Todo lo que consiguió Juan Cruz durante aquella visita fue organizar una cena en el Bar Hispano a la que asistieron él, el escritor y cuatro comensales, entre ellos José María Ridao y Andrés Ortega, que "me evitaron el trance de tener que decirle a Pamuk: Nadie quiere cenar contigo". Pamuk se comportó "como un profesional acostumbrado a los desplantes". Aquel chasco no significó gran cosa. El escritor siguió trabajando duro. Tres años antes había encontrado un piso con las mejores vistas de Estambul, que utilizaba solo para escribir, a veinticinco minutos andando de su casa, y allí se pasaba diez horas al día. "Estoy enamorado de lo que hago. Me gusta sentarme en mi escritorio como un niño jugando con sus juguetes. Es trabajo, esencialmente, pero también es diversión y juego", decía. Sin que ello supiese ningún demérito, aseguraba que "yo trabajo como un empleado".

En 2006, Orhan Pamuk recibió el premio Nobel, y todo cambió para él, como es fácil imaginar. La literatura está llena de anonimatos rotos. Inevitablemente, la rotura mueve los marcos de sitio y de golpe proporciona al pasado un aspecto risible y tierno.

Hace años, Enrique Vila Matas contaba que a mediados de 2001 viajó a Hungría para participar en una mesa redonda sobre narrativa latinoamericana, en la que también estarían presentes Eduardo Mendoza, Rodrigo Fresán y Andrés Neuman. Fresán llegó un día antes, de avanzadilla, y se reunió en el Café Central con el escritor húngaro que los iba a presentar. "Era un hombre afable y muy sonriente", según el relato de Vila Matas, y le pidió al novelista argentino todo tipo de datos literarios sobre los autores españoles, hasta el punto que Fresán quedó para el arrastre, casi derrumbado del cansancio en el café.

Cuando al día siguiente llegaron el resto de novelistas, se dirigieron al Museo de Literatura de la ciudad, donde iba a celebrarse la mesa redonda. Vila Matas se acercó a conocer al escritor húngaro encargado de las presentaciones, que recientemente había sido traducido por primera vez en España, donde apenas se tenían referencias de él. "Estaba en un modesto rincón de la entrada, estreché su mano y, a través de un traductor, le dije unas frases de puro protocolo. El hombre aquel emanaba bondad por todas partes y no paraba de sonreír", aseguraba el autor barcelonés. Al regreso a España, Vila Matas decidió comprarse el libro traducido, que le pareció "extraordinariamente denso y duro". Pasaron unos pocos meses, y a finales de 2002 la Academia Sueca le concedió el Premio Nobel de Literatura a ese escritor que no conocía casi nadie en España. Era Imre Kertész.

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