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Poch

El fundador de Derribos Arias murió a los 42 años. Era el único final posible

POCH? ¿QUIÉN es Poch? Poch es Ignacio Gasca Ajuria. Murió en 1998, víctima de una enfermedad degenerativa. Yo nunca había oído hablar de él hasta que hace una semana leí Corre, rocker, de Sabino Méndez, crónica en la que se repasa todo aquello que el guitarrita y letrista de Loquillo y los Trogloditas vio con sus propios ojos durante los años ochenta, cuando muchas de sus canciones se volvieron himnos, y la vida solo tenía un lado: el salvaje. Víctimas de la droga, muchos no lo contaron. Conocer a Poch es uno más de los placeres de este libro, reeditado ahora por Anagrama. Poch nació en San Sebastián (1956), estudió en un colegio alemán y después se matriculó en la facultad de Medicina de Bilbao, calculando ser médico, como su padre. Nunca acabó la carrera. Un día empezó a tocar canciones de Dylan, Neil Young, Bowie y la Velvet Undeground. Cuando en 1980 conoció a Alejo Alberdi no tardaron en formar La Banda Sin Futuro. Al trasladarse a Madrid encontró trabajo de guitarrista en Alaska y los Pegamoides y más tarde en Ejecutivos Agresivos. Cuando se reencontró con Alejo Alberdi fundaron Derribos Arias. 

En aquella época proliferaban los grupos con letras introspectivas y sentimentales, cuyos autores "vestían vaqueros y americanas discretas, anunciando con su estética una voluntad de naturalidad", como Mamá, Los Secretos o Nacha Pop. En dirección contraria iban los que ofrecían un "tremendismo de cuero, ambigüedad sexual y letras provocativas", como Alaska y los Pegamoides, Parálisis Permanente o Loquito y los Trogloditas. La tercera vía, en la que militaban Glutamano Ye-Yé, Sindicato Malone, Ciudad Jardín o Derribos Arias, decretó "con sangrante ironía" que estaba harta de "la epífora verbal de esos letristas que nos ponían al tanto de sus disgustos y reconciliaciones con la novia a través de las canciones".

Maruxa tallón
Ahí encajaban Poch y Alberdi. "Después de hablar con ellos, uno detectaba inequívocamente que, tras la máscara del surrealismo fuera de quicio, ambos poseían dos coeficientes intelectuales elevados", afirma Méndez. Nunca dieron el salto a la grandes discográficas y se mantuvieron bajo el panorama underground. A Poch le gustaba vestir desastrosamente, y usaba la parte de arriba del pijama como una prenda para la calle. Creía que no podía distinguirse "de una camiseta nueva ola", a menos que fueses algo observador. En el escenario aparecía como una versión "sarcástica del profesor chiflado de Jerry Lewis". La razón era la enfermedad corea de Huntington, que marcaba de tics y temblores sus movimientos. Él no hacía nada por mantener a raya la enfermedad. "Le gustaba salir, beber abundantemente y probar todo tipo de sustancias". En Derribos Arias era tradición ingerir un cuarto de mescalina antes de salir a tocar. Fuera del escenario su vida no era muy distinta. Su comportamiento copiaba el de "un niño travieso que desconocía el total de las reglas de urbanidad". Eran famosas sus dificultades en los restaurantes, donde su comida salía despedida de los platos continuamente por culpa de sus problemas de motricidad. Él aseguraba que "hasta que las cosas no se caen tres veces al suelo siguen siendo comestibles". 

Al final de un concierto en Barcelona se puso a jugar con un extintor en el hotel, hasta llenar la planta de nieve carbónica. Cuando subió el personal del establecimiento, alarmado, Poch creyó que sería buena idea deshacerse del extintor, y lo arrojó por una ventana, sin mirar. Cayó sobre un automóvil, destrozándolo. Poch y el extintor acabaron en comisaría. Cuando consiguieron salir, se subió a un tren destino a Madrid para continuar con la gira de conciertos. Derribos Arias lo esperaba en el andén. A mitad de camino el artista se despertó muerto de hambre y se dirigió al vagón restaurante, que encontró cerrado. "Solo el cielo y Poch conocen el secreto de cómo consiguió introducirse dentro y ponerse a comer truchas" a oscuras. Lo descubrieron, y cuando el tren llegó a Chamartín, y el artista se bajó con el extintor de Barcelona en brazos, la policía aguardaba para conducirlo otra vez a comisaría. Los días parecían entonces divertidos, pero su vida solo podía tener un final. Poch murió con 42 años.

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