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Prótesis de mano

Su efecto era de un gran realismo, salvo el movimiento: estaba rígida, no oscilaba

CUANDO SUENA el tiembre, y estoy solo, me levanto a abrir casi siempre de puntillas, como si no hubiese nadie en casa, y me susurro "soy hombre muerto". Es un juego secreto. En una época en que estuve obsesionado con Pulp fiction, soñaba que recibía la visita de Vincent Vega y Jules Winnfield, que sin venir a cuento me preguntaba si leía la Biblia, y empezaba a recitarme el capítulo 25, versículo 17, del libro de Ezequiel. En ese momento yo me decía "soy hombre muerto", y con razón, porque a continuación Jules sacaba su pistola y me apuntaba a los sesos.

La frase me quedó suelta en la cabeza, a semejanza de esos muelles que se le aflojan por dentro a algunos relojes, que funcionan igual, o mejor, y desde entonces me hace gracia repetírmela cuando de repente llaman a la puerta. Esto ocurre un par de veces a la semana. Cuando ocurre, casi siempre se trata de la cartera, salvo algunos días, como la semana pasada, que me dije "soy hombre muerto", como es preceptivo, y al abrir descubrí a dos testigos de Jehová con aspecto de ser felices solo con tocar timbres. No me sorprendieron del todo. Los conocía de vista. En unos pocos meses, esa era la tercera vez que me visitaban. Solo querían hablar, pero yo siempre estaba demasiado ocupado. "Me pilláis en plena faena", les dije una de las veces. No sé qué pensarían.

En la tercera visita no estaba haciendo nada y los invité a pasar. Me sorprendí hasta yo. Creo que pensé que a lo mejor en aquel encuentro sorpresivo había una novela o, en último extremo, material para una columna. Existe un momento, cuando llevas cierta clase de vida, a partir del cual comienzas a vivir tus días así, preguntándote si de algún incidente podrías extraer un artículo. Empezamos a hablar de nuestras lecturas. Ellos querían saber si yo leía la Biblia y yo si ellos probaban a veces con una novela. Enseguida perdí el hilo de la conversación. De joven aprendí a hablar de una cosa y mantener la cabeza en otra distinta. Me pasó en cuanto reparé en que uno de los testigos de Jehová tenía una prótesis de mano. Ya no pude prestar atención a nada más. Para mí solo existía la prótesis y lo que se podría o no hacer con una prótesis.

Imagen para el blog de Juan Tallón (12/05/12)No sabría decir de qué hablamos exactamente durante la media hora que estuvieron en casa. Recuerdo, por ejemplo, que les dije que trabajaba en un estudio sobre el impacto de los trenes de alta velocidad en la mortandad de las aves. Mentira, claro. "¿Sabíais que un AVE atropella una cada 350 kilómetros recorridos?", les pregunté. No sé resistirme a contar trolas gratuitas. Pero acababa de leer algo sobre ese estudio en La Vanguardia, y me dio pena no atribuírmelo. El resto de la conversación se me presenta borrosa. Solo conseguía concentrarme en la mano ortopédica. Su efecto era de un gran realismo, el color, los pliegues, salvo el movimiento: estaba rígida. El brazo no oscilaba apenas, solo para enfatizar algo, y cuando apareció una mosca por allí para ahuyentarla con arrogancia, como cuando le dices a alguien "vete a la mierda", y le indicas la dirección.

En el fondo, estaba esperando un gesto que me recordase al pasado, y que no llegó. El año que viví en Madrid compartía edificio con un sacerdote. Un día nos quedamos encerrados en el ascensor casi una hora y nos hicimos amigos. Se llamaba Abelardo. Después de aquello, otro día me invitó a su apartamento a tomar una cerveza. Hablamos un poco de todo, es decir, de nada, mientras soplamos dos cervezas cada uno. En un momento dado le escuché decir: "Permíteme, majo". No entendí a qué se refería, hasta que advertí que se agachaba, y en un movimiento técnico, desacopló una pierna ortopédica de su rodilla izquierda, y dejó que se deslizase pantalón abajo, igual que una serpiente de cascabel. A continuación, la depositó en el suelo, junto al sofá, como si fuese una litrona vacía. Nada de esto, o parecido, ocurrió con el testigo de Jehová, cuya visita tuvo un final de lo más decepcionante, que me cerraba la puerta a escribir una novela, cuando a la hora de marcharse me estrechó la mano y constaté con horror que en realidad era de carne y hueso.

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