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Ilustración para el blog de Juan Tallón. MARUXA
Ilustración para el blog de Juan Tallón. MARUXA

CADA CIERTO tiempo veo publicado en un periódico nacional un anuncio que dice "Se busca matrimonio en régimen interno. Para limpieza y mantenimiento de vivienda particular en Madrid. Se requiere experiencia previa demostrable. Sueldo a convenir". En una tipografía más pequeña, debajo, se incluye el número al que deben llamar los interesados. El teléfono contiene tantos ceros y nueves que parece inventado. El anuncio en sí consiste en un pequeñísimo recuadro de apenas tres centímetros, al fondo de la página, aplastado por informaciones de distinta índole cada vez. Recuerda a un náufrago de esos que dibujaba Forges abandonados en un islote, mal vestidos, barbudos, abrasados por el sol, a los que, después de todo, no les iba tan mal.

Estos anuncios, encajados entre informaciones, despiertan siempre curiosidad y desasosiego, a partes casi iguales, como cuando en otros periódicos leo a veces avisos que dicen "Compro pueblo entero, en ruinas", o "Compro edificio. Barcelona ciudad. No importa el estado ni la situación arrendaticia". La presencia del anuncio del matrimonio me llamó por primera vez la atención el año pasado, a los pies de una crónica sobre una madre juzgada por matar a su bebé recién nacido, al que admitió haber acuchillado varias veces después de cortar el cordón umbilical. Cuando pienso en una cosa me viene a la cabeza la otra, inseparablemente. Esta semana volví a reparar en el mismo aviso y a preguntarme qué está pasando para que el anunciante no consiga encontrar de una vez eso que busca.

Supongo que la propuesta no consigue resultar definitivamente apetecible. Desprende cierta turbación. Quizá en la búsqueda de un matrimonio; a lo mejor en el régimen interno. Sea lo que sea, se hace difícil no pensar que, tras una petición de esa naturaleza, para irse a vivir a una casa forastera, hay al menos una historia de fantasmas , suelos en los que se oyen pasos de gente que no existe, ventanas que se baten sin corrientes de aire, cuadros de antepasados que te escrutan al mirarlos, como si el pintado fueses tú.

Si lees muchas veces el anuncio, explorando su posible secreto, hay un instante en que te preguntas si no deberías telefonear enseguida, y entretanto casarte. Te van a pagar por vivir en una casa que has de limpiar y mantener, tal y como haces ya con la tuya, que ni siquiera es tuya, sino propiedad de un casero que quizá sea un imbécil. Pero al final te detienes, justo a punto de marcar el último de los ceros. ¿Qué tendrá esa vivienda para que transcurran los meses y nadie la ocupe? Flota una especie de desesperación tanto en anunciar la busca de un matrimonio en un periódico, como en el hecho de llamar para decir que estás casado y que tu cónyuge y tú estáis dispuestos a probar suerte.

¿Y si el anuncio fuese una broma? Hace muchos años, un amigo de mi padre, llamado Gabriel, hizo publicar en la sección de anuncios por palabras de un periódico de Ourense, un 28 de diciembre, uno que decía "Se vende piano de cola. Instrumento en perfecto estado. Toca solo. Preguntar por Moncho". Moncho era mi padre, y el número que acompañaba al anuncio, el fijo de casa. El teléfono estuvo sonando durante semanas. Nunca hubo un aluvión de gente llamando para interesarse, ni siquiera el primer día, pero sí un goteo que se prolongó a lo largo de semanas. Ni que decir tiene que no teníamos piano de cola. Algunos días se nos agotaba la paciencia, y si preguntaban por las dimensiones del instrumento, mi padre podía llegar a decir "no es demasiado grande, creo que le cabría por el culo".

Pero pongamos que el anuncio no es ninguna broma; demasiado cara. ¿En qué momento fracasa todo? ¿Cuando no llama nadie al teléfono? ¿En la hora que el anunciante queda en verse con los candidatos, para conocerlos, y decidir si confía o no en ellos? ¿Cuando el matrimonio visita la vivienda de la que tiene que hacerse cargo y se asusta? ¿O más bien cuando hablan del sueldo? En cualquier caso, dan ganas de publicar a su vez otro anuncio ofreciendo una gratificación por conocer el final de la historia.

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