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Segundas oportunidades

EN UNA de las extrañas segundas oportunidades que a veces te otorga la vida, entré en una librería nueva, de libros viejos, en la calle O'Donnell. Fuera llovía y hacía frío, por este orden, y yo no tenía paraguas, y regresar a casa se me antojaba la decisión más triste de mi vida. No buscaba nada en particular cuando me decidí a entrar y curiosear. Era media tarde y me dejé llevar por el orden alfabético de las estanterías y su inercia, que producía un agradable vaivén, parecido al de hacerse el muerto en el mar. Mirar lomos de libros, y recordar títulos y autores que leíste hace mucho tiempo, incluso que no leíste jamás, es un placer que produce pequeños estallidos de felicidad a cada paso. Tuve la sensación de que ojear aquellos lomos remitía a una de las verdades de la vida, no sé a cuál. Algunas verdades se asoman y se ocultan, y solo las ves tú.

Fui cargándome de ejemplares por vicio, y porque casi los regalaban. Algunos días las manos vacías hacen que uno se sienta culpable. Entonces llegué a la letra L, y lo vi. Fue conmovedor y divertido, completamente inesperado. Allí estaban Lo peor de todo, Héroes y Caídos del cielo, de Ray Loriga. Los años apenas los habían puesto amarillos. No habían recibido palizas de consideración, visibles, ni tenían hojas dobladas, ni anotaciones al margen si descontamos, en algún caso, el nombre de sus antiguos propietarios. Me pregunto siempre qué lleva a una persona a deshacerse de sus libros, aunque solo sea de uno, y venderlo a un tercero, a menudo por un precio ridículo, con el que apenas podrás tomar una cerveza, o comprar un billete de metro, o a su vez adquirir, pongamos, otro objeto usado. ¿Precisa dinero? ¿Acaso necesita el espacio que ocupa? ¿Cree que después de leerlo carece de utilidad? ¿Lo aborrece?

Apenas vi los libros me los quedé y volví a casa con la idea de escribir esta columna y leer las novelas

No supe si aquel reencuentro con Loriga, tantos años después de la primera vez, me producía más alegría que tristeza. Por una parte, al fin se me presentaba la oportunidad de hacerme con sus primeros libros tal y como los había conocido en su día, con la juventud aún estallándonos en los ojos. Eran las primeras ediciones, en Debate y Plaza y Janés. Claramente, eso me producía regocijo. Sin embargo, el descubrimiento me hizo sentir de repente el paso del tiempo como un hecho terrible, casi como un peligro. ¿Y si ahora era demasiado tarde para leerlos? ¿Y si todos, libros y lector, habíamos envejecido mal, y la oportunidad perdida en su día para conocernos, y hacernos felices, ahora solo podía conducirnos al desencanto? Quizás sea cierto que para todo existe un momento perfecto, y fuera de él, las oportunidades se tambalean y desembocan en en desalientos.

Eché cuentas, y hacía veinticinco años que no me cruzaba con aquellos títulos. Yo acababa de ingresar en la Facultad de Filosofía, en Santiago, sin conocer todavía la razón, y Loriga agitaba el ambiente con Lo peor de todo, su primera novela, y enseguida la siguiente, Héroes. La vida le quemaba en las manos y la escribía rápido. Durante mucho tiempo, cuando me dirigía a la facultad, cambiaba de calle a través del supermercado Simago para atajar y cerrar un rato el paraguas, y al pasar ante la sección de libros me detenía a ojear las novedades. En el segundo año de la carrera estuve varios meses dudando si comprar Lo peor de todo, y descansar de los rusos. No sé cuántas veces tomé el libro en las manos y leí párrafos al azar. Al cerrarlo me preguntaba ¿lo compro o no lo compro? Al final lo devolvía al estante y me iba a clase, o a cualquier otro sitio.

Así un mes y otro hasta que un día que llovía con infinito aburrimiento, y mucha paciencia, entré de nuevo en Simago y los libros habían desaparecido. Pasaron varios años en los que no supe nada de Loriga, y creo que tampoco de mí. Un día compré El hombre que inventó Manhattan. Lo leí. Dejé pasar más años, que en realidad pasaron solos, hasta que entré en la librería de O'Donnell. Esta vez no titubeé. Apenas vi los libros me los quedé y volví a casa con la idea de escribir esta columna y a continuación, sin perder un minuto, leer las novelas.

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