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Semejante putadón

Todas las decisiones tienen una carga, dolorosa y bella

LLORAMOS DEMASIADO las oportunidades perdidas. No hay nadie que no tenga en su biografía momentos en los que se esfuma la ocasión perfecta de formar parte de algo irrepetible. Meses atrás, una amiga rompió su relación sentimental, que duraba año y medio, para marcharse a vivir sola a Berlín, sin cargas, y dar uno de esos giros que obligan a construir tu vida casi de nuevo: trabajo nuevo, casa nueva, amigos, rutinas, ropa y clima nuevos. Incluso ella era nueva, pues no se reconocía como la mujer que acababa de tomar tal decisión. Cuando me pidió opinión, le dije que acertaba, aunque se desligase de unos sentimientos que habían hecho su existencia un poco más feliz. Ya encontraría otros, la animé. Hay un número infinito de ellos. Durante semanas se preguntó si la pareja a la que acababa de abandonar no sería la mayor oportunidad perdida de su vida. "¿Y si me arrepiento?", se decía todo el tiempo, hasta que concluyó que difícilmente se puede vivir sin algún remordimiento tratando cada día de levantar vuelo en tu cabeza.

Ilustración para el blog de Juan Tallón. MARUXALas pérdidas poseen de bueno el agujero que dejan. Nada te impide volver a llenarlo como quieras. Los daños también producen frutos. Curiosamente, años atrás, otra amiga tomó una decisión en sentido contrario. Aceptó una estancia en una universidad norteamericana. Su carrera se relanzó y un día le ofrecieron un contrato que la abría nuevas puertas. En ese tiempo, ella no dejó de estar enamorada de su pareja, que seguía en España. Cuando su futuro académico más brillante se presentaba, ella resolvió regresar a Vigo porque él no se atrevía a dejar un empleo anodino para acompañarla a Boston. Perdió la oportunidad de su vida, pero ¿y si no se equivocó? Hay aciertos que solo se adivinan si estás enamorado de alguien. Cuando te equivocas, con el tiempo a veces la pérdida se convierte en un peldaño.

¿Oportunidad perdida? Bah. Todas las decisiones tienen una carga, y a veces esa carga, dolorosa, te salva por su belleza. Mi oportunidad perdida favorita la leí en una novela de Nick Hornby. Rob Fleming, el protagonista de Alta fidelidad, es el dueño de una tienda de discos antiguos en el norte de Londres. Vive al borde de la bancarrota a diario; también de la bancarrota emocional. Un día recibe la llamada de una mujer que asegura tener unos cuantos singles que le pueden interesar. Cuando se presenta en su domicilio, advierte que está llena de álbumes, compacts y cintas, y hay nueve cajas de singles a reventar. La mujer le invita a que eche un vistazo. Rob no tarda en descubrir que tiene entre manos "el cargamento que siempre soñé encontrar". Hay singles de los Beatles en edición especial y limitada para los clubs de fans; está la primera docena de singles de los Who, y hay originales de Elvis. Hay montones de singles de blues y soul, y un ejemplar del 'God save the Queen’ de los Sex Pistols, editado por la A&M. "Y… ¡oh, no! ¡Oh, no! ¡Dios, no! Está ‘You left the water running’, de Otis Redding, en la edición especial hecha siete años después de su muerte, retirada de inmediato del mercado por su viuda porque no le…".

Es la mejor colección que ha visto en su vida. No sabe cuánto ofrecerle. Calcula que vale al menos seis o siete de los grandes. Pero ni de lejos tiene esa pasta. "Pues dame cincuenta libras y te los puedes llevar hoy mismo". Rob se echa a reír. Estará de broma. Ella le explica que su marido se ha largado a España con una chavala de 23 años. "Una amiga de mi hija, para más señas". Y quiere joderlo deshaciéndose de su colección de singles por una miseria. "¿Qué le parecen mil quinientas libras?", le ofrece Rob, un hombre de principios que ama la música. "Sesenta", se conforma ella. "Mil trescientas", dice él. "Sesenta y cinco". "Mil cien. Y de ahí no bajo". "Yo no pienso vendértela por más de noventa". Rob sabe que vendrá otro comprador y se llevará la colección por una insignificancia. Sabe que cuando regrese a su tienda se echará a llorar como un niño por haber perdido tan grande ocasión. Pero también sabe que, aun cuando ese marido sea un cerdo canalla, él no es capaz de "hacerle semejante putadón".

Semejante putadón
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