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Thomas Mann, a la basura

Me encontré en mitad de la acera con hoja de un libro, arrancada. Fue hace un mes, al lado de casa. Era domingo por la mañana, no había coches ni casi transeúntes, y bajé a tirar periódicos viejos en pijama, zapatillas de casa y un abrigo bastante elegante, quizá para suavizar el efecto del pantalón del pijama. No me gusta andar por ahí como un zarrapastroso. El día anterior había llovido un poco, pero esa mañana el suelo estaba seco. Me agaché a recoger la hoja muy intrigado, deseoso de ponerme a prueba tratando de averiguar a qué obra pertenecía. Vi que se correspondía con las páginas 59 y 60. Enseguida supe que se trataba de La montaña mágica, de Thomas Mann. Qué pena, pensé. Mis conocimientos no tenían excesivo mérito. En la primera línea de la página 60 aparecía el nombre del protagonista de la novela, Hans Castorp, y eso allanaba el camino.

A los pocos metros me tropecé con dos hojas más, y enseguida varios puñados, algunos rotos por la mitad. Fue inevitable empezar a pensar en el posible asesino. Había llevado su ensañamiento muy lejos. Había páginas en mitad de la calle, entre los arbustos, en las escaleras de hierro que bajan al parque. En el parque también había hojas arrancadas, por docenas. En el estanque de los patos flotaban dos o tres hojas. Las fui recogiendo todas, incluidas las del agua, para lo que tuve que mojar la punta de la zapatilla. Después de dejar los periódicos en el contenedor azul, de vuelta, seguí recolectando páginas y más páginas. Entre ellas hallé una de las primeras del libro, en la que aparecía el nombre del autor, el título, la editorial, Ediciones G.P., y el nombre de la propietaria, María Remedios Lameiro Diéguez.

Estaba empezando a llover de nuevo. Me apresuré, y al pasar ante el punto de bookcrossing que hay en un rincón del parque, abrí la puerta, como temiéndome lo peor, y allí descubrí lo que quedaba de La montaña mágica, incluyendo las tapas, donde vi que la edición se componía de dos volúmenes, y aquel era el segundo. Me lo llevé todo a casa, ignorando mis intenciones. Finalmente, supe que no había más propósito que apilar las hojas sueltas, las hojas rotas y las hojas todavía coladas a las tapas en una estantería y olvidarlas durante meses. De hecho, no iba a ser exactamente así. Cuando los restos estaban ya abandonados en la estantería, empezaron a molestarle a la vista. Estaba claro que los metería en una bolsa y los arrojaría al contenedor azul.

Esta clase de decisiones, sin embargo, no se consuman inmediatamente. Hay que reunir fuerzas. Entretanto, acudió al rescate de La montaña mágica el propio Thomas Mann. Días después abrí el buzón y me encontré con un libro que reúne la correspondencia que mantuvieron a lo largo de cuarenta y cinco años Mann y Hermann Hesse, recién reeditado por Stirner. Me llamó la atención una carta fechada en diciembre de 1932, en la que el primero confiesa a su amigo que cada vez recibe más misivas rencorosas de estudiantes, algunas llenas de odio, motivado por las ideas sobre el desapego a la patria del escritor.

"El verano pasado", escribe en un momento dado, "un joven de Königsberg me llegó a enviar un ejemplar carbonizado de Los Buddenbrook, arguyendo que yo había dicho algo contra Hitler. Añadió asimismo que quería obligarme a consumar la tarea constructiva". Mann declinó la propuesta, y guardó cuidadosamente los restos negruzcos para que algún día diesen testimonio del estado espiritual del pueblo alemán en 1932. En realidad, aquella quema superficial, y su envío al autor para que la completase, fue un preludio de la quema masiva, en mayo de 1933, organizada por el régimen nazi, de libros de escritores liberales, no solo alemanes y judíos, sino también americanos, checos, austríacos, franceses y sobre todo rusos.

Después de leer la carta me resultó imposible arrojar a la basura los restos de La montaña mágica. Solo eran eso, despojos, horas rotas, irrecuperables, que era mejor tirar que guardar. Pero cómo no sentirse un poco nazi al hacerlo.

Thomas Mann, a la basura