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Truman Capote dijo "puaj"

En su correspondencia, esa forma de transcribir el aborrecimiento aflora cada poco, y siempre suena sincera. La verdad aún estaba a salvo cuando la gente escribía cartas

NADIE DECÍA "puaj" como Truman Capote. En su correspondencia, esa forma de transcribir el aborrecimiento aflora cada poco, y siempre suena terriblemente sincera, quizás porque la verdad aún estaba a salvo en aquellos tiempos en los que la gente escribía cartas para contarle su vida a los amigos lejanos. Recalé en su correspondencia buscando información sobre sus estancias en España, y ahí me encontré con su primer "puaj". En el verano de 1949, camino de Marruecos, pasó algunos días entre Madrid, Sevilla y Granada. Al llegar a Tánger le escribió a Robert Linscott para contarle que había sido un viaje espantoso, que "no repetiría ni muerto". ¿España? "Puaj". Fueron unos pocos días, aunque repletos de aventuras, como el viaje entre Granada y Algeciras, cuando de repente toda la gente del tren empezó a tirarse al suelo y a gritar "¡Bandidos!". Las balas silbaban. "Lo que pasa es que no eran bandidos. Solo eran unos españoles que habían perdido el tren y disparaban para que parase. A un hombre le dieron en la cabeza", le resumió Capote a su amiga Cecil Beaton. El episodio lo dejó tan marcado que escribió un artículo para The New Yorker, titulado Un viaje por España. Fue la primera vez que la revista publicó algo suyo.

Pese a todo, admitía que el país era bonito. Esos días incluso visitó el Museo del Prado, "pero poco más". No resultaba agradable moverse por el territorio. Había que hacer frente a "demasiadas prohibiciones, demasiado papeleo, demasiada gente con uniforme". En abril de 1960 regresó para instalarse en Palamós y trabajar en A sangre fría. El periodista Robert Ruark le había convencido de que allí hallaría la calma necesaria para escribir, lejos del ruido que siempre lo acompañaba. "Lástima que la comida no sea muy buena, a no ser que te guste cocinarlo todo con aceite de oliva. A mí no", les confesaba a sus amigos Alvin y Marie Dewey. Antes de llegar el verano cambió Palamós, donde pagaba un alquiler de mil dólares, por Platja d’Aro. Vivía en plena tranquilidad, en una casa frente al mar. No veía a nadie y decía estar volcado por completo en la escritura del libro. "Va a ser una obra maestra: lo creo de verdad. Porque si al final no lo es, entonces no valdrá nada y habré malgastado dos o tres años", le escribió a Bennett Cerf. En otra carta llegaba a decir que a veces, "cuando pienso en lo bueno que puede llegar a ser, casi me cuesta respirar".

En medio año escribió la primera de las cuatro partes de la novela, antes de trasladarse a Verbier, una pequeña localidad en los Alpes suizos. Al año siguiente volvió a Palamós. "Lo más bonito de la Costa Brava es que está muy pasada de moda", le contaba a Andrew Lyndon. "Por aquí no viene nadie, ni quiere venir nadie, excepto un montón de lecheros inglesuchos y de conductores de tranvías alemanes". Compartía sus días con su pareja Jack Dunphy y Charlie, un bulldog que compró en uno de sus fugaces viajes a Londres para verse con un psiquiatra. En 1961 su salud no era buena. Aunque él aseguraba que se cuidaba, fumando menos y bebiendo bastante. Entretanto, A sangre fría crecía, aunque no lo suficientemente rápido. En 1962, cuando regresó a la Costa Brava por la primavera, seguía combatiendo los obstáculos que el libro planteaba. "Además, está la dificultad añadida de volver a instalarme en este horrible Palamós. Puaj".

Metido en esa vorágine, recibió la noticia de la muerte de Marilyn Monroe el 5 de agosto. "Era una chica de tan buena pasta, tan pura, en realidad, que estaba más cerca que nadie de lo angelical", le escribió a Newton Arvin. En esos días un incendio forestal quemó la finca de al lado y "casi nos engulló". Cuando los bomberos los desalojaron, "lo único que cogí fue El Libro". A punto de abandonar para siempre Palamós, a finales de septiembre se produjo una gran tormenta que causó graves inundaciones. "Mil víctimas entre muertos y desaparecidos, miles más que se quedaron en casa… una catástrofe desoladora. Nos libramos de la peor parte, si bien aun así fue bastante horrible: sin electricidad, carreteras barridas por las aguas, olas que llegaban hasta la puerta de casa". Puaj.

Truman Capote dijo "puaj"
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