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Un disparo en la cabeza

En mitad de la guerra, tanto salinger como hemingway eran capaces de ponerse a escribir. tal vez lo difícil sea hacerlo en tu propia casa



EN 2009 visité la casa que Ernest Hemingway tenía a las afueras de La Habana, en San Francisco de Paula, enclavada en mitad de un pequeño
bosque. En el interior, salvo los huecos que llenaban las cabezas de algunos animales africanos, las paredes estaban forradas con su biblioteca personal. En un momento de descuido conseguí adentrarme en una de las estancias, pues la visita se realiza desde el exterior, asomándose a las
ventanas y las puertas, para no tener la tentación de remover el orden de las centenas de pequeños objetos que un día formaron su universo doméstico. Solo tenía interés en echar un vistazo a algunos de los títulos que se acumulaban en las estanterías, que un día habían dejado de
formar una biblioteca de verdad para volverse una especie de lápidas inviolables. Entre las obras descubrí El guardián entre el centeno, de Salinger. Semejante presencia era lo más normal del mundo. Aquella novela está en millones de hogares. Pero a mí me desasosegó; se me quedó colgando, como el hilo suelto de un jersey, con el que nunca sabes bien qué hacer.

En sus memorias, Valerie Hemingway, que durante años ejerció como su secretaria, y más tarde se casó con uno de sus hijos, revela que "los autores contemporáneos que más admiraba eran J.D. Salinger, Carson McCullersTruman Capote". Después de que el autor de Adiós a las armas y Valerie se conociesen en España en 1959, él le regaló El guardián entre el centeno, y más de una vez he leído que el ejemplar que hay en Finca Vigía está autografiado por el propio Salinger. No tuve la feliz idea de extraerlo aquel día de la estantería y averiguar cómo lo había leído Hemingway, si con las manos quietas, o subrayando, y si de verdad estaba firmado por el autor.

Las armas eran uno de los temas de conversación preferidos de Hemingway


Sí es sabido que, después de la entrada de los aliados en París, en agosto de 1944, entre cuyas tropas se encontraba Salinger, este visitó a Hemingway en el Hotel Ritz, y le confesó cuánto lo admiraba y cómo le habían influido sus libros. Para entonces ya había publicado sus cuentos y novelas más importantes, como Muerte en la tarde, Adiós a las armas o Fiesta, mientras que Salinger apenas algunos relatos en revistas y periódicos. De hecho, le entregó El último día del último permiso, editado por el Saturday Evening Post.

Lilian Ross, redactora de The New Yorker y amiga de Salinger, contó a The Guardian en 2010 que en una ocasión este le mostró una carta que le había escrito Hemingway mientras los dos combatían en la Segunda Guerra Mundial, en la que comentaba varios relatos inéditos que le había
enviado Salinger. "Querido Jerry -encabezaba la misiva-. En primer lugar, tienes un oído maravilloso, y escribes con cariño y ternura sin ponerte cursi", añadía.

La relación fructificó, y según Sean Hemingway, uno de sus nietos, su abuelo llegó a visitar el regimiento de Salinger. Hablaron sobre armas y sobre cuál era mejor, la Luger alemana o el Colt 45 americano. Las armas eran uno de los temas de conversación preferidos de Hemingway. De hecho, sus libros están plagados de personajes que cargas sus pistolas, calculan la parábola necesaria par dar a un blanco, y disparan. "De acuerdo con testimonios posteriores, mi abuelo consideraba que era mucho mejor la Luger, y para demostrarlo le arrancó la cabeza de un tiro a un pollo que había por allí" aseguraba Sean. Algunos críticos advierten en esa anécdota la inspiración que Salinger necesitó para escribir el pasaje del relato Para Esme, con amor y sordidez, donde el cabo Clay, chófer del protagonista, mata a un gato de un tiro en la cabeza. 

En mitad de la guerra, uno y otro eran capaces de ponerse a escribir, y hallar la paz necesaria bajo el peligro emocional y físico que representaba el fuego enemigo. Salinger admiraba la indiferencia y productividad con que Hemingway escribía bajo cualquier circunstancia, aunque él a menudo "se llevaba la máquina de escribir en el jeep y se sentaba dentro de una trinchera a teclear como un loco", cuenta David Shields en su biografía. Tal vez lo difícil sea escribir desde una habitación con acceso a tu biblioteca y a internet, en zapatillas y chándal.

Un disparo en la cabeza
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