Miércoles. 19.09.2018 |
El tiempo
Miércoles. 19.09.2018
El tiempo

Una buena chupa de cuero

Miles Davis se vio envuelto en un complot para matarlo, en octubre de 1969, del que salió sin un rasguño después de recibir cinco tiros

Cuando leo o escucho una historia de tiroteos, en la que la secuencia de balas se salda de milagro sin víctimas, casi siempre me acuerdo de Miles Davis. El músico de Illinois se vio envuelto en octubre de 1969 en un complot para matarlo, del que salió sin un rasguño después de recibir cinco tiros. Contada por él, se vuelve una historia dramá- tica, encantadora y casi humorística. Ese día se encontraba en Brooklyn con una de sus nuevas novias, Marguerite Eskridge. La había conocido durante un concierto en un club nocturno de Nueva York, a principios de ese año. Comenzaron a salir, y puesto que ella quería una relación exclusiva, sin otras mujeres por el medio, Davis se vio obligado no tanto a asumir sus pretensiones, como a mantener ocultas sus otras aventuras. Marguerite, después de todo, también había sido una conquista en mitad del matrimonio de Miles con Betty Davis.

Ese matrimonio apenas duró un año. Él consideraba que su mujer "era demasiado joven y demasiado inculta". Davis se relacionaba con "personas que tenían muchísima clase", entre las que, según él, Betty se sentía incómoda. "Solo le gustaban los rockeros, y esto es razonable, pero yo siempre he tenido un buen puñado de amigos que no son músicos y Betty era incapaz de tratar con aquellas personas, motivo adicional de que nos fuéramos distanciando uno del otro", admite en su autobiografía. El punto de no retorno del matrimonio fue la noche que Davis se cruzó con una muchacha hispana que quería acostarse con él. Fueron a su casa y ella le reveló que Betty salía con su novio. Miles le preguntó quién era su novio y ella le dijo que Jimi Hendrix. En este contexto de vida personal ajetreada, preparó los papeles del divorcio y su mujer los firmó.

Ella quería una relación sin otras mujeres por medio y él se vio obligado a mantenerlas ocultas



Una noche que Miles acababa de tocar en el Blue Coronet Club, le propuso a Marguerite llevarla a casa, en Brooklyn, en su Ferrari rojo. Cuando llegaron, detuvieron el coche y comenzaron a besarse. De pronto, un coche ocupado por tres negros se detuvo a la altura del Ferrari. Por un momento creyeron que se trababan de admiradores que habían asistido al concierto y pretendían saludar al artista. Esa hipótesis se evaporó enseguida, cuando se oyeron cinco disparos. "Por suerte yo llevaba puesta una chaqueta de cuero de esas anchas. De no ser por ella y por el hecho de que dispararon a través de la puerta de un Ferrari de fabricación sólida, me habrían matado".

La historia tiene un final feliz y surrealista, porque después del susto inicial, Miles y su novia entraron en casa y llamaron a la Policía. Cuando aparecieron los agentes, dos muchachos de raza blanca, empezaron a registrar el Ferrari, a pesar de que era el que había recibido los impactos de bala. El caso es que los policías aseguraron haber encontrado marihuana en el interior y se levaron detenidos a Miles y a Marguerite. Finalmente, no se presentaron cargos contra ellos.

Incapaz de confiar en las fuerzas del orden, el músico ofreció 5.000 dólares a quien le proporcionase información sobre el tiroteo. A los pocos días se reunió con un sujeto, al norte de Manhattan, que aseguraba que el tipo que había intentado asesinarlo ya estaba muerto, y bien muerto. Semanas después se supo que los instigadores del tiroteo eran los promotores negros de Brooklyn, cabreados porque Miles había firmado un contrato artístico con promotores blancos.

En adelante, el artista se proveyó de un puño americano, que llevaba siempre encima. No podría gran cosa contra una pistola, pero le daba cierta tranquilidad. Por desgracia, un día que circulaba por Central Park South, a la altura del Hotel Plaza, la Policía le dio el alto y halló el puño en su bolso. Miles, que ni siquiera llevaba en regla los papeles del coche, siempre sostuvo que lo detuvieron porque iba en un Ferrari rojo, ataviado con un turbante, unos pantalones de piel de cobra y una chaqueta de piel de cordero, y a su lado una mujer bellísima, y por ello se le confundía con un traficante de drogas. En concreto, puntualizaba, con un traficante de drogas negro.

Una buena chupa de cuero
Comentarios