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Una búsqueda sin final

JAMES PEEBLES, astrofísico de la Universidad de Princeton, estuvo la semana pasada en España. En una entrevista concedida a La Vanguardia, cuando Josep Corbella le pregunta si algún día podremos descifrar el universo, el científico, como si justamente portase la respuesta en el bolsillo, confiesa que ''nunca llegaremos a conocerlo completamente''. De hecho, comprendemos un 5% aproximadamente, y gracias. Naturalmente, Peebles estima que haremos avances, incluso presagia sorpresas, ya que las preguntas mas difíciles a menudo se contestan de manera inesperada. Pero conviene no entusiasmarse demasiado, pues la ciencia es ''una búsqueda sin final''.

Hay gente que se descorazona ante la abundancia de incertidumbre, que representa esa clase de maleza verde y tupida que les jode el paisaje, y además le araña los tobillos. No viven a gusto si no lo saben todo. Se trata de una aspiración natural. ¿Quién no tiene, de vez en cuando, debilidad por alcanzar un conocimiento total y saber cómo surgió la vida, y por qué, y para qué, incluso qué están haciendo de comida los vecinos, que huele de maravilla? Marcel Proust, en su momento, admitía con cierta nostalgia que le gustaría elucidar todos los misterios existentes. ''Quién pudiera escribir un libro en que la vida quedara aclarada, y la vida que vivimos en tinieblas fuera llevada a la verdad de lo que es'', puede leerse en ‘Máximas y pensamientos’.

Los grandes dilemas, al fin despejados, ¿servirían para escribir libros y que estos produjesen los insondables efectos en el lector que produce el misterio? Una vez que todo está aclarado, ¿qué nos resta?

Ahora bien, los grandes dilemas, al fin despejados, ¿servirían para escribir libros y que estos produjesen los insondables efectos en el lector que produce el misterio? Una vez que todo está aclarado, ¿qué nos resta? Quizá un largo aburrimiento durante el que permanecer cruzados de brazos. La escritora Flannery O’Connor contaba que tenía una tía que pensaba ''que nada sucede en un relato a menos que alguien se case o mate a otro en el final''. La narradora escribió una vez un cuento en el que un vagabundo se casa con la hija idiota de una anciana. Después de la ceremonia el vagabundo se lleva a la hija en viaje de bodas, la abandona en un parador de la ruta, y se marcha solo, conduciendo el automóvil. O’Connor confesaba que no había podido convencer a su tía de que ese era un cuento completo. Su pariente necesitaba saber qué le sucedía a la hija idiota después del abandono. A menudo todos somos como la tía de Flannery, queremos que la historia continúe y se diluciden los interrogantes. Pero en literatura la revelación de todos los misterios resultaría desastrosa. Significaría el fin. La escritura nos ha de enfrentar a la incomprensión.

En todo cuento, señalaba Cortázar, hay una historia secreta, y eso hace que el cuento funcione, y que se pueda seguir leyendo un año y otro a lo largo de la vida, y tener siempre la sensación de que lo lees por primera vez. Ricardo Piglia, uno de los grandes teóricos del relato vivos, publicaba en el diario Clarín, en 1986, un célebre artículo, después editado en libro, en el que advertía que un cuento ''siempre cuenta dos historias''. La segunda de ellas estaría cifrada en los intersticios de la primera. ''¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? Esa pregunta sintetiza los problemas técnicos del cuento'', escribía. Aunque fue Hemingway, maestro absoluto del género, quien mejor sintetizó la relevancia de la incertidumbre, en su teoría del iceberg, según la cual lo más importante nunca se cuenta. Si el autor lo silencia con una prosa auténtica, el lector sabrá escucharlo.

Deberíamos aprender a convivir con los finales rotos, o abruptos, o inacabamos, en los que no se consiguen leer los hechos completos -como mucho se oyen- y sentirnos felices por ello. La vida, después de todo, está llena de historias que comienzan y no acaban, o de trucos a los que no encontramos una explicación. Dunraven, personaje de ‘Abenjacán el Bojarí’, de Borges, es un tipo versado en obras policiales, para el que ''la solución del misterio siempre es inferior al misterio. El misterio participa de lo sobrenatural, y aun de lo divino; la solución, del juego de mano''.



Artículo publicado el sábado, 2 de mayo de 2015, en la edición impresa.

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