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Variantes del verbo 'estar'

El bar es el primer y último sitio en el que se puede estar de verdad, haciendo lo de siempre, que es lo que tienes que hacer

ESTÁS EN EL BAR, donde a su manera siempre está encendida la calefacción, y gente a la que no conoces de nada te resulta familiar y puedes tutearla. No, estás en el sofá, viendo la televisión, ya que algunos días, cuando la enciendes, descubres algo parecido a lo que se entiende por compañía. No, estás en la sala de espera del hospital, pues una amiga se ha encontrado mal de repente, después de un gin-tonic, y eso que tú siempre le dices que no abuse de la ginebra, que beba variado, que la identidad no se juega en una copa, que no se es de ginebra o de bourbon como se es del Spórting de Gijón o del Atlético. No, más bien estás en la oficina, esa clase de lugar inhóspito en el que pasas ocho horribles horas al día, horas quemadas, que casi hay que descontar a los días con vida que te restan. En realidad no estás en la oficina; ni siquiera tienes oficina. No tienes trabajo. Estás en la biblioteca. No, estás en el campo de fútbol, durante el descanso del partido, preguntándote si ir o no al bar del estadio a buscar una de esas asquerosas cervezas sin alcohol, que en el último tramo de la segunda parte te obligarán a ir al cuarto de baño. Definitivamente, no estás en el campo de fútbol, sino en el parque, sin hacer nada, simplemente pasando arena de una mano a otra, como si fueses Samuel Beckett, y mirando piernas, al lado de una pareja que está fumando un porro y te ofrece. No, no, no, nada de parques, nada de porros, nada de piernas. Donde estás de verdad es en la consulta del médico de familia, tienes un catarro horrible y te pones de rodillas para que te receten un buen antibiótico. No, estás en la relojería, en donde te has presentado para que le pongan una pila al reloj, gilipolleces, tú no estás en la relojería, ni siquiera tienes reloj. En donde estás de verdad es en Twitter, la clase de sitio en el que se cuece el bacalao, y la gente dice lo que hay que hacer y no hacer. Aunque mejor no, no estás en Twitter. Estás en el banco, para ingresar 35 euros. No, no, nadie ingresa 35 euros, es más inteligente gastarlos. Pongamos que estás en casa de tus suegros, porque es el cumpleaños de tu suegro. Por favor, ni loco estarías en casa de tu suegro el día de su cumpleaños. No. Estás en otro sitio, más lejos. Estás en el quiosco, comprando el periódico y un par de revistas que, con suerte, ojearás en el baño. No, mejor estás el en el supermercado, mirando fijamente la lista de la compra, que no entiendes. No, estás en la óptica probando gafas nuevas y graduándote la vista, porque notas que has dejado de ver bien la lejanía. No, estás en la tienda de electricidad que hay en el barrio, porque llevas cuatro semanas haciendo intentos desesperados para comprar una bombilla de bajo consumo para la cocina, aunque cuando al fin te decides, llegas tarde y la tienda está cerrada. Así que no estás ahí, sino en el estanco; después de diez años sin fumar, llevando una vida sana, próspera y aburrida, has decidido regresar al tabaco, y solo verte, al estanquero le han brillado los ojos, ya que ha recordado que eras de los que ventilaba dos cajetillas diarias. No estás en el estanco. Estás en el viaducto, dispuesto a saltar; lo explicas todo en una nota manuscrita que has dejado encima de la mesa de la cocina, apoyada en el frutero. No, estás en casa de tu expareja para entregarle algunas pertenencias —libros, ropa, productos de aseo— que se había dejado en tu casa, con la esperanza de que podáis hacer el amor por última vez. No, imposible, no estás ahí, y menos para follar. Estás al final de un libro de Julián Herbert, desesperado, como sus personajes. De hecho, no estás ahí, estás en un pub, soplando el quinto cubata, como si nada. No, estás en el taller mecánico, cambiando los filtros al coche. No, estás en un cóctel. Nada de cócteles, estás en la playa, rascándote los huevos, con perdón. Estás en casa de tus padres. Qué hostias en casa de tus padres; ni hablar. Estás en la librería. No, tampoco estás ahí. Estás en el bar, como al principio. El bar es el primer y último sitio en el que se puede estar de verdad, haciendo lo de siempre, que no sabes lo que es, pero que es lo que tienes que hacer.

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