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Vida de un billete

No se me ocurre una existencia más turbadora, emocionante, triste, estrafalaria, divertida y vagamente saludable que la de esos trozos de papel

SERÍA HERMOSO escribir la vida de un billete. No se me ocurre existencia más turbadora, emocionante, triste, estrafalaria, divertida y vagamente saludable que la de un billete. Hay tantas cosas que puede llegar a hacer a lo largo de sus días, hasta que una inesperada mañana se rompe o lo retiran de la circulación, que habría que molestar a Thomas Mann o a Dickens para que contase su historia de principio a fin, a lo largo de 900 páginas con continuos giros dramáticos. Ni siquiera tendría que ser un billete grande, poderoso y huraño y arrogante, perfectamente planchado, que rara vez cambia de dueño, por superstición.

Un pequeño billete, pongamos, de cinco míseros euros, sucio y harapiento, con tos, podría ser un gran personaje, que ha estado en muchos sitios y que lo ha visto todo. Los bolsillos en que viaja, los bienes que compra, los préstamos, los cambios por billetes más grandes, la cocaína que aspira, la compañía de las monedas, las vistas que tiene cuando lo posan sobre una superficie, los maletines en que duerme, los países que recorre, el mercado negro en el que entra o sale, las bacterias que transmite, todo esto, y más, nos permitiría en realidad conocer no solo la vida del billete, sino la de las personas, cuya biografía se impregna a su superficie.

Me persigue, como una novela fantasma para que la escriba, la primera vez que vi un billete de 500

Si me otorgasen la facultad de escribir un libro que ahora mismo no sabría ni cómo empezar, creo que elegiría la historia de mi relación con el dinero. Cuánto he ganado, cuánto he gastado, en qué, para qué, y con qué —casi siempre— ridículo resultado. Es posible que prefiriese no saberlo, pero en cierto sentido un libro debe hacer daño a la vista. En ese libro estaría la historia de mis bancarrotas de los sábados, a veces incluso de los viernes y los jueves; la historia de mis préstamos, la de mis días sin blanca, la de los grandes derroches, incluso la de mis billetes preferidos. Nadie lleva la cuenta del dinero que ha pasado por sus manos, y que se ha ido en una dirección y en otra, pero en secreto, somos capaces de recordar un billete concreto. Porque nos salvó en un momento dado, o porque fue incapaz hacerlo, pues estaba demasiado solo para salvarnos; porque hicimos algo muy especial con él; porque lo guardamos tan bien que nunca más volvimos a saber nada de él; o simplemente porque lo perdimos de mala manera. Aunque no se puede decir gran cosa de un billete que no has tenido ocasión de gastar a fondo. Cualquier cosa que afirmes de él será una frase vacía. Si pierdes el billete, o lo cedes, o lo ahorras, nunca será realmente tuyo. Lo es, en cierto modo, cuando deja de serlo, porque lo has dilapidado de puta madre.

A mí me persigue, quizá como una novela fantasma para que la escriba, la primera vez que vi un billete de 500 euros. En realidad no vi uno, sino seis. Brillaban y rugían. A su estilo, se dirigían a mí, señalándome, y diciéndome qué debía hacer con ellos. Estaban dentro de un sobre y se suponía que eran míos. Su esplendor me hacía sentir incómodo.

Los estudié de arriba abajo, como si tuviesen aspecto de ser humano, y enseguida me di cuenta de que aquello no era dinero, sin más. Dinero eran los cinco euros y medio que llevaba en el bolsillo, y que si fumase, me servirían para comprar un paquete de Marlboro. Estaban tan nuevos, que imitaban a esas camisas que vas a recoger a la tintorería, recién planchadas. Lo gracioso es que me habían pagado aquellos 3.000 euros por uno de mis trabajos más infames. No soy capaz de mencionar qué trabajo sin morirme de vergüenza. La conclusión que saqué es que uno no puede prever cuándo se va a convertir en un millonario más. Que yo no tenía carácter ni clase para serlo, lo demostraba el hecho de que no supe en qué gastarme la pasta. Las cosas que me gustaban de verdad costaban mucho menos. O infinitamente más. Durante una temporada oculté los billetes dentro de una de mis novelas. ¿Quién iba a leerla, y darse de bruces con ellos? Esperé a que el tiempo hiciese estragos, y mis colegas se fuesen casando. Me deshice de los billetes boda a boda, aliviado, aunque con miedo a que, si me caso yo, un día vuelvan conmigo.

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