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Análisis y opinión

Ejercicio de memoria

Alfredo Conde da testimonio personal de un tiempo político

SEÑOR DIRECTOR:

España es oficialmente un país de memoria histórica. No son abundantes sin embargo los testimonios de recorrido vital, reflexivo y personal del paso por la escena pública. Llamo memorias a algo creativo y más amplio que una recopilación de agenda, un relato de justificación personal que obvia los fracasos y acapara protagonismos en los éxitos. El ladrón de casa vacía, de Jean François Revel, alguna entrega de las que hizo Jordi Pujol, Memoria de estío, de Herrero de Miñón, o incluso Memoria a dos manos, de Elie Wiesel y Mitterrand, para lucimiento de este, las colocaría en una biblioteca en el estante de memorias. En nada son comparables, si usted me permite la personal opinión de lector, "Memoria breve de una vida pública", de Leopoldo Calvo-Sotelo, de cuidado ejercicio de estilo, recursos para captar y mantener la atención, y amplio horizonte cultural, frente a "En busca del tiempo servido", de Manuel Fraga Iribarne. Este libro servirá para buceo de algún historiador pero no para pasar una tarde de verano de entretenida lectura a la sombra de un magnolio como el que dicen que acogió a Jovellanos en los jardines del pazo de Santa Cruz de Rivadulla.

Sin nombreCon esto no valoro las vidas ni hechos de los autores, puntúo subjetivamente la calidad de lo escrito y el gozo del viaje-descubrimiento que puedo experimentar como lector.

Sonido de dinero

Quizás los convincentes incentivos de alguna gran empresa refrescaron para la edición la memoria de algunos políticos en las últimas dos décadas. En ese paquete con sonido de monedas o aviso de transferencia bancaria no incluiría las tres entregas de Jordi Pujol, la citada Memoria viva de la transición, de Calvo Sotelo; Memoria de estío, de Herrero de Miñón, o Así fue, de Xabier Arzallus. La última aportación de Pujol, este mismo mes, Entre el dolor i l"esperança, es un diálogo-entrevista, formato que habrá impuesto la edad frente a los trabajos directos anteriores, algunos bien elaborados. Cada cosa en su sitio.

Hay libros de memorias que son un placer para la lectura con su construcción de un imaginario vital. No hay que pedirle rigor ni imparcialidad. Interesa y atrae la realidad que crea. Son un género de narración, no manuales de historia. José Manuel Caballero Bonald es un ejemplo excelente en su Tiempo de guerras perdidas. Me vale también Vida perdida, de Ernesto Cardenal. Aunque con poetas y testimonios de conversión religiosa, como algunas de las ediciones de los diarios de Thomas Merton, me pueda usted decir que nos desviamos en este jardín hacia la rincón recogido de los diarios íntimos, como los de André Gide o los siempre recomendables dietarios de Josep Pla. Usted comprenderá que con estos recorridos y referencias pretendo acotar o delimitar lo que no sé definir o describir.

Si exceptuamos Non somos inocentes, de Carlos Mella, vicepresidente con Gerardo Fernández Albor, ningún alto cargo gallego dejó memoria escrita de su paso por el poder en estos cuarenta años de autonomía. Son momentos históricos como el complicado proceso que llevó a la aprobación del Estatuto. Hay escasos testimonios de protagonistas directos: Ceferino Díaz, desparecido tempranamente, con A esforzada conquista da autonomía, o José Luis Meilán Gil, que quiso fijar huella personal para el futuro, con La construcción del Estado de las autonomías. Un testimonio personal y El Estatuto Gallego. Por fin unha terra nosa.

Le confieso, cronista periodístico directo que fui de aquellos tiempos, que con demasiada frecuencia no identifico lo que mis ojos vieron y mis oídos escucharon con demasiados relatos que escucho o leo en los últimos años. No hablo de memorias que son lógicamente libres y personales visiones.

Devolver factura

Todo esto se lo cuento por la aparición del libro En canto a Fraga, de Alfredo Conde. Jaureguizar, colega y sin embargo amigo, entregó brillante testimonio de su publicación en su semanal cita de Táboa Redonda. El expresidente Fernando González Laxe y el exconselleiro y secretario general del PP, Xesús Palmou, con el autor, y un servidor para conducirlos, oficiarán el próximo jueves en Santiago para la presentación del testimonio personal, que alcanza algo más que Fraga del escritor y exconselleiro de Cultura. Digo más, porque el recorrido de los testimonios es, por veces, un recurso de alzada de Alfredo Conde frente a los recibos que le cargó a su persona el paso por la política activa. Creo que lo hace desde la honestidad y la sinceridad frente a quienes para justificar sus propias frustraciones o mantener el control de O Cebreiro a Fisterra le colocaron como pieza preferente de caza en la que ensañarse.

Solo por la carencia de testimonios personales que le vengo contando, me parece que merece atención la aparición de este libro. Son doscientas y pocas páginas, bien editadas por Ensenada de Ézaro. Su lectura no roba tiempo de ocio en un fin de semana. Al menos para mí, ofrece algunos descubrimientos en datos e interpretaciones.

Felipe González, por ejemplo, aparece frente a Alfonso Guerra, como algo más que viento de popa para el aterrizaje de Fraga en Galicia y para favorecer su victoria electoral Las posiciones de González y Guerra -otro buen memorialista, por cierto, al menos en su primer volumen- fueron diferentes frente a la moción de censura que apartó a Fernández Albor del poder. Felipe González nunca la apoyó e incluso envió a Galicia a Carmen García Bloise, secretaria de Organización del PSOE, para intentar abortarla. No convenció al socialismo gallego que representaban González Laxe o Ceferino Díaz.

Este En canto a Fraga es memoria política de un Alfredo Conde protagonista. Alcanza al llamado galleguismo histórico o al papel que desempeñaron personalidades como las de Ramón Piñeiro para dar credibilidad, y avalar la línea autonomista y de aliento galleguista de Fraga en la Xunta, hasta la llegada de Aznar al poder en Madrid. No entendió con la soberbia de la mayoría absoluta, como el neocentralismo que sigue, la coherencia de la demanda de administración única y reforma del Senado como auténtica cámara autonómica, que propuso Fraga para poner fin a la superposición de los sistemas y las estructuras centralista y autonómica. Así continúa y es inevitable fuente de conflicto y de un proceso nunca cerrado.

Tras esta cosecha en campo de la política que presentaremos en sociedad el jueves, Alfredo Conde trabaja en una nueva entrega de memoria, En canto á cultura o literatura. Será sabroso. Le sugiero que siga, al modo de Jean Daniel (Les miens), al que conoció, con En canto aos meus, la memoria de la relación con aquellas personas que contaron o cuentan en su vida.

De usted, s.s.s.

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