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El fuego prendió en el mundo

SEÑOR DIRECTOR:

Podríamos estar asistiendo a un tránsito a una era de fuegos desbocados. Sería la entrada en el Piroceno, término que introdujo Stephen J. Pyne. Quizás lo haya leído quien inspiró a Pedro Sánchez para trasladar al cambio climático la casi exclusiva explicación de la destructora plaga de fuego. Olvidó el cambio en la economía —el modelo de explotación— y la sociedad rural. El doctor Sánchez pudo atribuir igualmente la responsabilidad de los incendios a los dioses. Bastaba una referencia a la cultura clásica, con Prometeo que robó el fuego de los dioses para los hombres y cabreó a Zeus. Le valdría para sostener que todos los males vienen por ahí. Sería un recurso el nombre de Pandora, por la que llegó el castigo de Zeus. Seductora y mentirosa destapó el recipiente —caja o vasija— donde se guardaban todos los males. Así lo había previsto el planificador de la venganza por el robo del fuego para los humanos. Lo que parece claro, y no es por dar ideas, es que los mitos son concepciones y transmisiones machistas. Incluya el Génesis y el mito explicativo del mal por la acción de Eva. Por tanto, la referencia a la mitología no sería adecuada en el doctor Sánchez por la actual corrección política.

Blog de Lois Caeiro. EP
Blog de Lois Caeiro. EP

Un apunte breve sobre Stephen J. Pyne: profesor emérito de la Universidad Estatal de Arizona, experto en historia medioambiental y de forma especial en incendios, cuenta con numerosos trabajos publicados, incluidos planes contra incendios en reservas. Hizo los estudios secundarios con los jesuitas, se licenció en Stanford y doctoró en Arizona. Trabajó durante diferentes períodos como bombero forestal. No es un detalle menor como concepción de quien desde la investigación universitaria estudia los incendios forestales y formula propuestas.

Al concepto Piroceno podríamos añadirle el de ‘bosque pirófilo’, que cita Pellicer Rosell. Cada vez el bosque que avanza es más amigo del fuego y no solo en el Mediterráneo.

Siempre que los incendios se multiplican, alcanzan dimensiones importantes y dejan víctimas se disparan las grandes declaraciones. No le diré que todo ello vaya más allá de la puntual instrumentación partidista por los gobernantes de turno o por el discurso opositor. En uno y otro lado, y con prácticas semejantes, han estado en Galicia PP, PSdeGPSOE y BNG. Frente a la plaga que aun vivimos, y recemos para que en algún momento de aquí al otoño llueva, este verano hubo en la oposición cierta contención en la instrumentalización partidista. Le citaré las declaraciones de Julio Torrado, viceportavoz socialista, como muestra. Formula un mensaje de sensatez o práctica de la weberiana ética de la responsabilidad al diferenciar los tiempos: la prioridad en estos momentos es acabar con los incendios; la petición de explicaciones y responsabilidades tendrá su momento posterior. Y a poder ser, habría que acordar medidas medianamente eficientes frente a la real amenaza de los incendios cuando el combustible sensible aumenta cada año.

Con toda seguridad, no será en una sesión urgente del Parlamento de Galicia o del Congreso, en pleno mes de julio, de donde vaya a salir la fórmula para acabar con los incendios, si es que esta existiese. Esas propuestas de plenos urgentes son instrumentalización partidista del fuego pero no aportación alguna a una política forestal.

La ausencia de una política forestal, así como concepto general, ha sido una de las causas que se escuchó estos días sobre la ola de incendios que alarma al país. Ahí, en política forestal, cabe casi todo: desde el cambio climático como gran explicación que lanzó el presidente Sánchez desde Extremadura para pedir una política de Estado frente a este problema, al abandono del mundo rural. Todas las ocurrencias, algunas muy sensatas, que podamos oír o expresar en la mesa de cualquier taberna, en el atrio de la parroquia o en las declaraciones de los políticos ante micrófonos y cámaras entrarían bajo el paraguas de política forestal. Claro que habría que priorizar o jerarquizar acciones y también rectificaciones. Ahí probablemente empezarían las discrepancias de base ideológica e intereses en juego. También quedaría al descubierto el desconocimiento de la realidad del campo que refleja claramente la abundante normativa prohibicionista, sancionadora e intervencionista que llega de Bruselas, Madrid o Santiago. Aquí se cultivaban cereales, había pastos, se practicaban quemas en el monte y los jabalíes, por ejemplo, no se aproximaban a las aldeas. Ahora entran en las ciudades.

Después de décadas de alarmas, polémicas políticas y de gobiernos de colores diferentes, lo que se dice avanzar en un planteamiento más o menos global de política forestal no se ha producido.

Con solo observar desde la carretera se constata esta realidad: el abandono, el avance de zarzas y bosque espontáneo, la ausencia de limpieza de las fincas o la anarquía de plantaciones de especies, algunas de alto riesgo para el fuego. Un caos de maleza y árboles en parcelas que se suman unas a otras sin espacios limpios que las delimiten. El combustible se acumula para que con la sequía prenda con la menor chispa. Hay quienes quieren acabar con las chispas en lugar de controlar el combustible.

La realidad también dice que poco o nada han dado de sí las grandes llamadas a la acción de la justicia —"los responsables de este incendio lo pagarán en la cárcel", que tantas veces hemos oído—, así como las propuestas en caliente de reformas en el Código Penal o las hipotéticas investigaciones policiales. Quizás lo que habría que penalizar es tener improductivo el monte y penalizar las políticas que conducen a eso.

Recordará usted sin duda la que se armó en varios concellos, con alcaldes de partidos diferentes, cuando desde la Xunta se marcaron territorios libres de eucalipto o cuando se acordó que no se podían hacer nuevas plantaciones de esta especie a partir de una determinada fecha.

Y en la lucha contra el fuego, la primera cuestión práctica vuelve a ser la detección rápida, en el inicio del fuego: la intervención inmediata antes de que el incendio adquiera mayores dimensiones. Se planteó como estrategia cuando el señor Romay Beccaría ocupó la Consellería de Agricultura a principios de la década de los noventa del pasado siglo.

Entonces, como siempre, circularon y se propagaron las teorías de mafias, intereses económicos o conspiraciones políticas, incluso desde el exterior. Alguien había visto descender globos con material incendiario poco antes de que apareciese el fuego o se decía que encontraban mechas y artefactos donde se había registrado un incendio. Coincidirá usted en que nada se ha avanzado por ahí, si es que alguna vez hubo algo.

De usted, s.s.s.

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