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Lenta despedida

El Jubileo de Platino de Isabel II es un poco celebración para todos

SEÑOR DIRECTOR: Un lector del monárquico ABC se preguntaba el jueves en la edición digital qué explicación hay para que los medios españoles presten tanta atención a la monarquía británica. Arrancaba ese día la celebración del Jubileo de Platino del reinado de Isabel II. Era un reproche. Le molestaba el espacio y el tratamiento informativo del Trooping the Colours y el desfile aéreo, con la familia, solo la "que trabaja para la monarquía", en el balcón de Buckingham Palace. La información se veía amplia y destacada, más que en ABC, en muchos otros medios españoles y extranjeros de referencia. Otro lector introducía un comentario de resentimiento histórico frente a Inglaterra y a la monarquía inglesa: siempre trataron mal a España. La pérfida Albión, término de procedencia francesa como expresión de anglofobia, estuvo y está viva en España.

La calificación como resentimiento a esos argumentos es cosecha propia. "Entre nosotros solo nos queda pendiente Gibraltar", dijo la Reina en el único viaje que hizo a España en 1988. Sospecho que hay más componentes culturales y políticos de fondo en el sustrato que distancia a una y otra sociedad. Además de todo lo envidiable cívica y políticamente, que muestra el entusiasmo por el modelo venezolano como referente, también forma parte de aquella sociedad, y no para copiarlo, el turismo barato de borrachera y juerga ruidosa que llega a España o el comportamiento hooligan.

La asignatura pendiente de Gibraltar sigue y seguirá ahí: es una cuestión que va más allá de lo que pudieran decidir España y el Reino Unido, dicho sea con permiso del exministro García-Margallo que, abandonado el Ministerio de Exteriores, ya no sé si vio la oportunidad o tenía la fórmula para resolver este contencioso que tanto explotó el franquismo.

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Pretendo subrayarle a usted un fenómeno bien curioso y creo que políticamente sintomático: en algunos monárquicos españoles, a los que les molesta la atención al Jubileo de Platino, prima sobre su posición monárquica un rancio nacionalismo que busca siempre cerrar las puertas a lo foráneo.

Hubo y hay entre nosotros anglófilos entusiastas. Podemos irnos al siglo XVIII. Los que veían y ven un modelo de convivencia, de ejercicio de la política y hasta, por lo que nos toca, del papel que les corresponde a la prensa y a los medios de comunicación. Por citar un ejemplo actual, la dedicación de un joven Ignacio Peyró a la investigación y redacción de Pompa y circunstancia bien merecería la Orden del Mérito del Reino Unido. Tenía treinta y muy pocos años cuando publicó las mil páginas de ese diccionario sentimental de la cultura inglesa. El gallego Augusto Assía tenía esa condecoración y entre sus pruebas de anglofilia, como su apuesta por los aliados, nos dejó Los ingleses en su isla.

Hay también, como usted observará con solo salir a la calle, una anglofilia que se reduce al Barbour, la gorra, la chaqueta de cuadros o a tomar un té y colocar en posición de cohete el dedo meñique al llevar la taza a la boca. Lástima, por aficiones personales, que esta anglofilia nuestra de cartón piedra no haya incorporado el disfrute de un Porto blanco, seco y frío, para el momento del aperitivo o los más clásicos para acompañar los postres. El cava, en ese momento, llega a deshora para facilitar la digestión. Acompaña mejor un arroz veraniego.

El interés y el seguimiento de la monarquía británica en los medios es un fenómeno general y en algunos países, ajenos a la Commonwealth, con mucha mayor intensidad que en España. El progresista francés Liberation publicaba estos días un comentario en el que se decía que el Jubileo de Platino de la reina Isabel II es de todos, no solo de los ingleses y los británicos.

Setenta años como jefe de Estado en un sistema parlamentario es un hecho relevante como para prestarle atención. Explica que estos días miremos a Londres y al Reino Unido. Como es explicación del interés que para bien y para mal –"Annus horribilis", 1992– representa la familia real inglesa en cuanto alimento para la crónica rosa, y casposa si usted quiere. Lo hace con pompa. Parece algo natural en ellos. Incluso le diría que el abundante toque kitsch que vimos estos días mantiene la solemnidad.

Claro que se ve con simpatía fuera de Inglaterra la presencia de Isabel II en una estación de metro que lleva su nombre: es una reina anciana, es parte de la celebración de la despedida y hasta la constatación de la decadencia. Decadencia más del Imperio y el poderío que se fue durante estos 70 años de reinado, que de la propia institución monárquica. Esta cuenta, según las encuestas de estos días, con el apoyo mayoritario de la población: solo un 24% de la ciudadanía preferiría elegir al jefe del Estado. En Escocia sube hasta el 45% pero sigue siendo mayoritaria la opción monárquica, al menos con Isabel II. El propio Sinn Fein reconocía que Isabel II había contribuido a dar salida al conflicto irlandés.

Creo que es Lluis Foix, que ejerció en los años setenta la corresponsalía en Londres para La Vanguardia, el que escribió que el fenómeno de la monarquía inglesa, y más concretamente el reinado de Isabel II, es algo que se escapa a los estudios de filosofía política. Los fastos de los 70 años de reinado, que concluyen hoy, reflejan, según el periodista y escritor catalán, "una decadencia y una nostalgia bien llevada". Una y otra se prolongan en los años, como si no hubiese fin.

En ausencia de Assía, por mandato de la vida, me fui a la busca de Peyró a ver qué contaba del Jubileo. El titular lo decía todo: la industria de la anglofilia. Es un negocio. Como parece que son positivas las cuentas del Jubileo. El éxito de la serie The Crown o de Dowton Abbey, que emitía esta temporada TVE, o la multiplicación de películas y series con Churchill es márketing y negocio.

Permítame un consejo en la despedida: ¿Qué hacer después de 70 años de reinado? "Mirar al futuro con confianza y entusiasmo", responde Isabel II, amiga de los caballos y los perros.

De usted, s.s.s.

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