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Análisis y opinión

El señor Manuel estuvo en Cuba

Ramón regresó con lo puesto y humillado: le confiscaron las gafas en el aeropuerto
cuba libre

SEÑOR DIRECTOR:

El señor Manuel era un hombre bueno. Así lo recuerdo. No tuvo suerte en la vida. Vivió en la soledad muchos años. Tenía su casa enfrente a la de mi abuelo, al otro lado de la carretera. Lo veo en la memoria en la hora de la siesta veraniega mientras los mayores descansan y el calor y el silencio se adueñan de la aldea. Es la calma. Era cuando el señor Manuel se acercaba hasta la puerta de nuestra casa, en zona de sombra desde el mediodía, nos decía a los niños si le prestábamos los espejuelos del abuelo y luego nos pedía que le dejásemos el diario. Nunca decía periódico. Sentado en la puerta repasaba las noticias internacionales y nos las comentaba. Me veo allí sentado a su lado, absorto, escuchándole y preguntándole una y otra vezcuba libre

Era una lectura comentada de la prensa. Fue el descubrimiento de que los periódicos abren al mundo, alimentan y satisfacen la curiosidad y el conocimiento. Fueron también las primeras lecciones de política internacional. Y fue parte de la familiarización, como todo gallego, con América. En aquella aldea eran más «próximas» las avenidas Belgrano o Corrientes, de Buenos Aires, que el madrileño paseo del Prado o la Castellana (avenida del Generalísimo, entonces).

Aquellas conversaciones de un niño con un señor que había recorrido mundo, que explicaba lo que leía y contaba hasta que le entendieses, que situaba los países sobre un mapa imaginario, estoy casi seguro, señor director, que fueron levadura inicial, con otras posteriores de la adolescencia, para llevarme al periodismo. Hilando ya mayor los recuerdos de aquellas conversaciones -últimos años cincuenta y primeros de los sesenta- y la cronología de algunos sucesos, deduje que la atención del señor Manuel estaba en la situación de Cuba: allí había vivido y dejado mucho de lo que había logrado.

Con el inicio de la revolución, el señor Manuel, como tantos otros emigrantes gallegos, dio el salto a EE.UU. Así lo hizo el señor Pardo. Coincidieron en América. El señor Pardo, «el americano», así, sin más, regresó jubilado y triunfante de Estados Unidos. Alto, delgado, siempre elegante, de traje y corbata, cubierto con sombrero de ala corta que levantaba ligeramente para saludar a las señoras. Con el señor Pardo descubrimos la televisión el primer día que hubo emisión en Galicia. Esa es otra historia.

Era lógico que el señor Manuel estuviese interesado por la evolución de la revolución o atento al desembarco de la bahía de Cochinos. Esperaba recuperar lo suyo. Fue una decepción.

Cuando regresó a su tierra construyó una casa muy digna, arquitectónicamente ejemplar. Pero era un hombre solo en una casa con puertas, ventanas y contraventanas siempre cerradas. Su mujer padecía una enfermedad psiquiátrica, que la incapacitaba totalmente. Su único hijo estaba ausente.

El señor Manuel nos hablaba de Ramón, un tío de mi padre. Se había ido a Cuba adolescente. Debió de ser cuando estalló la Gran Guerra. Nos contaba el señor Manuel que a Ramón le había ido bien: teníamos un tío rico en Cuba, hasta la implantación del castrismo. Un sobrino que estuvo con él se hizo allí jesuita. Me permitirá usted que le cuente esta anécdota porque ya hay que tener vocación para hacerse jesuita en el Caribe. Salió expulsado con la revolución que lideraba un exalumno de la Compañía.

Bien entrada ya la década de los sesenta el tío Ramón había perdido toda esperanza. Obtuvo permiso para salir. Lo fueron a recoger a Barajas mi padre y otro sobrino. Los conocía únicamente por carta: no habían nacido cuando él emigró. No había vuelto a Galicia. Cuando aterrizó en Barajas con lo puesto no vivía ningún miembro de la familia de los que él había conocido, con los que había convivido. No traía consigo ni una muda. Lo primero que les pidió en Madrid fue ir a una óptica. Era un miope que regresaba absolutamente derrotado y humillado. En el aeropuerto de La Habana le decomisaron incluso las gafas por ser doradas. Murió pronto: lo mató la tristeza. Aquí ya no estaba nadie de su mundo y le habían arrebatado el que había construido allá.

El infierno


Como usted ya ha imaginado, vinieron estos recuerdos por la actualidad y, sobre todo, por inútil, pero sintomática polémica política organizada en España sobre la calificación que corresponde al régimen cubano: dictadura o, lo dejamos al modo Pedro Sánchez, simplemente en "no-democracia". La duda, si la había, me la resolvió Edgar Morin frente a tanta disquisición, "complejidad", que dijo el embajador Zaldívar en unas sorprendentes declaraciones a La Vanguardia, o sencillamente el tradicional cogérsela con papel de fumar ante el régimen cubano que arrastra ya más de seis décadas. "Cuba es una dictadura con amplio apoyo popular", dijo el diplomático Zaldívar como si eso, que él sabrá cómo lo midió, legitimase algo. También Franco tenía apoyo popular y no solo en la plaza de Oriente. Y arrasaba en los referendos.

Las razones económicas y comerciales pueden explicar la prudencia diplomática. Las razones ideológicas, no. La prudencia política para la no interferencia en la evolución del régimen a estas alturas del calendario equivale a regar fuera del tiesto. Tuvo su tiempo. Frente al franquismo, ya sin Franco, se necesitó presión internacional.

Edgar Morin, lúcido intelectual, recuerda ahora al cumplir cien años que no participó en la gran fiesta que concentró a intelectuales de todo el mundo en Cuba: "El pequeño paraíso socialista tropical era un infierno de bolsillo" (Les souvenirs viennent à ma rencontre. Pluriel. 2021).

Creo que Edgar Morin nos da la respuesta, "enfer de poche", frente a tanta baratija ideológica y a tanto argumentario de comunismo rancio. Morin en el reencuentro con los recuerdos elogia a Octavio Paz, auténtica bestia negra para el castrismo. Lo califica como auténtica y éticamente de izquierdas.

Cuando detrás hay una trayectoria de participación en la resistencia frente al nazismo, una militancia comunista de la que le expulsaron por no participar del silencio cómplice ante los crímenes del estalinismo, se entiende que sea sincero cuando dice que "nunca participé de la admiración de muchos intelectuales de izquierda, incluso no comunistas o progresistas" con el castrismo.

El señor Manuel espera en su tumba que le vaya a comunicar que Cuba ya es libre. Lo que no sé, con tanta comprensión hacia el régimen, es si el tiempo permitirá que sea yo el emisario. Le encargaré a mis hijos, no vaya a ser, que le lleven al señor Manuel rosas de libertad que le cubran del perfume que no disfrutó en vida.

De usted, s.s.s.

El señor Manuel estuvo en Cuba
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