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Análisis y opinión

Aquello que nos ocurrió

SEÑOR DIRECTOR:

El centenario de la primera carta de amor de Fernando Pessoa se convirtió en acontecimiento para la crónica social de artistas, toreros y famosos varios. Cuando el 'Hola!' era 'Hola!', que diría Peñafiel siguiendo a Anson sobre el Abc verdadero, solo la aristocracia de abolengo tenía cabida en las portadas. De ahí dimos un salto mortal a las chonis de los realities televisivos. Ahora , ante esta página con Pessoa, me pregunto si estamos ante una nueva revolución rosa: abandonamos el pienso que embrutece para servirnos el té mientras comentamos los amores de poetas, filósofos e intelectualidad varia. Se empieza por ahí y se acaba recitando sonetos de Shakespeare. Una nueva versión, en tiempos de cambio, de aquellos libros de RTVE, con Fraga como ministro.

La vida amorosa de uno de los grandes de las letras salta a la crónica rosa de un periódico al que por cierto no le gusta el cardenal de Barcelona como presidente de los obispos españoles.

Yo, si usted en su liberalidad me lo tolera, le voy a hablar de frivolidades. Bastante carga llevamos entre coronavirus, campaña electoral y los gobiernos de Sánchez e Iglesias. Aprovecho la sorpresa por esa presencia de Fernando Pessoa con su virginidad y sus amores en las páginas de La Otra Crónica (LOC), el suplemento rosa con el que El Mundo rompió barreras cuando todos empezamos a dar palos de ciego para salir de la crisis de la prensa.

A la noche se le fue la mano

Lois CaeiroLe voy a sugerir unas mínimas efemérides del estilo de esa carta de Pessoa. Podrían atraer lectores o crear rutas de turismo. El 10 de febrero habría que celebrar la primera carta de Martin Heidegger a Hannah Arendt. La noche del 6 de junio hay que recordarla como la explosión de amor entre María Casares y Albert Camus. Las mil páginas del volumen que recoge sus cartas no es más que el testimonio de la foto en la faja que envuelve el tomo de Gallimard: Camus y Casares mirándose a los ojos. Una imagen vale por mil palabras. Para el próximo noviembre deberíamos recordar en la crónica social la noche que Isaiah Berlin pasó con la poeta rusa Anna Ajmátova en el apartamento de esta en Leningrado. Viajó desde Moscú sin una dirección segura. A pesar de las pésimas condiciones de la vivienda crearon aquella noche un clima como para que ella le recitase poemas. No podía sonar todavía Ana Belén con "Y a la noche se le fue la mano". Qué derroche de amor, cuánta locura: Berlin daba saltos al día siguiente, ¡Estoy enamorado! Stalin comentó que "ahora nuestra monja se consuela con espías británicos". Berlin negó que hubiese contacto físico alguno. ¡Que va a decir un caballero educado en Inglaterra! Es la antítesis del torero que llegó a la cama de Ava Gardner y salió rápido "para contarlo". El pensador que conoció tarde al amor y al sexo da para todo un suplemento rosa.

En LOC, le comentaba, nos enteramos de que Pessoa fue virgen hasta pasados los 30 años. "¡Pobriño!", decía en Santiago la repartidora de leche ante la estatua de Alfonso II el Casto cuando preguntó quién era aquel hombre y le leyeron: El Casto. ¡Pobriño! Lo contaba como real Gerardo Fernández Albor. La compasión de la lechera se podría aplicar a Pessoa y a Berlin. El sexo irrumpió en este entrado ya en la cuarentena. Lo cuenta Vargas Llosa (Alfaguara), quizás uno de los mayores divulgadores en español del pensador político y filósofo de origen letón. Y lo cuenta Ignatieff en la extraordinaria biografía de Berlin (Taurus), que le costó al canadiense diez años de conversaciones con su maestro.

Ernesto Cardenal llegó a París en una "etapa de puritanismo": las autoridades habían prohibido la presencia de prostitutas en la calle y aplicado restricciones a las casas de citas

Hecho el descubrimiento, parece que Berlin se dedicó a recuperar el tiempo perdido, con situaciones cómicas con esposas de colegas suyos en Oxford. En una de las primeras relaciones le confiesa al marido: "Amo a tu mujer". "Eso es imposible", contesta incrédulo el aludido a aquel solterón. Otra que merece titulares en cualquier suplemento o en los programas de griterío televisivo con desvergonzadas exhibiciones de infidelidades es el pacto que alcanzaron Berlin y el marido de Aline. Es flema británica, aunque ninguno de los dos lo fuese. Los dos hombres, el filósofo y el físico -eminente autoridad científica-, hablan, acuerdan y juntos se lo comunican a Aline: los amantes pueden verse una vez por semana. Aline acabaría por ser la esposa de Berlin cuando el marido se va a Francia y deciden divorciarse.

Y ahí seguimos, después de esa página de LOC, con la duda no resuelta de si el autor de Desasosiego era hetero, homo o sencillamente asexual. Vaya usted a saber si cada heterónimo -Álvaro Campos, Alberto Caeiro...- tiene su identidad sexual. Hay que bucear en Extraño extranjero, la biografía con más de seiscientas páginas que Robert Bréchon escribió sobre Pessoa. Y otro apunte más sobre los aires nuevos de la crónica social o cultural, que ya no sé. Habrá observado usted que en el centenario de Galdós, que tanto entusiasmo suscita en la Villa y Corte, lo primero y lo que probablemente más espacio ocupa en los medios son los amores de este con doña Emilia Pardo Bazán y las cartas que la señora condesa le escribía. Esa es pasión y no las letras de las canciones de Perales. Las que don Benito le escribió parece que no se conservan. Hagamos una excepción positiva con la polémica, como en tiempos de salud psicosocial, entre Javier Cercas y Muñoz Molina con la obra de Galdós, y no sus amores, como pretexto.

Pero, con su permiso, voy a lo que pretendía contarle. Cualquier noche nos encontramos en estos programas de barullo televisivo con un sorteo de ejemplares de Ser y tiempo (Trotta) -o en alemán, Sein und Zeit- en un debate sobre "aquello que nos ocurrió", que le escribe Heidegger a Hannah Arendt, su alumna. No sé decirle cómo calificar al profesor que seduce ni a la admirada alumna judía que, deslumbrada, se enamora del gran filósofo que se arrastró por el fango nazi. Podremos encontrar en las páginas de sociedad, después de pasar por las de cultura, los amores y correrías de Ernesto Cardenal por el mundo, también por Madrid, y supongo yo que con algún comunicado de intolerancia hacia la normalidad en el uso del "sexo mercantil". No tienen desperdicio, por sinceras y por lo que representan de testimonio de usos y costumbres de un tiempo, las confesiones del poeta en Vida perdida (Seix Barral). Cuenta que llegó a París en una "etapa puritana". Las autoridades habían retirado de las calles a todas las prostitutas, "uno podía ver una por excepción entre las sombras". Incluso había restricciones en las casas de citas. Eso, en su opinión, era un problema, no para "una sociedad muy libre como la de París", sino para los "que estaban de paso, que era mi caso".

De usted s.s.s.

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