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Análisis y opinión

Inamovibles e incomunicados

Los constitucionalistas quedan en pañales tras la campaña electoral catalana

SEÑOR DIRECTOR:
Las encuestas, incluidas las que difundió desde Escocia The National cuando ya en España se entró en esos días absurdos en que está prohibida su publicación, apuntan a un gobierno independentista en Cataluña más que constitucionalista. El "aventurismo imprudente", del que hablaba días atrás Josep Antoni Durán Lleida, continuará y con esas prácticas el "deterioro institucional " por la obsesión única del ‘procés’ . Y también, cada palo que aguante su vela, porque el éxito de Ciudadanos en diciembre de 2017 no encontró quien lo cultivase. A partir de hoy el problema de dónde y cómo se sitúa Cataluña seguirá ahí para los catalanes y para el conjunto de los españoles.

Foto fija
Marcan la cita de hoy el temor a una alta abstención por el miedo al contagio y por el hartazgo en el electorado no nacionalista fundamentalmente —on ets Espanya?, que llamaba Joan Maragall—; un alto porcentaje de indecisos —un 30%—; la posición de primero y segundo entre los nacionalistas y entre PP y Vox. Salvador Illa, o quienes le situaron como cabeza del PSC, convirtió la jornada en un plebiscito sobre la alternativa que representa en el choque de nacionalismos.

Ilustración para el blog de Lois Caeiro. MARUXAHay un dato que refleja el inmovilismo de la política catalana y la profunda división. El alto porcentaje de indecisos que recogen las encuestas no contempla la opción de votar a listas de uno a otro bloque: secesionismo y constitucionalismo. Las dudas únicamente se mueven dentro del propio bloque. El PSC en su intento de puente recibe las críticas de uno y otro lado: es de los del 155 para los independentistas y es secesionismo encubierto para los ‘unionistas’ o nacionalistas españoles. No hay puentes entre los bloques. Se minan hasta los intentos.

Deterioro
La deriva en el aventurismo político, que denunciaba Durán Lleida, produjo un profundo deterioro de la imagen, y de la realidad, de Cataluña como motor económico y como vanguardia cultural y de modernidad en España. La Barcelona de hoy no se percibe como la ciudad abierta de los años en que a los catalanes les llegaba aliento español en la demanda de "llibertad, amnistía, estatut d’ autonomía". ‘L’ estaca’ se entonaba como un himno de todos. Esa percepción de caída de prestigio y estima no es únicamente exterior, la detectan desde dentro. Aquellas sesiones del Parlament en septiembre y octubre de 2018 echaron por tierra la autoridad y la credibilidad de lo que se consideraba un referente de país. ¿Cómo se puede destruir un capital así? ¿Era solo una ilusión? ¿Ocultó estratégicamente el catalanismo y el nacionalismo, como se acusa a Pujol por muchos, este rostro actual de fanatismo? Oriol Junqueras habló ante quienes le juzgaban en el Supremo del Virolai— "Rosa d’abril, Morena de la serra"— pero ese catalanismo está desaparecido por quienes desde la moderación se sumaron a la algarada del doble rupturismo, con España y con el sistema político y económico de las democracias liberales.

Desde que Artur Mas en la Generalitat tomó el desvío del secesionismo para proyectar la sombra sobre los fallos en la gestión de la crisis económica, se abusa más de la estelada y la parafernalia independentista que en el negocio de fútbol con los productos de ‘merchandising’.

Mientras unos, como Enrique Calvet en Expansión, hablan de "depuración" de "todo valor totalitario, separatista o racista" en Cataluña, otros no admiten, como confiesan los políticos condenados, ni la posibilidad de examinar y variar sus maximalismos. Poca esperanza cabe sobre una salida racional de este conflicto. Le confieso que quien como un servidor estudió con 18 años la ‘Gramática catalana’ de Joaquim Rafel i Fontanals (El Punt—Edhasa 1969), libro que milagrosamente conservo, o se esforzó entonces por leer en catalán La pell de brau, salió del Prat tras el referéndum del 1-O decepcionado por lo que había visto y vivido aquellos días en Cataluña.

De un lado falló la "empatía" con Cataluña, que piden setenta firmas en un nuevo manifiesto. Habrá que reconocer también que desde la reforma del Estatut, con una abstención del 52%, sí, se destapó por España el puchero del rechazo a todo lo catalán. Por la otra parte, aquel complejo de superioridad con el que algunos catalanes miraban al resto de España se tradujo en ignorarla, cuando no en desprecio. Declaraciones hubo de dirigentes nacionalistas que en un país que no hubiese perdido los papeles los retiraría del escenario. Hubo un choque de nacionalismos que escenificaron las banderas —diferentes— en los balcones de Barcelona y Madrid. Afortunadamente solo fue eso.

Hubo y hay un sentimiento de incomprensión, hasta de engaño, que muchos españoles experimentaron con tristeza en aquellos meses de septiembre y octubre de 2018, al contemplar por televisión unas sesiones esperpénticas en el Parlament, carentes de la mínima formalidad. Si en el arranque autonómico Pujol viajó a Andalucía para ‘colocar’ el hecho diferencial catalán como una normalidad dentro de España, los actuales activistas del procés y el nacionalismo a lo Torra —burdo y primario— ignoraron, despreciaron, la España que mostraba empatía con el ser de Cataluña.

Al suelo
El discurso de los autodenominados constitucionalistas, vamos a ponerle comillas, los deja en pañales tras la campaña electoral. Quien podría liderar con ciertas aspiraciones de éxito una posición no secesionista se convirtió en el objetivo a destruir. Salvador Illa, que no es independentista aunque le pongan traje de camuflaje Vox, PP y C’s, les estorbaba a quienes supuestamente priorizaban hacer imposible el triunfo del independentismo. Sobrepasó los límites de lo políticamente aceptable la acusación, sin un dato, de la hipotética vacunación del candidato del PSC que rechazó una PCR antes de un debate. He de confesarle que me sorprendió que a esa estrategia se sumase desde su cuenta de Twitter toda una expresidenta de las Cortes como doña Ana Pastor. No podía terminar el debate en La Sexta sin explicar por qué no se hizo una PCR. ¿Por qué no una colonoscopia para todos? Si el señor Casado paseó por el jardín de la racionalidad cuando aclaraba su posición personal frente a la del Gobierno de Rajoy en el 1-O, que fue un desastre antes y durante la jornada, su secretario general, Teodoro García Egea, daba tumbos como un adolescente que regresa de su primera noche de farra cuando sin aportar más que la sospecha acusaba al exministro Salvador Illa de haberse vacunado sin que le tocase en el turno, como un obispo de Murcia.
De usted, s.s.s.

Inamovibles e incomunicados
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