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Análisis y opinión

Recuerdos y lecciones de un jardín

Una maestra le inculcó a Pinnegar la pasión por las plantas y los flores silvestres

Señor director:

Quedan dos bojes solitarios en un espacio que se observa en un abandono total. Los vi con pena el día que fui al funeral de mi madre. Allí hubo un jardín diseñado geométricamente, afrancesado, y bien cuidado. El boj, bajo y bien recortado, delimitaba los parterres. Había que adentrarse por aquellos caminos de albero compacto para tener conocimiento de la variedad de plantas del jardín. También desaparecieron aquí, como en casi todos los pueblos donde existían, los árboles alineados con la calzada y unos espacios a ambos lado para transitar dos peatones en charla sosegada. Eran unos arcenes, cuidados y limpios por el peón caminero, claramente delimitados del espacio para vehículos motorizados. Acompañaban a ambos lados de la vía olmos y plátanos de sombra desde la entrada del pueblo.

Si pretenden realmente cuidar el paisaje, mejorar el urbanismo, la vida de los pueblos o una educación en valores que fomente el amor y el respeto por la naturaleza, hay un indicador fácil: recuperar aquel jardín, aquellos paseos en los arcenes de la carretera, los árboles alineados como los que plantó mi abuela con sus alumnos o el jardín de la rectoral de Cumbraos. Además, para tiempos de radicalización y desencuentro, hay una lección: "En un jardín no se puede estar enfadado mucho tiempo". 

Le cuento esto hoy por la añoranza que me activó la lectura de Recuerdos de un jardinero inglés (Reginald Arkell. Periférica). Regresé a la infancia de escuela en Sobrado, a los rosales trepadores, con explosión de pequeñas y perfumadas flores, que lucían en las paredes de muchas casas de las aldeas como saludo desde la ventana de la cocina. Me gustaría encontrar uno igual para plantar en Portocobo con otras hierbas, arbustos y árboles que son memoria de la infancia; volví al verano, camino de la mayoría de edad, con la vivencia de la libertad en Sweibrücken y las visitas dominicales al Rosengarten, a una primavera de hace demasiado tiempo en el jardín inglés de Múnich y a las tardes que se dejaban agotar por la rosaleda del Parque del Oeste a finales de mayo.

Esta novela de Reginald Arkell es literatura tradicional de la jardinería, sin complicaciones narrativas, sencilla en su estructura. Pinta dos personalidades fundamentales: el jardinero jefe, Herbert Pinnegar, y la dueña de la mansión, Charlotte Charteris. Son gente buena, en un sociedad que ya no existe. Disfrutan y no olvidarán nunca unas fresas que llegan anticipadas en abril. Hemos de regresar al jardín, como aconsejaba Hölderlin, para reencontrarnos con nosotros mismos y los demás. Para superar la frustración de la soledad al descubrir con el covid-19 que era absurda la fe en la imbatibilidad del ser humano.

La primera edición inglesa aparece en 1950 (Old Herbaceous). No hubo traducción al español hasta setenta años después. Guelbenzu escribía en Babelia que es una novela ideal para contrarrestar los desánimos de una pandemia: el regreso al jardín es una vía para rescatarnos de la soledad. Es la narración de una vida sencilla, identificada con la naturaleza y las estaciones. El apoderado que llega con el nuevo comprador de la mansión es un anticipo del cambio de sociedad: la que marca nuestras vidas hasta la pasada primavera. Sesenta años de trabajo y dedicación no se valoran. La gratitud no forma parte de la sociedad nueva. El jardín para lo que representa este apoderado es un adorno, una parte más de los bienes contables, no es un espacio para encontrarse, un cosmos para el disfrute de los sentidos. El viejo jardinero jefe que se identifica con aquel paisaje y con aquel estilo de vida pasa a ser una pieza desechable.

Un maestro que contagia

Regreso al principio. Teníamos un maestro, Francisco Rodríguez Gigirey, que nos inculcó el amor por las plantas y que nos ponía durante algunas horas a trabajar en el jardín, sobre todo al llegar la primavera. Fue una maestra la que le transmite al protagonista de Recuerdos de un jardinero el interés y el conocimiento de las plantas, especialmente las silvestres. Nuestro maestro nos enseñaba a colocar las plantas por tamaños, por los colores de sus flores y por la época de floración. Pinnegar, el jardinero jefe en esta novela, nos enseña que hay que buscar colores vivos en medio del verde.

Me mandaron muy temprano, con apenas diez años, a un internado en A Coruña. Aquel jardín que quedaba delante de la escuela, con sus parterres y sus caminos, es un espacio de dicha en la memoria. Creo que aquel modo de acercarnos a la naturaleza que practicaba don Francisco deberían incorporarlo al tiempo lectivo en alguna de estas reformas que hacen de la enseñanza.

Un arce de Praga

No abandono los espacios a los que regresé con la lectura de Reginald Arkell si le cuento que pasé la tarde en A Pedra Aguda, la casa de Alfredo Conde. Tuvo la deferencia de ofrecerme la lectura de un original que cuando se publique no pasará indiferente. Se trataba de comentarlo. Nuestra conversación, por el viaje de la memoria que exigía el texto, fue casi tan otoñal como el jardín que se veía desde el salón. Hay allí un arce que el amigo Alfredo trajo del cementerio judío de Praga, donde está enterrado Kafka. Trata de salvarlo tras una mala poda que lo puso en riesgo. Hay más árboles y plantas por allí, como otro arce que trajo de la casa de Nobokov o un serval, de tumba de poeta japonés, que vino con él desde allá. El amigo Conde fue recolectando en sus viajes por el mundo semillas, esquejes o brotes de plantas y árboles que logró sacar adelante en A Pedra Aguda.

Alfredo Conde cuida un arce que trajo del cementerio judío de Praga donde está enterrado Kafka

Pero lo que realmente yo envidio al amigo Conde es por la glicinia que crece sobre el portalón de entrada y que cuando florece en la primavera es una explosión de vida que domina el patio de acceso a la casa.

Termino por donde empecé. La rectoral del cura de Cumbraos, en total estado de ruina y abandono, tenía un jardín que arrasaron para aparcamiento de coches. Es un milagro que se conserven los viejos robles que marcan el camino que va de la carretera hasta la iglesia y a una casa grande, Eirixe, donde vivía familia de los Sánchez-Andrade. No sé si fue punto de tránsito, casi final, o quizás el pazo que está en Sobrado, de la fantástica historia que noveló Cristina Sánchez-Andrade (Alguien bajo los párpados. Anagrama) con las dos ancianas que viajan en un Wolkswagen escarabajo que finalmente hunden en la laguna de Sobrado.

Mejor que arrasar para los coches el jardín del cura hubiese sido cuidarlo y abrirlo para disfrute de quienes regresan a aquel paisaje a dar el adiós a un ser querido.

De usted, s.s.s.

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