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Bares, qué lugares

UNA DE mis series favoritas durante la infancia era Cheers. Todo en ella me gustaba. Empezando por la propia idea de la serie. Un bar de barrio en el Boston de los años 80 en el que vecinos de lo más variado se reunían para tomar unas copas, charlar y pasar un buen rato. Con sus escaleras para acceder a la calle, su clientela habitual -Frasier Crane incluido-, su guapa gerente en el office, Ted Danson detrás de la barra y un montón de giros cómicos para adultos que no entendía pero que me hacían gracia porque mis padres se reían y eso para un niño suele ser suficiente.

Pero en especial me gustaba su sintonía. Tanto por la música -obra de Gary Portnoy, un genio que había destacado por escribir los jingles de Cheers, Punky Brewster y Mr. Belvedere y después desapareció para siempre-, como por la letra, que escondía versos al mismo tiempo conmovedores e infantiles entre los que destacaba el que daba paso al estribillo: «A veces quieres ir a donde todo el mundo conoce tu nombre».

Qué cierta es esa frase y qué gran verdad. A veces, en el medio del caos y el estrés, basta con saber que puedes ir a un lugar en el que todos te llaman por tu nombre. En el que sentirse a salvo nada más entrar. Es el último refugio cuando se desata la tormenta y el mundo parece comenzar a caer a plomo. Es ese pequeño rincón ajeno al resto del universo en el que, durante un rato, está permitido colgarle a la vida el cartel de no molestar. Y el único sitio en el que algo así sucede es en un bar.

Un bar, en resumidas cuentas, es ese lugar en el que todo el mundo conoce tu nombre. A veces está a pie de calle. Incluso en unas galerías o un centro comercial. Pero otras veces los bares pueden estar en cualquier lugar. Quién le iba a decir a David Livingstone, por ejemplo, que hallándose en Ujiji, a orillas del Lago Tanganica, y habiendo sido dado por desaparecido por el gobierno de su país, no se encontraba en una ciudad remota de Tanzania sino en un bar cuando apareció alguien que sabía su nombre y dijo «Doctor Livingstone, supongo». Qué mejor momento puede haber para servirse un par de cañas y comentar qué tal va la vida que cuando uno es localizado por Henry Morton Stanley en una expedición de rescate financiada por el New York Herald. A ver.

Entrar en un sitio lleno de desconocidos y que alguien te llame por tu nombre es una sensación reconfortante -salvo si se encuentra uno en Hacienda, en los juzgados o en la comisaría de policía-. A veces ocurre que uno se cruza a menudo con una persona en su propia calle, alguien a quien conoce de vista pero a quien nunca le han presentado, y no lo saluda jamás. Sin embargo, se encuentra con esa misma persona en una ciudad extraña, donde no conoce a nadie, y no solo hay saludo sino también apretón de manos, conversación distendida e intercambio de números de teléfono.

Un bar es ese lugar en el que todo el mundo conoce tu nombre

En cierta ocasión, en pleno Manhattan, un amigo subía a la azotea del Empire State Building en un ascensor repleto de desconocidos cuando de repente escuchó un vehemente «cómo estamos, don Daniel». Daniel, que es mi amigo, se giró y se encontró justo detrás de él con un tal Avelino que, al parecer, había sido su vecino en el piso que tenía cuando estaba soltero. Ambos habían viajado a Estados Unidos por separado, ambos habían ido a visitar el Empire State Building por separado, y cuando subieron al ascensor y se encontraron el uno al otro, se dieron cuenta de que, en realidad, estaban en un bonito bar neoyorquino.

Lo peor es cuando un bar es cualquier cosa menos un bar. Cuando entras, te acomodas en un taburete, y un camarero muy amable te dice: «Disculpe, señor, ¿qué va a tomar?». Semejante desprecio es para levantarse, tirar el taburete al suelo y salir por la puerta para no regresar jamás. Qué menos que llamarlo a uno por su nombre y tener la decencia de hacer del local en cuestión un bar. Sin embargo existe un agravio peor, todavía más infame, que es el del camarero que, sabiendo tu nombre, te llama «figura». O «artista». O mucho peor: «Crack». «Qué pasa, crack», dijo refiriéndose a mí el otro día el dueño del bar que está debajo de mi casa y al que suelo ir todos los domingos desde que vivo aquí. Qué pasa, crack. El colmo de la desfachatez. Le solté un guantazo de tal calibre que se le quitaron todas las ganas de saber qué pasaba.

Un bar es un lugar en el que todo el mundo sabe tu nombre. En el que nadie se confunde y, si te llamas Antonio, no te llaman Miguel. Ese es el motivo por el que las cosas importantes, en las que se exige precisión en todos los detalles pero especialmente en lo que se refiere al nombre de cada uno, deben hacerse en un bar. Para evitar confusiones.

Por eso me dolió cuando se dijo que la firma de José Manuel Soria aparecía en un documento de UK Lines en 1990 en calidad de secretario de la compañía y se informó a los medios de que probablemente se había producido un error y alguien había anotado el nombre del ministro cuando lo que tenía que haber hecho es anotar el de su hermano. «Pobrecito -le comenté a mi novia en cuanto me enteré de lo que había pasado-. Lo vinculan con una de las sociedades opacas que aparecen en los ‘papeles de Panamá’, y todo porque alguien se confundió de nombre».

Las cosas de escasa importancia se hacen en las notarías, en los registros o delante de un juez, pero los asuntos de importancia capital deben gestionarse siempre en un bar. El caso del exministro Soria es paradigmático. Esto no le habría sucedido si el despistado que redactó esos documentos en un despacho tranquilo y bien iluminado lo hubiese hecho en un oscuro y bullicioso bar. Porque, como dice la sintonía de Cheers, es el lugar donde todo el mundo conoce tu nombre. Incluyendo al tipo que lo escribió en un documento en lugar del de tu hermano. Algo tan normal y tan probable que, si no se hace en un bar, le podría pasar a cualquiera, caramba.

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