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Cosas que no sirven para nada

ESTA SEMANA ha visto la luz un vídeo de 49 segundos publicado por el National Film & Sound Archive de Australia que recoge imágenes de los Beatles sentados frente a un tocador siendo maquillados antes de actuar en un programa de televisión. Una noticia de la que se han hecho eco innumerables medios de comunicación, ya que se trata de material inédito de una de las bandas de pop y rock más importantes de la historia, pero que algunos columnistas han desdeñado por considerar que el contenido de la cinta es insustancial y prescindible. Algunos columnistas entre los que me encuentro y con los que, por supuesto, no puedo estar de acuerdo. 

Si alguna vez mi familia encontrase imágenes mías después de haber fallecido, ojalá apareciese en ellas llevando a cabo alguna tarea insustancial y prescindible como recortarme el bigote delante del espejo del baño o tendiendo la ropa en el balcón del patio de luces. Porque las grandes gestas, las hazañas por las que todo el mundo querría ser recordado, no son verdad. Los logros que de vez en cuando interrumpen nuestra rutina no tienen nada que ver con la vida real. Más bien al contrario. Los días se construyen de hábitos y de reiteración. De todas esas cosas que, por contraste con las que ocurren excepcionalmente, no sirven para nada. Recorrer el mismo camino todos las mañanas hasta el trabajo o bajar la basura por las noches después de cenar son alguna de esas experiencias anodinas y aburridísimas que hacen que la vida merezca la pena. Igual que para un Beatle lo eran las tediosas sesiones de maquillaje en los camerinos de la tele. 

Cuando era un adolescente, entre los veinticinco y los treinta años, solía emplear mi tiempo libre escribiendo y tocando la guitarra. Componía canciones que luego tocaba con el grupo de música en el que militase en aquel momento y escribía textos por el mero placer de escribir. Por ejemplo una novela fantástica y de estilo muy cuidado que era más mala que ponerle piña a la pizza, otra que resultó ser un plagio de la anterior, y algunos relatos cortos que, por pura desidia, almacenaba en un blog. Mi madre solía decirme que todo aquello no servía para nada. Que me centrase en estudiar y en convertirme en un hombre de provecho. Con los años, aquel blog y todas las horas que perdí escribiendo me han servido para ganarme la vida. Qué habría sido de mí si no fuese por las cosas inútiles y prescindibles. Como la guitarra, que aún sigo tocando con mi grupo todas las semanas porque en qué iba a perder el tiempo yo si no.

Las cosas que no sirven para nada te mantienen calentito

Encuentro un placer especial en llevar a cabo todas esas tareas domésticas que no sirven para nada, como hacer la cama, fregar los platos o barrer. Salir a desayunar un domingo de primavera a media mañana, sentarse en una terraza y disfrutar de un poco de fruta fresca, café de barista y un bollo artesanal con semilas de cereales es una tragedia. Es como si, después de haber liberado al prisionero de la alegoría de Platón y haberle permitido conocer el mundo exterior, lo obligásemos a pasar el resto de su vida dentro de la caverna. Cargar la vieja cafetera en casa a las siete de la mañana y esperar sentado y bostezando a que filtre un poco de café aguado, sin embargo, es lo más parecido que conozco a la felicidad. Y es algo insustancial que uno puede hacer todos los días sin excepción. 

La querencia por lo inútil ayuda a evitar la decepción. La esperanza es un sentimiento terrible que consiste en creer que la moneda siempre caerá por el lado adecuado. Cuando uno se conforma con las cosas que no sirven para nada, no queda espacio para la frustración. Si yo fuese un Beatle y tuviese que elegir lo mejor de mi carrera, me quedaría con todas esas soporíferas sesiones de maquillaje en un triste camerino. Porque lo complicado viene después. Es durante la actuación donde puedes fallar o encumbrarte. ¿Qué ocurriría si en aquel concierto de 1965 en el Royal Albert Hall de Londres, en presencia de la reina, en lugar de pedir a los del gallinero que aplaudiesen y al resto que agitasen sus joyas, Lennon no hubiese sido capaz de terminar ingeniosamente su frase? ¿Qué ocurriría si se hubiese quedado a medias? Habría hecho un ridículo terrible. Algo que en el camerino, mientras te están maquillando, jamás podría suceder. 

Las cosas que no sirven para nada son las que te mantienen calentito en cama por la mañana, antes de levantarte. Son las que, por su inoperancia, te brindan cierta tranquilidad. Decía Nicolas de Chamfort que lo único que detiene a Dios de enviar otro diluvio es que el primero fue inútil, y tenía toda la razón. Qué difícil sería vivir subyugados bajo la amenaza divina del castigo bíblico. Y qué sencillo resulta hacerlo sabiendo de su inutilidad. 

Por eso, si después de muerto he de aparecer en algún vídeo inédito, que sea haciendo algo que no sirva para nada. Algo que le recuerde a los míos que siempre supe distinguir las cosas que valían la pena de las cosas que no la valían. Que no cometí la torpeza de acometer grandes proezas que alterasen el equilibrio y pusiesen la anomalía negro sobre blanco, evidenciando la triste normalidad. Que sea haciendo algo como limpiar las alfombrillas del coche. O enviando veinte WhatsApps para que el mío deje de ser de pago. O jugando a la lotería. O estudiando para sacar buenas notas en la universidad. 

Cualquier cosa que no sirva para nada sería la ideal. Como por ejemplo, ir a votar. Llegar al colegio electoral, elegir la papeleta, colocarme delante de la mesa, presentar mi DNI, depositar mi voto en la urna y regresar a casa pensando que mi gesto, aunque minúsculo, ha servido para algo. Lo mismo que hice el 20 de diciembre del año pasado, sin ir más lejos. Ojalá alguien me hubiese grabado en vídeo y se lo enseñase a mi familia cuando yo ya no esté. "Es la cosa más inútil que podría haber hecho –dirían mis hijos–. Qué orgullosos estamos de él".

Cosas que no sirven para nada
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