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De repente, un runner

NO NOS DIMOS cuenta. Su familia no había notado nada extraño. Su comportamiento era normal y sus amigos no advertimos cambios en su conducta. Fue algo inesperado. Sencillamente, le tocó a él. Como a tantos otros chicos del barrio que habían caído en la misma desgracia. Te los cruzabas en los portales, los veías en las calles y comprendías que ya no eran ellos mismos. De alguna forma, su identidad había desaparecido. Ahora eran todos iguales. Copias desgastadas de un mismo arquetipo. Víctimas de una misma plaga inclemente.

Algunos días los veías en el parque o en las inmediaciones del río, en solitario o formando pequeños grupos, comenzando su funesto ritual, y sólo podías pensar en su pobre familia. En lo que estarían sufriendo sus padres. Y sentías que lo único que estaba ya en tu mano era rogar que no te ocurriese nunca a ti. Que no le ocurriese nunca a los tuyos. Que las nuevas generaciones fuesen lo bastante fuertes como para saber decir que no. Que tus amigos jamás tuviesen que pasar por algo así.

Pero a Marcos le ocurrió. Sin que nadie lo presintiese. Sin que ninguno lo viésemos venir. Una tarde de septiembre estábamos en la puerta del bar fumando un cigarro, ahogando el tiempo en alcohol como cualquier pandilla de gente sana y normal, cuando lo vimos acercarse calle abajo.

Venía hacia nosotros como si nada. Como si creyese que nos daría igual. Algunos, con el corazón encogido, tuvimos que apartar la mirada. Otros no pudieron afrontarlo y regresaron al interior del bar, rotos de dolor. Supe en ese mismo instante que lo había perdido para siempre. Que ya nunca recuperaría a mi amigo. Llevaba una sudadera, gafas de sol, un brazalete con el teléfono, un pulsómetro, unos auriculares, unas mallas y unas zapatillas deportivas. Sin aviso previo, sin señal alguna que nos hubiese ayudado a detectarlo a tiempo, Marcos se había convertido en un runner.

Los días siguientes intentamos sobreponernos, pero resultó inútil. De repente empezó a contar las calorías de las cosas que comía o bebía. A pedirle al camarero extraños tipos de leche con el café. Si coincidía con otros runners hablaban de cosas raras, como el tiempo en el que cada uno recorría un kilómetro o los mejores ejercicios de movilidad articular —sabe Dios qué es eso—. Te lo encontrabas diciendo cosas como «es bueno que duela un poco al día siguiente». Recibías mensajes nerviosos de algunos compañeros del trabajo a los que les había propuesto «salir este finde a correr».

Ya no quedaba nada del Marcos que conocíamos. Ahora era otra persona. Era, de hecho, mucho mejor persona. Un ser de luz. Tanto que comenzó a vernos como seres primitivos. Animales que, a diferencia de él y sus nuevos amigos, no hacían vida sana. En enero, por fin, dejó de venir por el bar.

A veces todavía lo veo. Me lo encuentro saliendo de su portal, cruzando el parque, recorriendo el sendero del río vestido como un Power Ranger. Entonces recuerdo los días de desenfreno, las juergas legendarias, los coqueteos con lo excesivo. Y pienso en cuánto daño ha hecho el running a esta sociedad y en cómo todos hemos mirado hacia otro lado mientras la juventud se echaba a perder.

No espero que la historia nos perdone. No creo que eso suceda jamás. Pero al menos me queda el consuelo de saber que aquellos que no hacemos ejercicio no viviremos para averiguarlo.

Algo es algo.

De repente, un runner
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