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Disculpe, ¿es usted Manuel de Lorenzo?

ME ENCONTRÉ con aquel hombre en el mostrador de facturación del aeropuerto, justo un turno por delante de mí, pero de eso me di cuenta más tarde. En ese momento ni siquiera le presté atención. Fue casi una hora después cuando comencé a hacer memoria para intentar precisar el instante en el que nuestras vidas comenzaron a solaparse.

Volví a verlo al cabo de un rato haciendo tiempo en una cafetería del aeropuerto, sentado en una mesa contigua a la mía. Los dos habíamos pedido un café con leche y una napolitana. Me pareció una curiosa casualidad, pero no le di mayor importancia.

Unos minutos más tarde, con tiempo suficiente para evitar aglomeraciones, me dirigí al control de seguridad previo a la zona de embarque y allí estaba él de nuevo, depositando su chaqueta y equipaje de mano en las bandejas, cruzando el arco detector de metales, ajeno a mi existencia desacompasada. Recuerdo que pensé que aquel era el tipo de antes, el de la cafetería. Me pregunté por dónde habría accedido al control para llegar justo antes que yo. Por qué siempre me hallaba detrás de él. Aquellas coincidencias comenzaron a extrañarme.

Lo vi nuevamente en las escaleras mecánicas que bajaban hacia la puerta de embarque. Estaba distraído, leyendo algo en su teléfono, otra vez unos pasos por delante de mí. Reparé en que si me hubiese retrasado un par de minutos en la calle, si hubiese parado a comprar una revista, si hubiese salido de casa apenas un rato antes o después, ni siquiera nos habríamos visto. Sin embargo, los dos parecíamos formar parte de un mismo presente. Como si, por un antojo de las leyes de la probabilidad, todo lo que hacíamos nos llevase inevitablemente a ocupar el mismo lugar al mismo tiempo.

Volvimos a coincidir en la hilera para embarcar y nos sentamos en la misma fila en el avión, aunque separados por el pasillo. No podía evitar observarlo de reojo de vez en cuando, quizá intentando reconocer algún gesto de complicidad. ¿Se estaría dando cuenta de lo que sucedía? ¿Tendría algo que ver conmigo? ¿Cuál sería su nombre? ¿Se llamaría, acaso, Manuel? Tontamente, casi inconscientemente, como si se tratase de un juego momentáneo, comencé a valorar la posibilidad de que aquel hombre fuese, en realidad, yo mismo.

Recogimos nuestro equipaje al llegar, salimos del aeropuerto y pedimos un taxi. Cada uno el suyo, pero a la vez. Su coche, como no podría ser de otra manera, avanzaba unos metros por delante del mío. No fue necesario prestar atención a su recorrido. A esas alturas yo ya sabía que nos dirigíamos al mismo hotel.

Realizamos el check-in en recepción uno detrás del otro y, por primera vez, coincidimos solos en el ascensor. Ese tipo no se parecía a mí en nada, tenía aspecto de ser alemán o uno de esos argentinos muy rubios, pero eso no quería decir que no fuese yo. De hecho, pensé, tal vez era yo el que no se parecía en nada a mí.

Los dos parecíamos formar parte del mismo presente

Llegamos a nuestra planta y comprobé que nos hospedábamos en habitaciones adyacentes. Dejé mi equipaje en el armario, bebí un poco de agua y tomé la decisión de salir al pasillo, llamar a su puerta y preguntarle directamente.

«Disculpe, ¿es usted Manuel de Lorenzo?», le dije en cuanto abrió. A juzgar por su acento era francés, pero hablaba castellano: «No, lo siento, se equivoca de persona».

«Entonces seguiré buscando», contesté.

Todavía hoy dudo de que me dijese la verdad.

Disculpe, ¿es usted Manuel de Lorenzo?
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