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El fin del romanticismo

Cada cierto tiempo sucede algo que cambia el curso de los acontecimientos históricos. Hallazgos como el nuevo mundo o la materia oscura. Invenciones como la rueda, la imprenta, la bombilla o el teléfono. Descubrimientos como el fuego, la penicilina o la electricidad. Singularidades que conforman un punto de inflexión en el desarrollo de nuestra civilización y determinan un nuevo rumbo hasta entonces inimaginable, despejando el acceso a caminos tácitos y destinos remotos. Hechos que marcan un antes y un después. Que construyen puntos de no retorno. A lo largo de milenios, la humanidad ha sido testigo de hitos prodigiosos que han decretado su devenir. Hitos como, por ejemplo, Tinder.

La manzana me cayó sobre la cabeza una mañana cualquiera. Unos amigos, móvil en mano, estaban haciendo lo que parecían ser comentarios aleatorios sobre radios de búsqueda, descartes y votaciones. Me explicaron que la función del diabólico invento era poner en contacto a desconocidos con la libido por las nubes de acuerdo a un sistema basado en la inmediatez. Sin burocracias. No se trataba de la enésima web de citas, el último refugio de quienes necesitan encontrar pareja. Aquello consistía, sin mayores pretensiones, en satisfacer la urgencia ante un deseo repentino de fornicio amistoso y casual.

El funcionamiemto es sencillo. Uno se registra en la aplicación y, si por ejemplo se trata de un hombre heterosexual, ésta le muestra los perfiles de usuario de las mujeres registradas en su zona, con la amplitud que se desee. Comienza entonces un proceso de selección similar al que lleva a cabo un sexador de pollos, sancionando con un solo gesto la aptitud de las diferentes aspirantes en función de su foto como quien descarta las mandarinas de peor aspecto en la frutería de un supermercado. El nuevo y vertiginoso pulgar del emperador.

Al otro lado del ring, ellas hacen lo propio, y solo cuando se produce la coincidencia —es decir, un chico señala que está interesado en una chica y esa misma chica, que ignora que ha sido elegida, también señala que está interesada en el chico—, se abre un chat que los pone en contacto. De no ser así, las evaluaciones son anónimas. Es entonces cuando ambos, sabedores de las intenciones del otro porque de lo contrario no estaría usando esa aplicación, quedan y se entregan felizmente a la cópula. Sin trámites. Sin rodeos. Cuestión de minutos.

Y eso es lo que me apena. En mi época, el cortejo requería tiempo y dedicación, y en todo caso entrañaba un riesgo. Era una apuesta a ciegas en la que invertías esfuerzos y esperanzas desconociendo las probabilidades de éxito. Sabías que la caída sería letal si no salía bien, pero aún así, en el momento clave, te colocabas frente al precipicio y saltabas. Tinder convierte el salto al vacío en un videojuego con vidas infinitas, te pone un paracaídas a la espalda y coloca a media altura una red y un colchón y un cigarrito de después. Por no mencionar que suprime todo el ascenso hasta el despeñadero, todos los días y las semanas e incluso los meses de tanteo y aproximación, reduciéndolo a una suerte de zapping accidental que se ha cargado con un clic todo el encanto y la tontería. Pero bendita tontería.

Tampoco nos llevemos las manos a la cabeza. De hecho, el éxito de esta aplicación sugiere que el romanticismo es una gran mentira. Sin embargo, como cualquier otra mentira, encierra una sutil forma de verdad. Recuerdo cuando tenía dieciséis años y mi novia estaba en Portugal, pasando el verano con su familia. Una llamada internacional costaba entonces un ojo de la cara y el WhatsApp no lo conocía ni Marty McFly, así que te encerrabas en tu escritorio y, con toda la ilusión del mundo, escribías una carta larguísima en la que contabas lo mismo que acababas de contar en la que habías enviado cuatro o cinco días antes. Luego la depositabas en un buzón y esperabas impaciente al cartero todas las mañanas, porque la vida consistía en el tiempo que pasaba entre carta y carta. Habrá quien opine que tratándose de una pareja esto no tiene nada que ver con el riesgo y la dedicación a la que antes me refería, pero cuando tienes dieciséis años y las hormonas a punto de reventar, háganme caso, hasta los estadios más avanzados de una relación forman parte aún del cortejo. Aunque ya te hayas enamorado encima.

Ahora el asunto se ha convertido en un buffet libre, perdiendo todo el encanto. Se parece mucho a lo que sucede con las fotografías. Los teléfonos móviles han permitido que realices cientos de disparos en una sola tarde para luego quedarte con dos, porque apenas hay nada en juego. Antes, cuando disponías de un carrete de veinticuatro fotos y revelarlas se llevaba por delante tu paga semanal, no te quedaba otro remedio que medir todos tus pasos. Cuando se trataba de ligar sucedía lo mismo. No podías disparar a todo lo que se movía. Debías elegir muy bien tus objetivos, dos a lo sumo, porque el proceso era largo, los días muy cortos y no había margen de error. Bastante suerte tenías si después de todo el esfuerzo solo se te velaba uno.

Y sin embargo tenía otro sabor. Convertirlo en algo tan sencillo le ha restado todo el mérito. Toda la épica. Toda la magia. Pretender a una chica era cuestión de remover y remover y dejar que todo se hiciese a fuego lento. Hoy el cortejo se cocina en microondas, en cuestión de minutos. Todo se ha simplificado tanto y avanza a tal velocidad que estoy seguro de que, en no demasiado tiempo, estaré sentado en un bar con un amigo, éste sacará su móvil, y a los cinco minutos se girará y me dirá: "De puta madre. Acabo de echar un polvo".

El fin del romanticismo
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