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El perro, la foto y Mariano Rajoy

FRANCO YA estaba en O Carballiño para inaugurar la Residencia de Tiempo Libre y Enrique Reza todavía no había llegado. Los actos oficiales seguían su curso y las autoridades se arracimaban en torno al caudillo, que ante la concurrencia pronunciaba aquel célebre discurso que aún hoy es parodiado en los mentideros menos solemnes y que arrancó con un «carballineses todos, pueblo trabajador y marinero», lo cual habría sido incluso más motivador de haber tenido O Carballiño mar alguna vez. Caprichos de la geografía gallega, que coloca su litoral donde le place.

De Reza se ha dicho siempre que fue el primer hombre en hacer retroceder al generalísimo. Cuando llegó aquel día al pueblo, el discurso de inauguración ya estaba tocando a su fin, así que se colocó en la primera fila, esperó a que terminase, y cuando Franco comenzó a caminar hacia su coche seguido por su séquito lo abordó y le dijo «general, retroceda». Le señaló la cámara de fotos, sonrió y añadió: «Es para el periódico». Franco regresó entonces al lugar en el que había pronunciado su homilía, los suyos se colocaron detrás y Reza inmortalizó el momento, que al mismo tiempo, también lo inmortalizó a él.

Enrique Reza era de esa clase de personas a las que todo el mundo aprecia, más allá de orígenes, talantes e ideologías. Como dice Paco Sarria, en la redacción de cualquier periódico se recuerda a alguien así. Alguien querido por todos sus compañeros, sin excepción. Hablando con él sobre Enrique, que falleció en 2013 a los ochenta años de edad a causa del Alzhéimer, me contó cómo en cierta ocasión tuvo el acierto de salvar una bonita historia de las garras de la realidad.

Eran los años 60 y por aquel entonces La Región contaba con corresponsales en diferentes puntos de la provincia que, aun no siendo periodistas profesionales, trasladaban a la capital de Ourense por vía telefónica cualquier suceso de especial relevancia que ocurriese en su pueblo para que el periódico lo destacase. Un día de invierno llegó a la redacción la noticia de que un niño se había perdido en Montederramo, que había pasado la noche fuera de casa, bajo una intensa nevada, y que había logrado salvar su vida porque su perro lo había protegido del frío, cobijándolo entre su pelaje y proporcionándole calor. Una de esas crónicas felices por las que todavía hoy se pegan las agencias.

Rajoy sí tiene tiempo para comentar partidos de fútbol


La noticia causó un gran revuelo e incluso llegó a ser publicada en la edición internacional, despertando el interés de otras secciones de sucesos en diarios de toda España. Urgía conseguir la primera imagen del niño con su perro y Enrique Reza fue el fotógrafo elegido. El mundo quería conocer al héroe canino de aquel crudo invierno.

Reza llegó a Montederramo en busca de su particular episodio de Las aventuras de Rin Tin Tin pero en su lugar se encontró con una obrita de teatro de provincias. A los corresponsales, que eran zapateros, albañiles o maestros de escuela que de vez en cuando contaban lo que veían, siempre les hacía ilusión encontrar su nombre en las páginas del periódico, hecho que sucedía, con suerte, un par de veces al año. Así que lo que en realidad fue un niño jugando hasta tarde con su perro en la nieve se convirtió en la mente de alguien en una criatura extraviada que a duras penas había conseguido sobrevivir en la gélida noche del invierno ourensano.

Las opciones de Enrique eran dos. O bien regresar a casa sin su foto y la noticia hecha pedacitos de papel o bien no privar a la gente de un relato emotivo y feliz que en tiempo de frío y penuria económica al menos calentaba un poquito las manos. Así que decidió fotografiar de todos modos al perro y al niño y permitir que el mundo siguiese girando. Cuál sería su sorpresa cuando descubrió que, para colmo de males, el día anterior el can había sido atropellado. Por si no era suficiente con no tener noticia, ahora resultaba que ni siquiera tenía perro. Pero que las cosas sean de una forma nunca ha sido motivo suficiente para no poder contarlas de otra, así que Reza no se amilanó. Contactó de nuevo con el corresponsal y le dijo: «Que me traigan otro perro». Y así fue como aquel niño apareció en la prensa abrazando a un animal desconocido junto a la crónica que explicaba cómo había salvado su vida a la intemperie aquella peligrosa noche que pasó durmiendo tan tranquilo en su cama. Y que la realidad no estropee una bonita historia.

Alguien podría pensar que estas cosas hoy en día ya no suceden. Que son impensables. Y sin embargo ocurren, aunque de un modo un tanto más sutil. Mariano Rajoy, por ejemplo, ha explicado a través de los portavoces de su partido que no puede asistir al debate con Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera porque él, además de candidato, debe continuar desarrollado las funciones de presidente del gobierno. Es decir, que no dispone de un par de horas para discutir las ideas de su programa electoral en público con sus oponentes. Pero eso sí, para comentar un partido de fútbol entero en la radio y quedarse hasta la tertulia de medianoche hay tiempo suficiente. Ese día no había funciones presidenciales que desarrollar.

Todos sabemos que los motivos por los que Rajoy no quiere comparecer poco tienen que ver con su agenda. Que la realidad, aunque el relato luce más apelando a sus responsabilidades como gobernante, es otra bien distinta. Pero como le sucedió a Reza, que las cosas sean de una forma nunca ha sido motivo suficiente para no poder contarlas de otra, así que no hay problema. Si Mariano no va se elige otro perro para la foto y santas pascuas.

El perro, la foto y Mariano Rajoy
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