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No es fácil ser un héroe

NO ES fácil ser un héroe, pero no queda otro remedio. Nadie está exento de soportar de vez en cuando el tedioso peso de la heroicidad. Pensaba en esto el fin de semana pasado, tomando una cerveza con unos amigos a mediodía en una terraza en Ourense, disfrutando de uno de esos sábados pausados, de cielos soleados y admirables, en los que te apetece alargar el vermú entre risas hasta bien entrada la madrugada.

Uno de mis amigos, Santiago Yzquierdo, apuró su caña en un momento dado y se levantó. Resignado, comentó que su hijo tenía que jugar un partido de fútbol a las cuatro de la tarde en Redondela. Había que ayudarlo a preparar la mochila, llevarlo hasta allí, esperar a que terminase el partido y traerlo de nuevo a casa al anochecer. Aquella era la única tarde libre que Santi tenía esa semana, podría haber buscado cualquier excusa para librarse de conducir hora y media hasta Redondela, nadie se lo podría haber reprochado. Tenía la opción de pedir un favor a alguien, de buscar un sustituto. Y sin embargo allí estaba, alejándose calle abajo, dejando atrás las risas, las charlas, los cielos soleados y el vermú con amigos porque su hijo debía jugar un partido esa tarde en las Rías Baixas. No es fácil ser un héroe, pensé, pero no queda otro remedio.

Ilustración para el blog de Manuel de Lorenzo. MARUXANo son tantas las veces en las que ser un héroe tiene algo que ver con las grandes hazañas, con la realización de gestas imposibles. Al contrario. Las heroicidades casi siempre se concretan en acciones pequeñas y cotidianas que se corresponden con un deber privado. No es un héroe el que responde a las obligaciones que se le han impuesto por ley o por contrato, sino aquel que no evita cumplir con sus responsabilidades morales aunque tuviese oportunidad de hacerlo.

En La estrategia de la ilusión (Lumen, 1999), Umberto Eco defiende que los héroes nunca eligen serlo: "El héroe verdadero lo es siempre por error, su sueño sería ser un cobarde honesto como todos". Opino que esto no es cierto. Por supuesto que a cualquiera le gustaría escaquearse, eludir esa clase de deber íntimo y moral como el que Santiago sentía que tenía con su hijo y quedarse de cañas con los amigos, pero si hizo lo contrario fue precisamente por voluntad propia, no por equivocación. Cumplió a pesar de que le habría gustado no tener que cumplir. No hubo error alguno. Y fue ese acto voluntario el que, en ese momento, hizo de él un héroe.

Conviene que desmitifiquemos la idea que tenemos de la heroicidad. Nicanor Parra escribió en el poema Ritos, contenido en Canciones rusas (Editorial Universitaria, 1967): "Cada vez que regreso / a mi país / después de un viaje largo / lo primero que hago / es preguntar por los que se murieron / Todo hombre es un héroe / por el sencillo hecho de morir". Estoy de acuerdo en que todos somos héroes, en mayor o menor medida, pero por motivos mucho menos graves que la muerte. No hace falta llegar a eso. Desde mi punto de vista, es un héroe todo aquel que se sacrifica. El que, pudiendo no hacerlo, renuncia a algo porque sabe que con su gesto beneficia a los demás.

Hace años le dediqué en este periódico un homenaje a un gran héroe gallego. Un hombre que, en cierta ocasión, se sentó en un bar de Mugardos a las siete de la tarde, comenzó a beber y no paró hasta las siete de la mañana. Sin calentamiento previo. Sin explicarle a nadie cuál era su propósito. Permaneció toda la noche en su taburete, manteniendo el ritmo y la concentración, hasta superar las cuarenta copas seguidas. No lo hacía por él, sino por todos nosotros. Lo hacia por la leyenda. Por la historia de los bares gallegos y sus bebedores empedernidos. Por un legado que debía ser preservado. Pudiendo detenerse a la segunda copa, o a la quinta o a la duodécima, él siguió adelante. Es más, podía no haberlo hecho, podía haberse quedado en casa, pero aquel día él eligió ser un héroe.

Doce horas y cuarenta y dos copas después, de repente perdió la visión. Los que allí se encontraban lo acompañaron hasta su casa y, tras dormir durante treinta y seis horas seguidas, se despertó como nuevo y con la vista intacta. En su honor se colocó una placa frente a la barra en la que estuvo aquella noche que reza: "En homenaje a José Luis Amenedo, que se bebió cuarenta y dos combinados de 19:00 a 7:00".

La semana pasada supe que José Luis ha fallecido hace poco. Nicanor Parra lo habría considerado un héroe por el mero hecho de morir. Pero en realidad él era un héroe porque cumplió con una responsabilidad moral aun teniendo la oportunidad de no hacerlo. Por eso se equivocaba Umberto Eco. El verdadero héroe no lo es siempre por error. José Luis era un héroe porque cumplió voluntariamente con el deber moral de pasar a la historia. Pudo haber sido otro cualquiera el que cargase con el peso de la heroicidad, pero él decidió hacerlo por nosotros. Brindemos por su recuerdo.

No es fácil ser un héroe
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