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'Haters gonna hate'

EL RESPETO, la comprensión y la tolerancia son conceptos sobrevalorados. Hoy en día casi nadie respeta ya a nadie, casi nadie hace esfuerzos por comprender a nadie y casi nadie es tolerante con casi nadie, y sin embargo las cosas no han cambiado mucho en los últimos tiempos. Y tampoco nos va tan mal. 

El odio, por el contrario, suele ser despreciado, cuando en realidad se trata de un sentimiento positivo y muy necesario. Le ocurre algo similar a lo que sucede con las abejas. A nadie le gustan pero realizan una labor esencial para la sostenibilidad. Si el ser humano no odiase, todo le parecería bien y el mundo sería un lugar deforme y asimétrico donde siempre sonreiríamos como bobalicones y ninguna torpeza se subsanaría porque a nadie le sentaría mal. Para eso sirve el odio. Para lograr el equilibrio y que el mundo pueda dividirse entre lo que está bien y lo que está mal. Aunque sea desde un punto de vista subjetivo. 

Porque en una realidad sin odio, sin contrastes, sin elementos despreciables, la armonía sería imposible y la vida se inclinaría siempre hacia un lado como una canica sobre un suelo desnivelado. El odio funciona como una válvula de escape que iguala las fuerzas y las estabiliza. Forma parte de la geometría de las relaciones humanas. Es el último refugio de la salud mental. 

Y qué fácil resulta odiar. La semana pasada, en la entrega de un premio periodístico a la que asistí, me presentaron a un señor muy respetable que saludaba a todo el mundo en la entrada del salón de actos, pero cuando llegó mi turno no me quedó más remedio que odiarlo con todas mis fuerzas. El muy canalla se atrevió a darme el típico apretón de manos que no aprieta. Ese en el que parece que la mano del otro, más que una mano, es un blandiblú. Si no fuese por el odio, acciones como esa serían socialmente aceptadas. "No sabe usted cuánto lo detesto, señor mío", le dije amablemente mientras terminaba de apretar aquella plastilina, y acto seguido me marché a mi casa. 

En situaciones como esa, la tolerancia no sirve de nada. Es más, se convierte en una reacción detestable por indolente y permisiva. Lo cual está muy bien, porque conviene detestar lo que sea, aunque sea un acto de tolerancia. De hecho, uno de mis escenarios preferidos para odiar, ya que lo deseable sería comportarse de un modo incluso más tolerante de lo habitual, es la noche de Fin de Año. Antes de medianoche es frecuente encontrarse con dos o tres espabilados que, necesitando exhibir su ingenio, suelen despedirse de ti diciendo: "¡Nos vemos el año que viene!". Llegada la madrugada, la orquesta se completa con los que te felicitan el Año Nuevo con un simpático "¡Feliciano!". Cómo odio a esa gente. Si por mí fuera les prohibiría participar en la Navidad. 

Claro que ninguna coyuntura es tan felizmente odiosa como esa en la que te cruzas con un conocido por la calle a media mañana un día entre semana y, al verte a lo lejos, exclama: "¡Qué bien vivimos!". Será cabrón. Él se encuentra exactamente en la misma situación que tú y sin embargo se atreve a llamarte vividor. El otro día salí corriendo detrás de uno y no paré hasta que lo alcancé al final de la calle y le solté una patada en el culo. Por odioso. 

El odio se trata de un sentimiento positivo y muy necesario

Ejemplos de escenas despreciables hay tantas como personas. El tipo que aparca delante de ti en la última plaza libre. La gente que te agarra o te da golpecitos mientras te habla. El vecino que ya está en el ascensor cuando tú llegas al portal pero no te espera. Los que hacen el gesto de poner comillas mientras dicen "entre comillas". La gente que al darse dos besos ni siquiera roza las mejillas pero hacen con la boca el ruido de besar. El que al aparcar usa parte de la plaza adyacente y no deja hueco suficiente para otro coche. ¿Para qué sirve en todos estos casos el respeto, la comprensión o la tolerancia? ¿Qué ocurriría si no existiese el odio? 

La respuesta es sencilla: nos quedaríamos observando cómo un fulano usa dos plazas delante de nuestras narices dejándonos sin espacio para aparcar y le sonreiríamos candorosamente, reaccionando más o menos como lo haría una lechuga. Él tampoco nos odiaría, y si en ese momento apareciese otro tipo que moviese su coche a empujones con el suyo propio, también le parecería bien. Y viviríamos en un mundo ridículo en el que todo, incluso lo inaceptable, sería aceptado. 

"And the haters gonna hat"e, canta Taylor Swift en su éxito ‘Shake it off’. Y lo hace porque es una actitud que le parece bien. Si los odiadores tienen que odiar, que odien. Porque es la única forma de que todas las piezas encajen y se produzca el equilibrio. La cantante estadounidense tiene toda la razón, y cuando la tiene hay que dársela. Y mira que me fastidia, porque odio a Taylor Swift con todas mis fuerzas. Qué detestable es la pobre. Si de mí dependiese, ni siquiera volvería a cantar. Pero para que eso no pase, otros tienen que odiarme a mí, y otros a su vez a esos otros. Y así odiosa y sucesivamente.

'Haters gonna hate'
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