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Instrucciones para limpiar una casa

HAY FRASES que se dicen por decir. Tal vez no tengan mucho fundamento o tal vez lo tengan todo, pero la realidad es que se pronuncian un poco por impulso. Sin demasiada intención. Quizá porque una cosa lleva a la otra. Como esas borracheras de las películas que, al final, terminan en boda. Son frases que casi no hace falta pensar porque ya se piensan ellas solas. Aguardan al momento oportuno, justo cuando te notan más ocupado, precisamente cuando estás mirando hacia otro lugar, y de repente ya las has pronunciado. Apenas sin darte cuenta. No acostumbran a dejar mucho margen de reacción.

Mi cuñado pronunció dos de esas frases durante la pasada Nochevieja. Tal vez las cenas en familia se inventaron para acoger esa clase de frases, que de otra forma se quedarían encasquilladas en alguna esquina del pensamiento, acumulando escarcha. La primera de ellas –que fue pronunciada un poco a traición, pero son frases que no te permiten pronosticar las consecuencias—– fue que la peor etapa en la carrera musical de David Bowie coincidió con los inicios de la década de los 80. Como es natural, se hizo el silencio en la mesa. Un silencio incómodo. Como de calma tensa. Todo el mundo sabe que hay cosas que no se pueden decir públicamente tan a la ligera. Pero no fue culpa suya. Es lo que ocurre con las frases dichas por decir. Que ni tú mismo te las esperas.

La segunda frase, mucho más inocua, fue que los sábados por la mañana son para hacer limpieza. Sobre lo de Bowie dispongo de una opinión formada. Uno va teniendo una edad, incluso dos, y no es la primera vez que tropiezo con esa acusación. A principios de los años 80 Bowie venía de sufrir el estrepitoso fracaso de ventas en que se tradujo la Trilogía de Berlín –Low, Heroes y Lodger– y fue precisamente durante la primera mitad de la década cuando se recompuso, publicando los magníficos discos Let’s Dance, Scary Monsters (and Super Creeps) y Tonight. No comprendo cómo se puede hablar de horas bajas cuando se trata de un autor que en esa época escribió Ashes to Ahes. Menos mal que mis suegros no escucharon esa frase. Nadie se merece que le estropeen así la cena de Fin de Año. En cuanto a lo de hacer limpieza los sábados por la mañana, me pareció un comentario de lo más acertado. 

No porque esté de acuerdo, ya que ignoro si lo estoy, sino porque lo más importante para hacer limpieza es disponer de un método. Un programa. Un sistema. Un calendario. De lo contrario, es imposible limpiar. Porque limpiar es un acto infinito. No acaba nunca. Cuando estás terminando, hay que volver a empezar. Para que algo esté limpio, verdaderamente limpio, en realidad uno debe pasarse la vida entera limpiándolo. Sin solución de continuidad. En cuanto te detienes, se empieza a ensuciar. Porque las horas ensucian. Los minutos ensucian. Es la propia vida la que ensucia. Y la única forma de vencer esa batalla contra la suciedad es ceñirse rigurosamente a un plan.

Creo que es al inicio de Ordesa donde Manuel Vilas escribe que ha intentado limpiar muchas veces su piso pero es imposible. Confiesa que nunca ha sabido limpiar y se pregunta si tal fenómeno podría deberse a algún parentesco con la nobleza. Cualquiera que haya intentado mantener su casa limpia durante un breve período de tiempo sabe bien de qué está hablando. Para limpiar hay que saber. No es como la paternidad o la literatura, que se le dan bien a cualquiera. A veces recuerdo el piso que compartía con unos amigos en Santiago durante los años de universidad. A lo largo del curso, víctimas de nuestra propia insensatez, dejábamos que la porquería creciese por el suelo y las paredes como la vegetación en la selva. El último día nos empleábamos a fondo para amedrentarla y hacerla retroceder. Limpiábamos a un tiempo la suciedad y los recuerdos. Es la vida la que ensucia. No debía quedar nada de nosotros allí. Pero cuando el propietario llegaba al día siguiente para recoger las llaves siempre nos acusaba de devolverle un piso cochambroso. Lleno de experiencias. Daba igual lo mucho que hubiésemos limpiado. Foster Wallace dice en La broma infinita que la gente distinta tiene ideas distintas sobre la limpieza, pero la realidad es que no sabíamos limpiar.

Ignorábamos que el sábado por la mañana es un buen día para limpiar una casa. Y para limpiarla a fondo basta con seguir unas instrucciones muy básicas: se enciende el reproductor de música, se pone cualquier disco de Bowie de comienzos de los años 80 y se comienza a limpiar. Y la semana siguiente, lo mismo. Y así sucesivamente. Para siempre. Porque es la vida la que ensucia. Y por eso la vida, en el fondo, consiste en no dejar nunca de limpiar.

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