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La cena del 14 de febrero

EN LA VIDA resulta clave fijarse en los pequeños detalles. No es agradable darse cuenta de que llevas los calcetines de diferente color. O no acordarse de repostar y quedarse sin combustible a veinte kilómetros de la gasolinera más cercana. O llegar cargado de maletas a la ciudad donde vas a pasar las vacaciones de agosto y averiguar que has reservado hotel en septiembre. Son circunstancias un tanto embarazosas que molestan por lo ridículo de la situación, pero sobre todo porque uno es consciente de que podría haberlo evitado fijándose un poco. Y hablo por experiencia propia.

Siempre conviene tener los pequeños detalles bajo control. En manos del azar sólo deben dejarse las cosas serias; asuntos de especial envergadura como la salud, la economía o la integridad física. De hecho, es recomendable invertir los ahorros de varios años en bitcoins. O conducir por carreteras comarcales al doble de la velocidad permitida. O costearse caprichos absurdos pidiendo créditos desproporcionados. O fumar, como mínimo, un paquete de cigarrillos al día. Me pregunto qué sería de nuestra rutina si careciésemos de esos estímulos. Si no sintiésemos a menudo la proximidad del precipicio. ¿Me estamparé contra un árbol? ¿Me arruinaré? ¿Sufriré un infarto? Esa es la clase de dudas que lo despiertan a uno por las mañanas con energía.

Son los asuntos pequeños a los que hay que prestarles toda la atención. Aquellos cuya consecuencias no revisten especial importancia. Porque a los grandes percances, a fin de cuentas, acaba uno habituándose. Progresivamente, a regañadientes, pero todo el mundo acaba haciéndose a la idea. Es el único remedio que nos queda. Sin embargo, nadie termina acostumbrándose a una pequeña piedrecita en el fondo del zapato. Por muchos kilómetros que camine.

Para la cena de este pasado 14 de febrero hice la reserva con diez o doce días de antelación. Precisamente porque es crucial no olvidarse de los detalles. Resulta muy frustrante aparecer en tu restaurante favorito a las nueve y media de la noche y descubrir que está todo ocupado. Hay cosas, como digo, con las que no se debe jugar.

Esa tarde me di una ducha, me acicalé, me vestí y salí a la calle con tiempo suficiente para dar un paseo antes de cenar. Pensé en lo mucho que me apetecía un pescadito al horno de segundo plato. Y en el frío que hacía en la calle. Y en el zahorí al que unos días antes había visto encontrar agua en una finca utilizando solamente una horquilla de madera. Decidí, de hecho, que escribiría esta columna sobre ese zahorí.

Siempre conviene tener los pequeños detalles bajo control

Llegué al restaurante y allí me estaba esperando Tallón. Un camarero nos condujo hasta nuestra mesa y nos trajo la carta. Mientras decidíamos, reparamos en que a nuestro alrededor sólo había parejas cenando. Algunas se miraban embelesadas. Otras se acariciaban las manos con delicadeza. Un chico extrajo un paquetito de una bolsa y se lo dio a la chica que lo acompañaba, que a su vez intercambió con él otro regalo. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que habíamos quedado para cenar justamente el día de San Valentín. Los dos solitos. En amor y compañía. Como cualquier otra pareja.

Tomamos nuestra cena sin demasiado detenimiento, pagamos y nos marchamos. «Quizá deberíamos empezar a fijarnos un poco más en los pequeños detalles, Juan», comenté al despedirnos en la puerta. Tallón se marchó sin decirme nada.

La cena del 14 de febrero
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