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La nostalgia ya no es lo que era

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La nostalgia ya no es lo que era

RESULTA RARO. Hubo un tiempo en el que, por alguna razón, echaba de menos algunas vidas que nunca he vivido. Como si extrañase un pasado —incluso un futuro— que nunca sucedió.

Por supuesto, no estoy diciendo que envidiase la vida de otros. Ni siquiera que anhelase en algún momento ser alguien que no soy. Eso se da por hecho; forma parte de la condición humana.

Lo que digo es que tenía nostalgia de algunas vidas ajenas como si en algún momento las hubiese vivido en primera persona. Como si formasen parte de otras épocas de mi propia existencia. En cierta forma, las recordaba con añoranza a pesar de no haber sido nunca mías.

Como es natural, soy consciente de que nada de esto es posible. De que no se puede extrañar aquello que todavía que no se ha vivido. Sin embargo a mí me sucedía con bastante frecuencia, quizá porque yo entonces ignoraba que había cosas que no podían ser. Y eso siempre lo facilita todo.

Me ocurría, por ejemplo, cuando me cruzaba con ciertas personas o contemplaba determinados paisajes. Cuando presenciaba escenas que me recordaban a aquellos años inexistentes que ahora regresaban a mi memoria con una nitidez intensa pero vacía. Eran recuerdos huecos, carentes de contenido, pero al mismo tiempo estaban llenos de sensaciones familiares.

«Yo no conozco este lugar, pero recuerdo haber sido muy feliz aquí». Esa clase de ideas, ilógicas pero irrefutables, acostumbraban a venir a mi cabeza cuando visitaba algún rincón que sentía como propio, aunque fuese la primera vez que lo veía. La impresión que tenía no era la de haber estado allí en una vida anterior ni nada similar. No estoy tan loco. Era la de haber estado allí en alguna vida que no era mía. La vida de otro. Una vida que desconocía por completo pero por la que sentía una extraña nostalgia.
 

Comenzaba a acordarme de todas esas cosas que no había vivido y que, en el fondo, ni siquiera recordaba. A mi memoria acudían preciosas escenas cargadas de melancolía en las que no había absolutamente nada. Era como abrir los ojos en la más profunda oscuridad. Y de pronto echaba de menos todo aquello que era incapaz de recordar y que con tanta firmeza recordaba. Contemplaba aquella otra vida por entero, con sus momentos tristes y felices, a lo largo de una secuencia de fotografías veladas.

A veces bastaba con un destello. Observaba a una pareja joven, sentada en el suelo junto a su autocaravana en el camino que bajaba a la playa, tal vez arreglando una bicicleta y guardando un par de bocadillos en una mochila, a punto de salir a dar un paseo por los alrededores para disfrutar de una mañana de sol en primavera, e inmediatamente comenzaba a añorar aquellos momentos en los que aquella pareja éramos en realidad mi pareja y yo y acampábamos junto al mar y cenábamos en alguna terraza de algún pueblecito pesquero cercano y dábamos largos paseos al anochecer junto a la orilla. Momentos que jamás habían ocurrido antes. Al menos, no en mi vida. Y que sin embargo echaba de menos con total franqueza y normalidad.

Llegado el momento, comprendí que tal vez todos aquellos paisajes, todas aquellas personas, todas aquellas escenas que remitían a vidas ajenas, pero a la vez también mías, quizá me estuviesen indicando un camino a seguir. Y llegué a obsesionarme con la idea de dejarme guiar por aquella extraña nostalgia. Las referencias a otras vidas me pedían un cambio en la mía y así lo hice. Comencé a cambiar de vida según soplaba el viento de la añoranza. Me mudé de ciudad y volví a hacerlo un año después y otra vez más al año siguiente. En cada una de esas ciudades viví en varios lugares, en diferentes calles, en diferentes barrios.

Pasaba de compartir tir piso con cinco personas a vivir yo solo en estudio de treinta metros cuadrados. De pasarme el día y la noche en la calle a no salir de casa en un mes. De coger el coche y viajar sin rumbo durante semanas a regresar una vez más, y sin saber hasta cuándo, a la casa de mis padres.

Hasta que un día las vidas de los otros desaparecieron. Dejaron de ser mías. De repente todas aquellas escenas pertenecían a sus dueños y a nadie más. Al menos hasta donde yo sé.

Hace tiempo que no extraño otro pasado que no sea el que yo he conocido. E ignoro cuál ha podido ser el motivo. A veces pienso que tal vez se deba a cierta clase de incertidumbre. Quizá esta vida que ahora vivo no sea del todo la mía. Quizá no añore otra porque ya estoy en ella. Es posible que me encuentre donde no deba. Puede que esta vida sólo sea, en realidad, producto de mi añoranza. Una ensoñación.

O tal vez lo que suceda sea, sencillamente, que han pasado los años. Y como ocurre con todo, incluso la nostalgia ya no es lo que era.

La nostalgia ya no es lo que era
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