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Muerte de un desconocido

EL MARTES LLEGAMOS a casa alrededor de las diez. Veníamos de pasar toda la tarde en la playa. Al día todavía le quedaban unos minutos para apagarse y la sensación de quietud en el salón, con las puertas del balcón abiertas, el mar en calma, la ría en silencio y el sol sobre el horizonte, daba la impresión de ser eterna.

Mi mujer y mi hija salieron de la ducha y se quedaron jugando en la habitación. Yo llevaba un rato recostado en una butaca del salón, pensando en la cena y en el día siguiente y probablemente en muchos otros días repartidos a lo largo del calendario. Uno tiene a vivir en todas partes menos en el presente. De vez en cuando cogía el teléfono y echaba un vistazo clandestino a alguna red social. El presente de los demás siempre es muy útil para hacer comparaciones inútiles.

Una publicación en Facebook llamó mi atención —hace ya algún tiempo que utilizo esa plataforma únicamente para asuntos profesionales y en mi "listado de amigos", paradójicamente, hay cientos de personas a las que no conozco de nada—. Se trataba de un hombre de unos setenta y pocos años. Su nombre y su cara me sonaban, sin más. Había visto algún comentario suyo un par de veces en esa misma red social. Recordé que algunas semanas antes me parecía haber leído algo sobre su estado de salud.

Su publicación era sobrecoge dora. Hacía referencia al mito de que el cuerpo humano pierde veintiún gramos en el momento 20190712P056de la muerte —basado en un experimento llevado a cabo en el año 1907 por el físico estadounidense Duncan MacDougall para demostrar la existencia del alma—. En el Facebook de este hombre se podía leer: "Mis últimos 21 gramos de energía para todos vosotros. Muchas gracias y hasta siempre". El texto venía acompañado por una foto de sí mismo de joven, en una playa, vestido con una túnica y saludando con la mano.

En los comentarios a la publicación había mensajes desconcertantes. "No te despidas, eres eterno. Y un valiente para escribir estas palabras". "Grande hasta el final, nos acabas de dar una lección más". "Hasta siempre". "Espérame en Camelot". "Si es lo que temo, muchas gracias por despedirte. Se necesita tener mucho valor para hacerlo". "Buen viaje". Y muchos otros comentarios por el estilo. Cuantos más leía, menos me podía creer lo que estaba viendo.

Aquella publicación en Facebook era un adiós. Las últimas palabras de una persona. Destinadas a permanecer ahí para siempre. Para quien las pudiese leer. Llegasen a quien llegasen. Una nota de despedida, la última interactuación con el mundo, encerrada en una botella y arrojada al mar. Estaba asistiendo en directo al gesto final de alguien a quien no conocía de nada. Alguien que estaba a punto de morir. O que se estaba muriendo en ese mismo instante. Y al pensarlo se me heló el corazón.

¿Cómo sabía aquel hombre que iba a fallecer en aquel momento? ¿Cómo sabía que no tardaría horas en suceder, o quizá días? ¿Acaso estaba programada su muerte? ¿Acaso se trataba de un suicidio? ¿O sencillamente notaba que se desvanecían sus fuerzas? Me puse en contacto por WhatsApp con varios amigos, por si alguno lo conocía. La mayoría de ellos optaron por una postura serena, racional. Tal vez se trataba de alguien que abandonaba la red social, nada más. Tranquilo, Manu. Quizá se estuviese refiriendo al cierre definitivo de la antigua tienda de discos que, al parecer, poseía en Coruña. No seamos catastrofistas, Manu. Otros pensaron lo mismo que yo. Y la idea les resultó igualmente pavorosa.

Mientras tanto, yo seguía observando la foto de aquel hombre. La que acompañaba a su publicación. Se trataba de él mismo, cincuenta años más joven, con el pelo largo y oscuro, saludando desde la orilla de una playa, con el agua por los tobillos. No podía dejar de pensar en que así era como seguramente se veía a sí mismo. En que debía de sentirse joven y vital a pesar de la imagen extraña e injusta que le devolvía el espejo. No era una persona de la tercera edad la que estaba a punto de fallecer. Era aquel chico que saludaba desde la playa.

Mi mujer me preguntó desde la habitación si podía poner la mesa y preparar algo para cenar y contesté que sí. Saqué algo de fiambre del frigorífico, corté pan y aliñé una ensalada de bolsa. Cenamos, le calenté un biberón a la niña y mi mujer se la llevó a la cama. Encendí un cigarro y me puse a ver una película malísima. Pensé un rato en Pedro Sánchez y en Pablo Iglesias. Bebí agua y me fui a leer a la habitación.

Antes de dormir eché un vistazo al teléfono. Era la una y pico de la mañana. En la prensa local de Coruña leí que acababa de fallecer Jaime Manso Rey, propietario de la tienda de discos Portobello. Era el tipo de mi Facebook.

Me quedé un buen rato mirando al techo en la oscuridad sin hacer nada. No recuerdo cuánto tiempo pasó hasta que me dormí.

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